La maldición de Hill House: La diferencia entre cliché y método

Sí, he visto una serie de Netflix. He sucumbido al Malasaña de Internet. La presión social ha conseguido que deje de lado mis sermones aburridos y pedantes de nerd antisistema. Y para colmo me ha gustado. De hecho, estoy desayunando esos sermones mientras vuelvo a ver el mejor capítulo de la serie.

Hace mucho que el cine de terror -y las series- ha perdido el factor sorpresa. Me recuerdo tapándome los ojos, agarrándome a todo lo que había en el sofá y deseando que acabará la película en cuestión para ponerme otra igual. Ahora el método se ha convertido en cliché. Es muy difícil darle la vuelta a este proceso y es divertido ver que gente como Mike Flanagan sabe hacerlo con La maldición de Hill House.

El director de Oculus, Hush o Ouija, entre otras películas de calidad cuestionable, ha conseguido captar mi atención con Gerarld’s Game -basado en la novela homónima de Stephen King-, con esta serie y con su próximo estreno: Doctor Sueño, el libro que cierra la historia del hotel Overlook. Repetir fórmulas forma parte del oficio del cine. La diferencia entre llevar a cabo las reglas a tu manera y caer en ese bucle que es hacer cine de terror aburrido es como entrar en la habitación roja. Protospoiler.

Madre, padre, hijos y espíritus santos

La maldición de Hill House empieza como lo hacen todas las obras de cine de terror: una casa grande -demasiado-, una familia preciosa -demasiado- y espíritus que entrar al tobillo con los tacos por delante. A partir de aquí, la historia coge velocidad de crucero entre flashbacks. El espectador avanza descubriendo secretos de los personajes a la vez que lo hace el resto de la familia y haciéndole sentir que está leyendo el libro de Shirley Jackson. Una gran adaptación.

Netflix acostumbra a tener en su oferta series y películas llenas de referencias, homenajes y demás reclamos publicitarios. Con Stranger Things consiguió ese empujón que te hace caer al agua con un aterrizaje perfecto. Sin salpicar, sin hacerte daño y ganando una medalla. Pero que luego te toca seguir manteniendo en el resto de competiciones y rara vez repites.

En cuanto cifras sí que ha cumplido. Del nivel de sus producciones no pienso lo mismo. Aun así, esta serie ha sabido compensar el peso en la caída y revalidar ese oro. Con una presentación de la casa que recuerda a la mansión de Maximilian de Winter en Rebecca y unos planos secuencia que te hacen sentir dentro del Overlook con Danny -el capítulo 6 es una maravilla-, la historia considerada la más importante del siglo XX engancha. Esta referencia al libro de King hace el espectador forme un cuadado que cuyas esquinas se unen retroalimentándose: La maldición de Hill House, El resplandor y sus respectivas adaptaciones. Me callo los guiños a a Twin Peaks.

La historia guarda un mensaje que se desvela en el capítulo final, que compensa su densidad con moralina. La sobreprotección de los padres hacia sus hijos no asegura un futuro mejor para ellos. De hecho, puede acabar significando que ese futuro no exista. Ese miedo se puede traducir en un dolor que, o encierras en un lugar concreto para gestionarlo sin obviarlo, o te espera una vida debajo de esa gran araña de Louise Bourgeois. Algo así como vivir por los flashes de las fotos cargados de nostalgia.

La maldición de Hill House me ha hecho volver a divertirme con historias de fantasmas. Dejando de lado historias como Hereditary o Expediente Warren, esta serie asienta las bases del terror demostrando que no hace falta el susto para estar dentro de la casa maldita.

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