Apologética de los curros de mierda

O de cómo encontré mi razón de ser siendo mozo de almacén

Antes escribía cosas sin sentido y sin cobrar: ahora muevo kilos sin necesidad de pensar. He descubierto Sión, he encontrado dentro y fuera de mí mi verdadera vocación: mozo de almacén en Logísticas Lolo. Nunca antes había sentido algo así: mi razón de existir, lejos de no-ser en el absurdo como creía al pensar que podía dedicarme a escribir, existe y es trajinar con cajas repletas de artilugios de jardín y útiles de pádel… y espero hacerlo así hasta que, al final de un expediente intachable, una muerte temprana, una muerte de pedigrí, me libre de la jubilación que me espera si algún día acabo por devenir a inútil. Ahora que sé lo que realmente soy (un buen mozo), ahora que sé cual es mi sitio (el almacén entre Alcalá y Meco en cual me hallo) en este mundo, me siento gobernado por una calma tal… por un sopor tan poderoso…que lo que siento dentro de mí me es dulce cual guayaba, reconfortante cual tumbona-mojito-musiquita en la arena e idéntico al orgullo y satisfacción que siente un Rey cuando uno de sus súbditos muere por Él en el extranjero.

Para mí, alma cándida transportada en el pasado por los más nimios avatares externos (avatares que trataba de minimizar recurriendo a la inacción), entrar a trabajar bajo las órdenes de la tercera generación lololiana (el primer Lolo, Pedro Lolo Enjambre, empezó con una mula y padres millonarios; el segundo Lolo, Lolo Lolo aka el “Pictórico”, dividió su Imperio entre dos hijos, uno de los cuales -Loloberto- murió al tratar de ampliar su almacén él solo, por lo que todo se lo quedaría el pequeño de la familia, Lolito, quien diversificó el negocio al añadir productos de pádel y anglicismos a su stand) dedicada al almacenaje y transporte de material de jardinería ha sido sinónimo de ganar un reintegro amoroso para con el mundo, ha sido como entender de golpe (aquella ostia con aquel palé actuó de catalizador) que vivo en el mejor de los Universos posibles: es decir, una destrucción total de quimeras y falsas verdades, como si entrar a trabajar al almacén hubiese sido para mí doblar una esquina tras la cual no me esperaba otra opción que la de toparme de bruces con nuestro Señor el bienestar conforme. Y así, cuando llegue mi momento y acaben mis días en esta mi empresa (lo cual para mí será morir en el más literal -el literario- de los sentidos), podré decir que lo único de lo que me arrepiento en esta vida infiel es de no haber descubierto el trepidante mundo de la logística antes.

Atrás queda pisoteado aquel sueño, inoculado por el afán desmedido de gloria y poder ilimitado con el que esta sociedad mimada y su espíritu pseudoprotestante me educaron, sueño perfilado en mi caso por lecturas que nada me enseñaban más allá del innoble arte de doblar la cerviz ante lo que dicen otros con sus florituras del lenguaje, sueño en mi caso falso que me lamía al oído con el opio de que mi destino más profundo era ser escritor de élite y dar conferencias sin la menor timidez sobre mi último libro, sobre los libros de los demás, sobre el devenir, sobre la literatura ostrogoda… y gracias a ello aparecer en el Top 3 de la revista People y vivir bien conmigo mismo y con las regalías y con la ingente cantidad de divorcios que tendría con estrellas y modelos varies. ¡Adiós ridiculez mezquina, encontrar, coger y acarrear cajas es mi nuevo Yo!

Y, desde esta mi recién ganada altura, no deseo nada más ahora en mi vida que levantarme a las 9, como un hombre de bien, legañoso pero ufano, y cortar con mi cúter el cielo irreverente de las cajas contenedoras de más cajas y buscar con la PDA nuevos retos y objetivos que tachar y estructurar en mi carrito el ingente corpus de cajas con las que volaré por estos pasillos que son como una puesta de Sol perpetua (por lo bonitos, que no por el calor…) en la que mi chaleco reflectante será Ra, será Sen Senra, y atraerá todas las miradas, miradas que observaran con el pulgar hacia arriba como deposito y flejo el pedido LJ838202939814771874712879 para que llegue a un cliente cuya próxima foto de carnet, gracias a mi delicado trabajo, será imagen de la satisfacción y semejanza del pleno rendimiento hoy regional, mañana nacional y en un futuro no muy lejano intergaláctico de mi empresa.

No ha sido fácil. Cuando entré aquí tuve la sensación de que, hasta ese momento, mi destino me había venido esquivando: estaba viviendo una vida que no era la mía, y esa oferta para descargar abetos de plástico de uno, dos y tres metros me llegó como le llega uno el exterior desde un coño cuando se nace: por la fuerza, a empujones, por influjo de la necesidad. Creía todavía que la redención del ser humano que sufre un perpetuo estado de incomprensión y desajuste la encontraría yo en el Arte, y que este me aliviaría como el Reflex repara a un sobrestimulado gemelo… pero, como seguían llegando camiones y junto a ellos dinero y una oferta para quedarme allí ahora no solo descargando sino también almacenando, formando pedidos y demás (vamos, un ascenso en el negocio a lo Scorsese) la prolongación de mis esfuerzos me llevó derechito a la Revelación: ahora comprendo que creer en el Arte como escapatoria o sublimación de la existencia es un error comparable a coger 10 unidades de la C81525 (aspersor de 15cc con giro automático especializado en el riego de chopos con estrés) en vez de 20 de la C815125 (estaca agrimensora de aluminio dermatológicamente testado con set de ondas ultrasónicas antitopos incorporado) e ir con la cabeza alta… sin saber que el puerto al que uno se dirige pertenece al INEM y a la indeseabilidad social. Suerte que ahora la realidad (y el demiurgo, mi superior en todo Enrique Mellado, Riquelme el capataz) está ahí para sacarme del error.

He de confesar que aun a riesgo de sonar políticamente incorrecto diré que me encanta, que adoro equivocarme en los pedidos… ya que lo considero el primer paso hacia el aprendizaje. Saboreo también cada vez que alguien exige de mí algo que nadie me ha explicado, algo que se hace así y no asá por que un tal Francisco Otón lo hizo así y no asá en los albores de la logística (Renacimiento), y esto me gusta porque me llena de experiencia y me conecta con la Historia. Y es que, siguiendo de rodillas en el confesionario, proclamo que, aunque adoro mi almacén, sé que este no es el mundo y que existen en el Corredor del Henares 235 almacenes más y que la logística no se acaba ahí… sino que como la metafísica, el patriarcado, el amor, el sufrimiento, el egoísmo, Dios o cualquier otro elemento capaz de monopolizar una explicación íntegra del mundo en el que vivimos la logística lo es todo: la silla en la que me siento, el boli que uso, los armarios que empotró en su día el casero… hasta las emociones que me recorren, catalogables, almacenables, en compra y venta continua… pues todo tiene un código con el que ser identificado… y esto es bueno. Y está también, para mi deleite, el proceso de purificación, la discriminación positiva que te permite descubrir que parte del oficio del ars logisticae es plegar cajas en mal estado y tirarlas al contenedor entre dosis de residuos ajenos a la familia del cartón y barrer los pasillos para que, gracias a tu ausencia en los recorridos de los demás, el resto trabaje mejor y la empresa-el Universo-Dios prospere.

Por el contrario, es una pena que tenga que usar el boli en el curro para tachar los productos que acaban de pasar de un estante a mi carrito: es un acto que indica que mi antiguo yo (minúsculo comparado con el de ahora) está ahí, asechando para remplazar al nuevo, esperando su oportunidad para traerme de vuelta a la vorágine de lo niniesco. Por que no, por que mi antiguo modo de ser no ha sucumbido del todo: aún persiste dentro de mí la ambición… si bien modificada, ya que ahora considero que mi destino final es llegar a ser capataz y tratar despóticamente a mis subalternos por el bien de la empresa, de mi empresa… pues tendré entonces ya una mentalidad corporativa digna de un señor. Y veo como si lo tuviera presente ante los ojos que, en ese futuro que me aguarda, ya no notaré la más mínima molestia en los atascos de las 6 puesto que saldré a las 8, y que estaré así a un palmo de alcanzar la ataraxia de la que hablaba el hipócrita de Séneca, el niño pijo de Marco Aurelio.

Pero todavía me falta mucho para ello… antes debo chapar, sacarme el carnet de carretillero, indagar en las biografías de quienes hicieron posible la PDA, saberme todos los atajos de esta y cual funciona mejor de todas para apropiármela el primero, saberme de memoria los nombres de todos los camioneros y qué clase de trato prefieren (chavacano, formal…), distinguir a quienes debo llamar “negro de mierda” y a quien “maricón” y aprender, ante todo aprender a dosificar esfuerzos en los puntos ciegos donde la omnipresencia de las cámaras no tiene dominio. Quizá, aunque tengo miedo a escribir y resucitar así viejas melopeas de grandeza, no sería mala idea redactar un informe en mi tiempo no remunerado para que mi almacén sobreviva a los embates de este ruin Amazon que ya es nuestro primer cliente y nuestro mayor competidor. Sé que me tendrían en alta estima, también, si fuese capaz de idear una fórmula mediante la cual consumir ingentes cantidades de plástico sea aún más barato.

Pero ya no quiero escribir… y si escribo escribo Javier, ni siquiera Javi, en los pedidos, cuando antes ni me atrevía a poner mi nombre a los textos que paría y me tildaba a mi mismo de Generoso Estigma, Federico York o cualquier otro nombre (como Jerry Buscaminas el Indeseable) para esconderme. Pero, como han podido comprobar e interiorizar a lo algo de esta mi última obra, a lo largo de esta mi apologética, al final me he aceptado a mí mismo, al yo que ya aparecía como un presagio en mi DNI y como un vaticinio en mi Partida de Nacimiento y como un pronóstico en boca de mis familiares: ahora vuelvo a ser Javier, un Javier que necesitaba de un jefe para destronar quimeras, hacer imposible la procastinación y mejorar el apetito y estabilizar el horario, un Javier que necesitaba un curro para beber más café y devenir a buen ciudadano, a buen español… a buen católico al que lo único que le parece injusto de esta vida es que mis impuestos vayan a SUBVENCIONAR a pipiolos artistas que no se saben retractilar ni su propio ojete. ¡Lamentable! Por todo ello, para despedirme de mi exoficio de forma monocorde con mi nuevo Yo, mis últimas palabras serán:

¡DIOS BENDIGA EL PIKKING!


Javier Rodolfo de Golbat (1996-2035) ha sido, a lo largo de su dilatada vida, escritor, chófer, temporero, ninja de exhibición, figurante porno, arquitecto, matasanos, membrillero, revolucionario canadiense, ganadero, dueño de una fábrica de pienso, médium, mayordomo sexual, ornitólogo, luchador en barro, percebeiro, falsificador de timbres, ajedrez humano, dueño de una tetería, camello y mascota de un equipo de hockey ruso. Desgraciadamente, tan solo duró dos semanas en su trabajo de mozo de almacén, ya que se le encontró culpable de sustraer con fines de lucro tutores de bambú de 160cm (ni más ni menos que 6 unidades), así como de vender el precinto con el logo de la empresa a un camionero anónimo. En la actualidad prueba suerte como fundador (el se autodenomina “General Manager of All that Shit”), accionista mayoritario, conferenciante y cara en Youtube de cursos totalmente gratuitos para aprender a meter anglicismos en el ámbito laboral “minimizando el effort”.

 

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