El ocaso de la inteligencia

Cuando, en La máquina del tiempo (1895), el Viajero de H. G. Wells aterriza en el futuro -año ochocientos mil y pico-, se sorprende sobremanera al descubrir la clase de seres que habitan la Tierra. Él esperaba hallar una civilización altamente avanzada, pero la realidad con la que se topa no puede estar más alejada de lo que había imaginado. La humanidad futurista que descubre se divide en dos razas, una de las cuales, la de los Eloi, disfruta de una plácida existencia a la luz del día, si bien por la noche vive aterrada por la otra, que ocupa las profundidades terrestres hasta que se pone el sol. Con la llegada de la oscuridad, sus miembros, los Morlocks, abandonan su refugio en el subsuelo para hostigar a los primeros. Los Eloi son humanoides bonachones que dedican su tiempo a comer, beber, copular y dormir. No muestran ambición alguna por conseguir otra cosa que no sea dar al cuerpo lo que el cuerpo pide. De hecho, el Viajero no deja de resaltar la “falta de interés” y de curiosidad de estas criaturitas del Señor, la ausencia total de nervio intelectual en su proceder diario.

La conclusión a la que llega el personaje para explicar la decadencia de la especie humana -después de echar la culpa en primera instancia, como buen burgués de finales del XIX, al comunismo- se basa en la idea de que “la fuerza es el resultado de la necesidad”. Según plantea el Viajero, el continuo avance tecnológico a lo largo de los años, con el que se persiguió facilitar la supervivencia humana y alcanzar las cotas más altas en el plano intelectual, acabó convirtiéndose en un tiro salido por la culata. Por cuestión de mera lógica, esta clase de progreso fue mermando la capacidad de afrontar y resolver problemas cotidianos porque cada vez se fue haciendo menos necesario hacer uso de esta. Así, en un mundo sin enfermedades, sin peligros a los que tener que hacer frente y lleno de comodidades, los cerebros habían terminado por secarse, y las mujeres y los hombres, por convertirse en unos completos inútiles. La teoría, más allá de porque tiene sentido, asusta porque es ahora cuando empieza a presentar visos de predicción.

El ser humano es, por naturaleza, impaciente. Si no ha sucumbido antes a la fuerza de tal atributo es simple y llanamente porque la necesidad de perdurar -y, por ende, la capacidad de adaptación- siempre se impone a cualquier otra. Así, en un mundo que exigía ser paciente, se era paciente, pero no por convicción, sino porque no cabía otra alternativa para asegurar la vida. Cumplir este principio darwiniano resultaba agotador -como suerte de obligación que era-, dado lo cual gran parte del sudor vertido en pos del progreso científico-tecnológico se centró desde el comienzo en mitigar el grado de sacrificio en tal sentido. La llamada era 3.0 es el culmen -de seguro, pasajero- de la revolución digital fruto de ese afán. Entre sus mayores logros, la eliminación de esperas consideradas innecesarias y la atenuación de sobreesfuerzos mentales. Poco queda que decir sobre sus ventajas que no se haya repetido ya hasta la saciedad, pero, ¿qué hay de sus atroces consecuencias negativas?

El ritmo frenético que marca el mundo moderno se ajusta como un guante a nuestra naturaleza ansiosa, por lo que la inmediatez pasó hace mucho de ser un privilegio a considerarse un derecho. Ello ha dado lugar a algo terrible: el encumbramiento de la necedad como método para acomodar el camino hacia la excelencia. En este sentido, cabe hacerse una pregunta: ¿qué es la excelencia? O, más bien, ¿qué hace que algo sea excelente? Lo cierto es que no hay respuesta fija que valga; esta depende en gran medida de la época y el contexto que acojan el planteamiento del asunto, una circunstancia que hace crecer en demasía el peso de la arbitrariedad a la hora de definir el concepto. En lo que se refiere a nuestros días, el reciente ganador del Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, Francisco Javier Navarro, dio en el clavo al respecto: “Crear una nueva cultura de la banalidad; esa es la cuestión […] En hacer pasar la basura por lo bello se juega todo. Cuando lo bello no es más que un sentir subjetivo el sentimiento reducido al tópico hace el resto del trabajo. En efecto; no hay nada que decir ante un «Pues a mí me gusta». Todo lo que gusta es bello”. La idea puede aplicarse a toda clase de ámbito, no sólo al estético. Si “todo lo que gusta es bello”, de igual modo, en un mundo cómodo todo lo que uno es y tiene es la excelencia. Para defender esto basta con preguntarse quién es nadie para determinar lo que debe y lo que no debe gustar, lo que debe y lo que no debe hacerse, lo que es y lo que no es excelente. Siguiendo esa regla de tres, puede considerarse magnífica la Elegía a Ramón Sijé, pero también la letra de Trínchame el pavo, el hit de Leticia Sabater, y a ver qué valiente osa rebatirlo. Se acepta y punto. Sobre quién ha alimentado este despropósito, y también sobre por qué, Navarro trató de ofrecer respuestas: “Decir que la cultura no interesa al poder y a la gente es, con todo, una falsedad. Interesa más que nunca. Sólo que lo que interesa es destruirla mediante la producción o mediante el consumo de anticultura o cultura basura.”

Quizás uno de los éxitos de ese empeño asesino del que habla el poeta es, precisamente, que consideremos que la cultura ‘se consume’, como si fuera un solomillo o la electricidad de la casa. Pero, ¿debería extrañar de verdad eso si hasta el estudio de literatura se reduce en las escuelas, desde hace ya demasiado tiempo, a la memorización de datos? ¿De qué sirve saber recitar como un papagayo la lista de obras de Buero Vallejo si no se es capaz de interpretar y sacarle jugo a ‘Historia de una escalera’? Poco se habla del feliz adoctrinamiento en las aulas a través de la enseñanza de teoría ortográfica -sólo leyendo se aprende ortografía- y de caligrafía. Cuánto daño han hecho los cuadernos de hojas cuadriculadas, verdaderas cárceles de la espontaneidad y el espíritu creativo. Recuerda cuando la ‘a’ tenía que encajar en el espacio que delimitaban las cuatro líneas azules del demonio -¿acaso no se trataba de la superficie de una celda?-, y no hacerlo como te exigían era signo inequívoco de torpeza o rebeldía mayúscula. Recuerda cuando no se te permitía colorear fuera de los límites del dibujo en blanco. Recuerda que siempre se te ha prohibido pasarte, efectivamente, de la raya. Si a esto le sumamos que el uso de la tecnología digital, en la medida en la que esta se asienta en la simplificación de procesos complejos, merma la destreza comunicativa y, por ende, la capacidad de comprensión, nos encontramos con que el único camino que queda por andar es el de la debilidad, el sometimiento y la ansiedad. La literatura, por supuesto, no se libra de ello. Gil de Biedma comentó que ser “escritor lento”, como él se definió en el prefacio de Compañeros de viaje (1959), “tiene sus inconvenientes no sólo porque contraría esa legítima impaciencia humana por dar remate a cualquier empresa antes que del todo olvidemos el afán y las ilusiones que en ella pusimos, sino también porque imposibilita, o al menos dificulta, la composición de cierto género de obras, de aquellas concebidas en torno a una primera intuición a la que el escritor tozudamente supedita el mundo de sus solicitudes diarias”. Algo parecido ocurre con el lector lento, así como con el opinador lento. Ninguno de los tres es capaz de encontrar ahora su sitio. Como el primate que no se adapta al nuevo entorno, están abocados a la desaparición. Ya no existen, de hecho. En la otra cara de la moneda están los supervivientes, que, prisioneros de su cebada impaciencia y desprovistos ya de armas para resistirse a la tentación, se venden al placentero egoísmo intelectual.

Lo vemos a diario en los debates televisivos. Hoy en día, participar en cualquier contienda dialéctica tiene como objetivo tratar de reforzar lo que uno piensa en lugar de llegar a conclusiones nuevas para crecer intelectualmente, lo cual reduce la porfía a afinar el rebuzno más que el otro; también a rebuznar más fuerte que nadie. “Los españoles tienen un oído fino para las conversaciones que no les conciernen y ningún reparo en interrumpirlas para exponer su opinión, que cada cual da no sólo por buena, sino por definitiva”, dice el Anthony Whitelands de Eduardo Mendoza en Riña de gatos (2010). Quien encaja en ese perfil, incapaz de moverse de su posición ni un ápice, acaba encerrado en sí mismo, aislado del entorno como si fuera un fotograma en blanco y negro con patas. Buscará protección entre otros que cometieron el mismo pecado social, pero no dudará en traicionarlos, si se da la ocasión, por pura apatía a la hora de emprender la tarea de comprenderlos. La vida en comunidad no será más que un grito desesperado y sordo de auxilio, un residuo del humano aniquilado por el propio humano.

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