Esa tarde lo único que importaba era cómo conseguir treinta habbo monedas más para hacerme con un jacuzzi dorado. Cualquier furni gualdo que nada se pareciera a las sillas turquesas con las que mis amigas y yo amueblábamos siempre las salas de aquel juego adolescente. Justo en aquel tiempo, si quería usar el ordenador tenía que mudarme a la habitación de mi hermano mayor, un cuartito minúsculo y amueblado de madera caoba que poco espacio libre dejaba para colgar aquel retrato de Jimmi Hendrix o sus dibujos grotescos protagonizados por hombres calvos y craneales.
Yo tenía once años, y podría decirse que los complejos por una frente demasiado ancha, por un vientre y unos brazos demasiado globulosos tardarían poco en llegar. Aunque por aquel entonces, inconscientemente, ya escondía barriga e intentaba sacar hacia fuera los huesos de las clavículas. Mi objetivo, ahora pienso, quizá siempre ha sido el de ocultar pliegues y envolturas, disimular cualquier adiposidad. Podría decirse que ya soñaba con tener “ciertas cualidades magras”, las mismas –o al menos parecidas– que lucía Belinda en la portada de la Súper Pop, y que yo acariciaba con anhelo con mis falanges laaargas, deseando que algún día fueran también mías.
Ahora comprendo que tres grandes hallazgos acontecieron durante mi segunda vida paralela en ese hotel virtual, y, claro, también en aquel cuartito caluroso lleno de amplificadores y cables. El primero fue una civilización tardía de piojos que pobló la extensión de toda mi mata de pelo rubia donde todavía eran más visibles; el segundo, una manchita marrón en las braguitas acompañada por un vagido ya agudo en el bajo vientre; y el tercero, mi banner virtual de proporciones perfectas e irreales no sangraba, no tenía calambres menstruales, no llevaba compresas-pañal, ni engullía antiinflamatorios. Y tampoco se retorcía como un animal quejoso a punto de derramarse.
De hecho, ninguna de mis amigas vivía con un monstruo entre su pelvis y sus ovarios. Nadie que yo conociera todavía acomodaba cada mes una almohada en los riñones y gemía donde nadie pudiera oírle, colocando las piernas abiertas como una mujer sudorosa en pleno parto. Aquellas chicas sonrientes y sin acné de los anuncios, que pedaleaban en bicicletas fixie, no me representaban, ni me representan. Sus planes nunca serían frustrados por dolores palpitantes, cólicos o desmayos. El atrezzo que me acompañaba en el primer y segundo día de regla –en realidad, también en los cuatro anteriores– no se parecía a sus fondos rosas poblados por tampones inmaculados y camas elásticas. Ya veis, como si tener el periodo cada mes fuera sinónimo de sangrar océano o de ser la próxima acróbata del Cirque du Soleil.
Solo tenía dieciséis años cuando la ginecóloga decidió ponerme en control de la natalidad. Aquel envase de veinticuatro pastillitas blancas y otras cuatro amarillas cambió el color de todos los días del mes. Dejé de ovular, de tener hemorragias y de sentir ese dolor incapacitante que hasta hoy se ha traducido en un interrogante social: «¿Pero de verdad duele tanto? La regla es eso, ya se sabe». A partir de la ingesta de píldoras todo se redujo en tragar. Tragar hormonas, sí, pero también tragar migraña, tragar falta de libido, tragar depresión, tragar candidiasis, tragar astenia, tragar náuseas. Y ante otros nuevos síntomas adversos, otras nuevas anticonceptivas. Acabé dejándolas. Me convertí en una boca flotante, y ya sin ningún alter ego virtual con el que vivir, al menos por unas horas, sin sufrir aquella línea hirviente que agasajaba mi útero, mi vejiga y mi recto cada mes.
Tengo veinticuatro años y podría situar el momento en el que mi vida pudo cambiar, pero no lo hizo. Recuerdo la primera vez que vi el documental Endo what?, producido y dirigido por Shannon Cohn, en el que la respuesta a tanto dolor durante los días de regla o al mantener relaciones sexuales e incluso al orinar ya no tenía siempre por nombre ‘dismenorrea’ o ‘colitis’, sino endometriosis. En pocas palabras, esta enfermedad benigna se manifiesta cuando el tejido que recubre el útero crece en otros lugares del cuerpo como el hígado, los riñones, el abdomen, los ovarios o incluso en zonas tan lejanas como el cerebro. El ciclo menstrual hace que esos tejidos errantes se inflamen y sangren causando quistes, dolor, desmayos, fatiga, náuseas… e incluso, en algunos casos, infertilidad. Pensemos que si la endometriosis afecta a una de cada diez mujeres, según la Asociación de Afectadas por la Endometriosis, solo una parte de esos casos se diagnosticará alguna vez.
Creo no ser la primera –ni seré la última– en pedir a su ginecólogo o ginecóloga cualquier prueba determinante para dar con un diagnóstico claro a tanto malestar e incapacidad, aún y cuando los síntomas son demasiado claros. En mi caso, los hallazgos en la resonancia magnética pélvica no dejaron lugar a dudas: dos quistes del tamaño de dos pelotas de tenis, focos de sangrado, adenomiosis… Sin embargo, no es complicado adivinar qué tratamiento me mandaron para la endometriosis: sí, más anticonceptivas. Mientras resplandece en el armario de la cocina otro blíster brillante –en serio, casi podría decir que ahí está, sonriendo con cierta guasa esperando a que engulla lo que contiene–, me pregunto si quizá escribo para poder llegar a afirmar algún día «ya no tengo miedo de mi propio cuerpo».
Periodista, librera y lectora editorial. Leo todo lo que puedo y a veces escribo poemas. Me apasionan los fanzines y bailar en mis ratos libres. Soy autora de la plaquette autoeditada Úteros errantes.


