Sobre escribir pedo sin que huela

Hace poco Adri Fauro publicó en El Cenicero de Ideas, egregia revista cultural proclive al spam intertextual, un artículo en el que abordaba las relaciones entre dos artes, como son la literatura y el alcoholismo. En concreto, dicha entrada versaba sobre el acto de escribir borracho, y tenía por objeto desmitificar dicha acción y, no sin argumentos de peso, vilipendiarla en cierta medida. Por mi parte, yo, que he de reconocer que soy bastante dado a escribir bajo el efecto del alcohol y otras sustancias, buscaré aquí enarbolar una réplica a lo dicho en dicho artículo, si bien comparto no pocas opiniones de las allí vertidas. Es, pues, más una matización personal al mismo que una crítica.

En primer lugar, está claro que haberle dado al pimple una tarde no hará, obligatoriamente y para todos los casos y situaciones, que uno escriba mejor que si hubiese bebido agua del grifo. Es más, quienes conocen y han llevado a cabo alguna que otra vez esta práctica de escribir pedo sabrán que, si bien la calidad puede ser o > o < que la usualmente se logra cuando se está sobrio, lo más probable es que el texto cuente con más incoherencias, fallos estructurales y, sobre todo, faltas de ortografía de lo normal.

Además, si se realiza esta acción de escribir beodo en soporte físico, mecido por los vaivenes del transporte público nocturno, no hará falta que el escritor sea muy proclive a lo barroco para que su escritura sea oscura en cuanto ilegible. También cabe destacar que las merlas sólidas, es decir, aquellas que acaban en rabas (pues si se pota tan solo una vez es que se ha vuelto a la vida) son simple y llanamente incompatibles con el acto de escribir… a no ser que el sujeto sea más un tasomántico que un escritor al uso, siendo así capaz de pergeñar un lenguaje a partir de los tropezones que salpican sus zancajos y zapatos.

Vistos ya algunos de los principales inconvenientes de escribir alcoholizado, toca hablar de la que considero su principal ventaja. La misma se deriva del hecho de que sustancias tan disímiles como el alcohol, la cafeína o la ayahuasca producen alteraciones químicas en nuestro organismo, quien se intoxica (es decir, se envenena) con las mismas al no ser capaz de asimilarlas como nutrientes. Consecuentemente, su consumo tiene la capacidad de producir cambios en la percepción del individuo, originando procesos y productos mentales que difieren, al menos en potencia, de los ordinarios. Y es que, si somos química, cambiar la misma es hacerlo con nosotros mismos.

Aunque es una perogrullada decirlo, nuestra mente no funciona igual sobria que ebria, al igual que nosotros tampoco pensamos igual cuando estamos como unas castañuelas porque tenemos un nuevo contacto en LinkedIn que cuando estamos pasando una depresión de caballo porque tenemos uno menos… todo lo cual se refleja necesariamente en nuestra escritura. Dicho sea de paso, tampoco es lo mismo escribir tras haberse masturbado veinte veces que hacerlo tras un mes de abstinencia onanista. Relacionado con lo anterior, cabe decir que los efectos de las drogas pueden conseguirse meditando, flagelándose o saliendo a correr con una apretada malla y una camiseta fosforescente.

Bajándonos de las ramas y volviendo a lo que nos atañe, bajo los efectos de la priva, existe la posibilidad de que, a la hora de escribir, se nos presenten ocurrencias que difícilmente habrían tenido oportunidad de germinar en un cerebro al que no le ha caído gota de alcohol. Estos pensamientos, indudablemente, pueden ser paridas cuya única función parece ser avergonzar a quien fue capaz de pensarlas, sí, pero también puede ocurrir que lo descubierto bajo los efectos del alcohol sea brillante o, cuanto menos, genuino. Incluso creo que escribir ebrio tiene cierta componente terapéutica en cuanto a psicoanalítica nada desdeñable.

Limitándonos tan solo al alcohol de entre todo el elenco de sustancias alteradoras del ánimo disponibles en la farmacopea universal, legal o no, podemos hallar en la historia de la literatura numerosos casos de escritores que se han servido de dicha sustancia para llevar a cabo su oficio: Omar Jayam, Francisco de Quevedo, Fiodor Dostoievski, Charles Baudelaire, Alfred Harry, Guillaume Apollinaire, Dylan Thomas, Ernest Hemingway, William Faulkner, Tennessee Williams, Charles Bukowski, Henry Miller, Fernando Pessoa, Javier Álvarez Lago (sin duda el más ilustre de todos ellos)… Y aquí llegamos al punto del artículo de Fauro que me ha motivado a mí a escribir esto, y que no es otro que en el que se dice que estos y otros autores eran “buenos escritores, pero no por la bebida, sino a pesar de ella”.

Cierto es que el consumo inveterado de alcohol tiene consecuencias, tanto sanitarias como sociales, no poco nocivas. Según la OMS más de tres millones de personas mueren al año a consecuencia del mismo. En las biografías de muchos de los escritores citados, algunos de los cuales eran redomados alcohólicos incapaces de abandonar su consumo, se pueden apreciar estos costes humanos del alcohol. Pero no estoy nada de acuerdo en que el alcoholismo, la drogodependencia, sea una debilidad o una enfermedad, sino que a veces es simple y llanamente el método de defensa que, dentro de toda la racionalidad y libertad que es posible encontrar en un ser humano, alguien escoge como mal menor para enfrentarse a una vida que, de otra manera, acabaría por devorarle.

Por lo tanto, para mí dichos autores no son grandes en el ámbito literario a pesar de su alcoholismo, si bien estoy de acuerdo con Fauro en que no lo son tampoco por gustar del alcohol. En mi opinión, dicha y otras sustancias no son sino una herramienta más que tiene a su disposición el escritor. Estas herramientas, como un martillo o una sierra, pueden usarse frecuente o esporádicamente, con o sin acierto y, he aquí lo más importante a efectos biográficos, con o sin demasiados perjuicios para la salud y cordura de un determinado individuo. A resumidas cuentas, por mi parte considero que dichos autores son grandes escritores y grandes borrachos, y que lo segundo influyó de forma ambivalente, es decir, para bien y para mal, tanto en su vida como en su oficio. Lo que si que me parece innegable es que sin alcohol no hubiesen escrito lo mismo. Que lo hubiesen hecho mejor o peor siendo abstemios es algo subjetivo en cuanto imposible de saber a ciencia cierta.

En otro orden de ideas, taparse los genitales y buscar la ebriedad son dos de las costumbres humanas más atávicas. En la tradición semita, tal y como recoge la Biblia, el primero en pillarse un pedo de los gordos no fue otro que Noé, a quien le dio precisamente por quedarse en cueros. Recupero esta historieta bíblica a modo de ilustración de mi idea de que el alcohol tiene la capacidad de desnudarnos, es decir, de quitarnos de encima esas vestiduras y careta que ocultan tanto a nosotros mismos como a los demás lo que realmente somos. Y es que, como dice el refrán, lo niños y los borrachos siempre dicen la verdad.

El problema es que a la hora de escribir como una cuba esta sinceridad no siempre se logra, y a veces no es sino falsedad camuflada o, coloquialmente hablando, postureo. Así, los efectos depresores del alcohol pueden hacer que el escritor adopte un tono trágico, que puede ser una mera hipérbole y, especialmente, una absoluta carencia de originalidad tanto en el apartado estético como en el contenido literario. Y es que el hecho de beber un martes, de no haber follado desde que apareció internet o de no haber hecho nada de provecho desde que cumpliste los veinte no convierte a tu vida en un drama. Como bien dice Fauro, “no eres Bukowski. Asúmelo”.

Hace unas semanas me entretuve releyendo unos diarios míos de las postrimerías de la adolescencia. Allí veía yo un realismo sucio sumamente mediocre, sin calidad ni interés alguno. Como le ocurrió también a Fauro, al analizar los mismos tuve “la sensación de estar delante de algo que ha escrito otra persona y no precisamente alguien con talento”. También he de decir que encontré alguna que otra cosa buena… pero poco más que algún que otro juego de palabras delirante. En mi caso, la melancolía del pedo cervecil suele derivar, si escribo, en un tono sensiblero bastante insulso… mientras que la melopea del jugo dionisíaco por excelencia me hace más bien ser dicharachero, así como incomprensible. La calidad, al igual que ocurre sobrio, va por rachas.

Recuerdo también una conversación que tuve en su día con mi profesor de TFG. El trabajo versaba sobre el impacto económico que tendría la regularización de los mercados de drogas actualmente ilegales. Al ser preguntado por mi tutor, yo me sinceré al afirmar que la carrera me la traía relativamente floja, tras lo cual le participé de mis pretensiones literarias. Así, le hablé acerca de la novela que llevo escribiendo cinco años, y como me he servido recurrentemente del hachís para escribirla. Mientras que yo afirmaba que las altas dosis de absurdo presentes en la misma habían sido posibilitadas o, cuanto menos, facilitadas por mi consumo de drogas, él me dijo que las drogas lo que hacían era que fuese a un ritmo de dos páginas por año. Al no quedarme otra que reconocerle toda la razón, yo, por despecho, también le dije que había redactado prácticamente la totalidad del TFG fumao. A él dicha afirmación pareció sorprenderle. He de decir que mi TFG es la puta hostia, y que tiene más de cincuenta páginas.

Y es aquí cuando considero adecuado explicar el porqué he decido titular a este artículo “sobre escribir pedo sin que huela”. Créanme si les digo que hablo desde la experiencia. Para mí, lo principal es que si uno decide escribir borracho debe buscar ser más sincero consigo mismo de lo que usualmente es, así como intentar hallar conexiones lingüísticas, metafóricas y simbólicas poco convencionales. Analizar los propios efectos del pedo, e incluso del jopo, también puede tener su aquel, si bien presenta no pocos riesgos de mal viaje. Pero sobre todo, el principal consejo que voy a ofrecer aquí no es mío, sino de Hemingway (aunque tampoco es suyo, al parecer…), y dice así: “escribir ebrio; corregir sobrio”. En mi opinión, dicha fórmula permite al escritor beneficiarse de todo lo bueno que tiene escribir pedo mientras que mitiga o incluso elimina completamente los errores y disfuncionalidades que normalmente se derivan de dicha práctica.

Para terminar este artículo, considero, y no solo por corrección política, que he de añadir aquí a modo de colofón un matiz a la apolodroga de la gía que he venido haciendo en los párrafos anteriores. Para ello me veo en la necesidad de citar a un escritor que no es conocido precisamente por su abstinencia, y que no es otro que Hunter S. Thompson. La frase, y así me despido, dice así: “No recomendaría el sexo, las drogas ni la locura para todos, pero a mí siempre me han funcionado”. 

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