Hablar desde el silencio ante la nada

“¿soy tan poco parecida a vosotros que solamente una intensa concienciación os impide perseguirme?”

Ruth Klüger, Seguir viviendo

Ignoro lo inusual que pueda parecer poner en relación dos testimonios tan alejados de sí en la superficie. La superficie: dos niñas en un campo de concentración. Una bajo la bota del nazi y otra bajo el yugo soviético. Algunos años de diferencia y, sin embargo, la misma infamia en lo esencial. El mismo abismo. Seguir viviendo (Contraseña), de Ruth Klüger, y Yo le pinté el bigote a Stalin (ContraEscritura), de Erika Rienmann, son dos obras memorialísticas con un estilo similar que nacen de experiencias opuestas, pero que se acercan al retratar el horror que asoló la Europa del siglo XX, y que sobre todo se funden al relatar la angustia que supuso tratar de contarlo, “siempre [con] nombres nuevos, porque las palabras para designarlo se nos pudren muy pronto en la boca”.

Aunque no se quiera profundizar mucho en el tema de los campos de concentración, es sin embargo inevitable toparse con un par de reflexiones que, más o menos, se repiten periódicamente: la ignorancia por elección (y su reverso: la imposibilidad de encontrar un auditorio dispuesto a querer saber) y la pregunta filosófica por la posibilidad de que se llegara a ese extremo. Sobre la primera rinden cuenta ambas autoras (Ruth Klüger y Erika Riemann, justo es nombrarlas) y en torno a la segunda puede arrojar algo de luz la puesta en común.

Digo puesta en común porque los nexos me parecen importantes. Y la infancia truncada es el primero de ellos. El miedo generalizado, la parálisis del mundo adulto, tan presente en el imaginario de una niña judía austríaca como en el de una alemana en el lado incorrecto del muro:

“la muerte, no el sexo, era el secreto del que hablaban a media voz las personas mayores” (Ruth Klüger)

“mi madre se empeña en que las chicas durmamos en la habitación accesoria. Al principio protesté. Pero desde que una mañana encontramos a mi madre ensangrentada e inconsciente, ya no digo nada. (…) Desde entonces la habitación accesoria me parece un lugar seguro donde quedarme” (Erika Riemann)

La realidad, como tal, no se nombra. Y este no-nombrar (no nombrarse, también por no saber hacerlo) será la pesadilla estructural que dé forma al relato y que traspasará la frontera temporal de la liberación (o de la huida).

Pero aún más importante es el punto de unión que supone el sexo de quien escribe el testimonio, la doble otredad. Vaya por delante que, si de literatura concentracionaria sé poco, en asuntos de género me siento completamente en blanco. Y sin embargo me niego a ignorar la evidencia. Además del lugar común que supone saberse un otro en tanto que expulsado de una comunidad, vejado, torturado (algo que reconocemos en muy diversos lugares, desde la literatura colonial hasta la ciencia ficción), la condición de no ser un otro, sino una otra, no puede —no debe— quedar al margen. Si lo dejáramos al margen, esto no dejaría de ser un ejercicio escolar de literatura comparada. Aunque, bien pensado, quizá no sea mucho más que eso.

Las citas, aquí, serían inabarcables, pero la idea fundamental podría ser la siguiente: en el caso judío, expulsión tras expulsión, primero de la comunidad alemana, luego de la comunidad judía y finalmente de la comunidad de hombres. “Esos tres géneros de desprecio son inconmensurables, diréis vosotros, pero yo los experimenté en mi propia persona por ese orden”, y aunque sea de forma póstuma deberíamos poder formular que sí, que es inconmensurable, pero que creemos su testimonio. Que la verdad no es patrimonio exclusivo del vencido hemos comenzado a aprenderlo; que no lo es del hombre, que no lo es del hombre culto e instruido, no estoy segura de que nos lo creamos una vez dejamos la condescendencia a un lado. Pienso en Klüger relatando amargamente que no importa cuán refinado sea el círculo, pues no encuentra un auditorio que quiera escucharla. Ni siquiera cuando empezó a haber auditorios dispuestos a escuchar, porque lo que se supone que vivió era “asunto exclusivo de hombres”. Una amargura similar a la que recorre su infancia como judía, en una devastadora realidad: “[y]o no quiero poner mesas ni encender cirios del sabbat, quiero recitar el kaddish“.

Me repito esta frase como un mantra: yo no quiero poner mesas ni encender cirios del sabbat, quiero recitar el kaddish.

Quiero recitar el kaddish.

Qué sencillo y qué quimérico.

Y aquí todavía resulta más desolador lo que vemos al otro lado. Klüger, a fin de cuentas, pudo terminar siendo una mujer instruida, pero lo que nos cuenta Erika Riemann (lo que nos cuenta quien nos cuenta a Erika Riemann) todavía debería ponernos en un estado de alerta mayor. “Si hablo, la gente me despreciará. Si no hablo, nadie me entiende”. Esta es, básicamente, la conclusión de una treintena de páginas que pretenden explicar la necesidad de hablar y de ser escuchada. Se siente la punzada de dolor ante la falta de reconocimiento (a fin de cuentas, que se mataron judíos está ampliamente reconocido, pero reconocer que la liberación también trajo consigo otra clase de terror no es fácil de decir sin levantar la sospecha del revisionismo). Tiene algo de conmovedor la ambigüedad por la que se mueve la niña de 14, 15, 17 años ante el descubrimiento de la verdad. De una verdad, por cierto, de la que no fue culpable, pero que genera una ruptura:

“Me siento muy mal hasta que noto cómo surge en mí el consuelo de siempre. ¿Qué quiere que le diga yo? ¿Qué significan todos esos zapatos? Yo no le he hecho nada a nadie, y, además, son ellos los que me han encerrado sin motivo alguno. Sabe Dios de dónde han sacado todo ese calzado. No se pueden quemar personas, ¿verdad?

Ya puede mirarme el ruso como le venga en gana. La impresión en los ojos de mis compañeras es lo que me da miedo. De repente ya no estoy tan segura. ¿O igual sí se puede?”

Y, como corolario, una llama. Muchos testimonios en primera persona parecen construirse sobre la base de intentar justificar que a mi colectivo se le trató peor que al tuyo. La discusión, por estéril que parezca y sea, existe, y la encontramos en prólogos recientes o como premisa de publicaciones que no lo son menos. Aquí también la puesta en común permite respirar. Klüger nos dirá, “a falta de datos exactos, formulo la tesis de que en los campos de mujeres se cometían, en su conjunto, menos atrocidades que en los de hombres” y, con todo lo que diferencia ambas experiencias, Riemann repetirá “entre estas otras mujeres, vuelvo a ser una persona”. Ojo, vuelvo a ser una persona. Es imposible no traer a la memoria la deshumanización que se achaca (y que, sí, fue real) a toda experiencia dentro de un campo. Pero siempre están, si se sabe buscarlos, vestigios que, como traigo a colación siempre que ContraEscritura entra en escena, niegan esa deshumanización. Como Nico Rost, Erika Riemann celebra la “demostración de nuestro triunfo sobre las desfavorables condiciones en las que nos toca vivir. Se nos trata como a animales, pero hemos conservado restos de nuestra humanidad”.

En esa humanidad está el hermanamiento. A pesar de la nada, se pudo hablar. Hablar desde el silencio. Aun con las diferencias, la necesidad de oír, de pensar, de comprender. Con todo, la resistencia.

“ninguna idea es tan demencial que no pueda ser llevada a cabo en sociedades altamente civilizadas”

Ruth Klüger, Seguir viviendo

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Close

Síguenos