Se te ven las bragas (y no mientas)

Mentir Aida

¿Ustedes se acuerdan de sus primeras veces? Yo sí, de todas. Y las cosas que hay alrededor de mis primeras veces son una baba que moja el recuerdo y que se seca y le da solidez. Si pienso en lo que les voy a contar ahora, me acuerdo de que corríamos por ahí como las burbujas del potaje cuando hierve: cada una la suya, redonda y cerrada y subiendo, y no nos rompíamos, o al menos no nos rompíamos contra las otras. A veces estábamos muy solas y mirábamos el gotelé y no nos parecía raro, o nos encontrábamos solo dos sentadas en un banco, comiéndonos una mandarina y partiéndola en gajos y dándole a cada gajo un mundo, una burbuja de potaje, un cuerpo diferente y un agujero negro porque, no sé, ¿y si las mayores no hacen caca?, y no teníamos nada de lo que hablar más allá de un montón de sangre que en teoría se parecía y de unas bolas de árbol de navidad que eran rojas y que yo intentaba morder a escondidas. Y así, con esa baba pegada, con esa baba haciendo costras alrededor y haciéndome rezar para no arrancarlas, niño Jesús, porfa, no quiero rascarme las ronchas, no quiero arrancarme las caspas ni arañarme ni comer más polvorones, así fue cómo abuela me lo dijo por primera vez: estábamos sentadas en un banco de la Weyler y yo tenía las piernas cruzadas, quería cruzarlas como mi prima (la rodilla sobre el muslo) pero no podía, sabía por qué no podía y lo intentaba hasta que me dolía, y entonces abuela me lo dijo: Aidita, no digas mentiras, no digas mentiras nunca, las mentiras no se dicen y tú eres una niña buena. Me lo pensé y contesté: vale, abu. Y dejé de cruzar las piernas y me despatarré en ese banco de la plaza Weyler y se me estiraron los leotardos y me rasqué porque me picaban y pensé cómo odio este traje, cómo lo odio, y abuela se enfadó conmigo y chilló: ¡qué haces, pórtate bien, una señorita haciendo eso! ¿Ustedes se acuerdan de sus primeras veces? Yo sí, de todas. Y esa fue la primera vez que sentí que no entendía muy bien lo que era una mentira; pero, con el tiempo (esa otra baba), lo vi clarísimo: la mentira era lo que nos hacía burbujas de potaje. Lo que me hacía preguntarme si las otras chicas, las mayores, hacían caca. El asunto, los piquitos de Teide, estar hermosita, estar mala, hacer aguas mayores, ser del otro bando. Entonces, ¿era verdad que no nos conocíamos? Yo sabía que nos queríamos mucho y que podía hacer dibujos de nosotras riéndonos y que nos reíamos, pero ¿y después? Estaban las espaldas haciendo la comida, el olor a tomillo y a lentejas (yo decía: fos, y me decían: de la comida no se dice fos), la forma de pelar los higos picos, las pinzas arrancando los picos de los dedos y, a veces, pero solo entre nosotras, una desnudez rápida y de tránsito. ¿Y después? Lo supe cuando yo también empecé a mentir. Porque ya no estaba bien abrir las piernas en la plaza Weyler. Tampoco vestirme como yo quería. Ni que se me vieran las bragas o, luego, el sujetador. Ni que se me marcaran los pezones ni mancharme de sangre. Me quité el bigote. Y los pelos de las piernas. Y los pelos de los sobacos. Y miré la cuchilla y me avergoncé de verlos ahí, largos y agarrados y finísimos. Los del pubis, o los de allí abajo, no había que tocarlos: según la mentira, eso no lo teníamos. Así que también mentí cuando descubrí una estrella dentro de las bragas y supe sin más que no podía contárselo a nadie, ni siquiera a mis amigas o a mi diario. Hoy no quedo porque tengo tarea de Sociales. Y cuando me gustó una chica por primera vez, y cuando suspendí cuatro asignaturas porque estaba triste, y cuando empecé a saberme gorda y me vestía de negro y tenía granos y no hablaba de ello. Y después, más. Que no me vean las estrías (tiras largas como cuerdas pero atadas a qué), que no me vean mal vestida ni las ojeras ni los mocos ni el miedo ni nada. ¿Lo han sentido? Que en la intimidad eres una llamita pero para salir a la calle tienes que ocultarte y apagarte y que tienes que sonreír siempre, que no vale no hacerlo, que no vales si no lo haces, que no vales si no mientes para parecerte a un cuerpo prefijado, a una tranquilidad prefijada; y cuando logras algo, la llamita, que está descalza y tiene lamparones, susurra: impostora. Comprendes el mundo adulto y te parece que todo es mentir. Recuerdas ver a tus tías corriendo al baño cuando eras pequeña y te dejaban estar en bragas y las entiendes. Ahora lo sabes. Si a los 18 hubiera regresado a esa tarde en Weyler y hubiera podido volver a responderle a mi abuela, le habría dicho: no poco, abu. No poco. Y ahora le diría: vale, abu, ya no. Ya no voy a mentir más.

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