El problema de los tres cuerpos: Desembarco

Un cráneo con el cerebro expuesto, dos corazones con la aorta y las aurículas en diferentes posiciones, un pájaro muerto con las patas retorcidas, un círculo semejante a un eclipse o quizás alguna fase lunar, un manojo de alguna hierba seca: ilustraciones que visten El problema de los tres cuerpos, libro escrito por la mexicana Aniela Rodríguez y que la hizo acreedora al Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2016, en México es un reconocimiento importante para autores menores a 35 años. Recientemente, la escritora fue seleccionada en ¡Al ruedo! Ocho talentos mexicanos, iniciativa de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, para destacar a escritores jóvenes del país.

Aniela nació en 1992, en Chihuahua, un estado del norte de México cuya superficie territorial es casi la mitad de España; se encuentra en la frontera con Estados Unidos: región asediada por el crimen organizado desde hace casi tres décadas. De Chihuahua hay registros que se encuentran en obras como 2666, de Roberto Bolaño y Huesos en el desierto, de Sergio González Rodríguez. El problema de los tres cuerpos es también, en algunos cuentos, un registro de ese estado, de lo que sucede en el país.

La portada para la edición española es un corazón atravesado por tres espadas con diferentes empuñaduras y cuyo centro de cada cruz hay ojos con miradas que van a todas direcciones: antesala de los nueve cuentos igual de escabrosos, que en próximas fechas comenzará a circular bajo el sello de Editorial Minúscula. Un salto importante como lo hecho por Jorge Comensal, Emiliano Monge o Fernanda Melchor, quienes han recibido buenas críticas por sus obras Las mutaciones, No contar todo y Temporada de huracanes, respectivamente.

Ser joven se parecía más o menos al infierno, se lee en alguna parte de Caja de cerrillos, cuento que abre el libro: dos adolescentes juegan en una cancha de frontón, la pelota se escapa y va a parar al patio de la viuda Tavares: mujer entrada en años y fermentada en una depresión eterna que le dejó la muerte de su marido. La anécdota parece común, pero bajo la escritura de Aniela Rodríguez el sueño se convierte en pesadilla. De repente todo en llamas. Arde. El incendio consume la casa. Si antes era difícil entrar al hogar de la señora Tavares para buscar la pelota, imagínense salir bajo las llamas. La realidad y la voz narradora, en el cuento, se entrelazan con el sueño y los diálogos de los personajes hasta convertirse en cenizas. Si los lectores fuéramos presas, Aniela logra la captura al primer intento.

Bastó el disparo recio que le propino Jacinto aquel día para que el cura se diera cuenta de que el cielo es un invento de mierda, escribe Rodríguez al inicio del relato Las fiestas de Caín, y crea una expectativa que no cae a lo largo de las 8 páginas que dura el texto. ¿Qué motivó a Jacinto, un joven que ha perdido a su padre por el cáncer y que espera con Francisca a un primogénito, a dispararle al sacerdote en plena eucaristía? ¿Qué fue lo que le generó rabia y le hizo caminar hasta el cerro, sitio que visitó en el pasado con el fin de buscar a su padre, pero en su presente es el lugar para aprender a accionar un revolver con ayuda de Don Pancho? Los cuentos de Aniela deben de leerse con calma, sin apuros. Las respuestas ven luz antes de concluir la lectura del relato, pero la tensión se mantiene y lleva al lector a la siguiente página, al siguiente cuento, al final del libro.

En El problema de los tres cuerpos encontramos a un ex jugador de futbol que han errado en el pasado, pero la memoria colectiva no lo olvida: tarde que temprano, ajuste de cuentas; vemos a jóvenes halcones que ascienden a sicarios y que, en el proceso, quedan marcados: Veinte litros después no quedan rastros de los pelados esos. […] hace mucho que no me paro en una carne asada, no porque me arrepienta, pero nomás de acordarme de cómo la carne se achicharra en el fuego se te pone la piel chinita…; a hombres y mujeres que buscan el milagro divino para ser curados, alcanzar la gracia de Dios; a personajes que solamente lloran del lado izquierdo, cuya primera culpa recae en el calentamiento global y gobiernos de socialistas; a un Batman cocainómano; a un profeta que combina la ciencia y los aplica a experimentos con ratas en busca de la memoria biónica.

Los relatos de Aniela Rodríguez van por el sendero del registro de voces, personajes y espacios periféricos, como si fuera la continuación de la tradición cuentística forjada por Nellie Campobello o Jesús Gardea en el norte de México.

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