Encuentro en el bosque 

Era una cálida tarde de otoño. El aire mecía los árboles con suavidad y los rayos del sol coqueteaban con el cielo, cubriendo todo de alegres tonos pastel. En el bosque reinaba la paz y la armonía. Una bella muchacha de cabello y ojos color miel, canturreaba alegre mientras caminaba despreocupada, casi saltando, pisando las hojas caídas de los árboles que cubrían el sendero. La niña, iba vestida con un vestido azul de cuadros y llevaba una caperuza roja, unas botas de agua a juego que le llegaban hasta casi las rodillas y un cesto de mimbre cubierto por un pañuelo de seda, también rojo.

Pero algo interrumpió la marcha alegre de aquella niña. Un ser extraño emergió de entre la maleza y se plantó en mitad del sendero cortándola el paso. La muchacha fue aminorando lentamente el ritmo hasta darse cuenta de que aquella figura oscura se trataba de un enorme lobo. En es momento, la pequeña recordó que su madre le había repetido en más de una ocasión que no debía acercarse a desconocidos, pero reflexionó que no había mencionado nada sobre qué hacer en caso de que el desconocido no fuera un animal del bosque.

-Buenas tardes, niña- dijo el lobo sin poder ocultar una sonrisa que hizo estremecer a la niña-, ven, acércate, no temas. ¿A dónde vas tan sola por el bosque?

-Voy a llevar esta cesta a casa de mi abuelita-, respondió ella tras dudar unos segundos.

De repente, un ruido ensordecedor hizo perturbar la paz del bosque. Al oírlo, una bandada de pájaros voló despavorida y un tejón que se acercaba a la escena atraído por el olor del cestillo de la niña, huyó aterrado a pesar de tener el estómago vacío.

La muchacha, asustada, miró a su alrededor en busca del origen de aquella explosión hueca, pero no vio nada. Después, su mirada se volvió a posar en el lobo. Primero en sus ojos brillantes y posteriormente, en sus dientes afilados.

-A, a, así…que a casa…-, intentó retomar el lobo, pero no pudo hablar más. La sangre comenzó a brotar de su boca a borbotones y en cuestión de segundos, clavó sus rodillas en el suelo y finalmente, cayó fulminado bocabajo, quedando tendido sobre un enorme charco de sangre.

La muchacha, asustada, dejó caer la cesta al suelo y se agachó para examinar el cuerpo sin vida del lobo, sin saber muy bien qué hacer. Del miedo, brotaron lágrimas en sus ojos y sabiéndose en peligro, apretó los puños y pensó en su madre y en su abuelita y lamentó que no estuvieran allí con ella en aquel terrible momento.

De pronto, una voz lejana alertó a la muchacha.

-Joder, ¿lo habéis visto, no? ¿Soy o no soy la mejor?

-No te asustes, Caperucita- dijo otra voz más grave y ronca que la anterior- sabemos todo sobre ti y venimos a ayudarte.

Detrás de un enorme arbusto, situado a unos doscientos metros detrás de la niña, surgieron cuatro figuras que hasta ese momento habías permanecido ocultas.

La primera, una joven de cabello rubio platino y peinada con tirabuzones, sujetaba entre sus manos un rifle de asalto aún humeante; tras ella, casi igual en tamaño, un cerdo vestido con un peto vaquero y un sombrero de paja, llevaba en su pezuña un revólver nueve milímetros. A ellos les seguía un hombre alto y desgarbado que lucía un ridículo bigotillo perfilado con aires aristocráticos. Por último, un misterioso anciano ataviado con una túnica negra y una mochila de cuero. Aquel hombre tenía la piel pálida como la nieve y cubría su rostro con una capucha.

– ¿Quiénes sois?- gritó la niña poniéndose súbitamente de pie- ¿De qué me conocéis?, ¿Qué le habéis hecho al pobre lobo?

La joven con tirabuzones se acercó, miró a la niña a los ojos y la sonrió con ternura haciendo que esta bajase la guardia. Cuando la notó algo más relajada, la abrazó.

-Somos como tú, cariño -dijo la joven-, personajes de cuento. Yo -continuó señalándose a sí misma- Me llamo Ricitos de Oro. Este de aquí- dijo señalando al hombre del bigote-, es Lumiêre.

Anchanté– dijo remarcando su acento afrancesado.

-Un placer- respondió Caperucita sin poder dar crédito.

-Yo soy Mark- arrancó el cerdo-, igual mi nombre no te dice nada, pero la gente me conoce por ser el hermano menor de los tres cerditos.

-El vago de la casa de paja- dijo burlona Ricitos de Oro, guiñando un ojo a la niña.

-Sí, que pasa- protestó el cerdo- ¡Habló la del allanamiento de morada!

Madame, Monsieur… ¡ya basta!- Les abroncó Lumiêre- Tenemos prisa y mucho trabajo que hacer. ¡Allez, allez!

-¿Y tú quién eres?- preguntó Caperucita al misterioso anciano de la capucha.

-Él – contestó Ricitos-, es toda una eminencia por aquí, es El Narrador. Pero no te esfuerces en preguntarle nada porque no habla. Bueno – recapacitó-, sí que habla pero solo es capaz de decir dos frases.

-¡Érase una vez!- dijo el narrador- ¡Fueron felices y comieron perdices!- sentenció tras una pequeña pausa.

-Parece mentira, pero esas dos frases pueden tener un montón de matices- bromeó Ricitos-, nosotros ya casi le entendemos.

Caperucita miraba absorta a los cuatro personajes, divertida a la vez que intrigada. Tanto, que casi había olvidado el incidente con el lobo, pero pronto recordó el consejo de su madre y al verse rodeada de desconocidos volvió a ponerse alerta.

-¿Qué es lo que queréis?, ¿Habéis venido a hacerme daño?

Los cuatro miraron a Ricitos de Oro, presionándola para que fuese ella la encargada de hablar. Lumiêre además se señaló el reloj de oro que llevaba en su muñeca izquierda.

-Vale, Caperucita-arrancó Ricitos-, hemos venido para abrirte los ojos. Cuanto antes lo sepas, mejor. Todos los que estamos aquí, incluida tú, somos eslabones de una cadena inmensa. Somos esclavos, frutos de unas mentes retorcidas obligados a representar la misma obra una y otra vez, ¿me sigues?, pero esto se acabó.

Al ver la cara de la niña y comprender que sus palabras eran tal vez demasiado complejas para ella, El Narrador sacó de su mochila un libro y se lo entregó en la mano. Mientras tanto, Ricitos de Oro siguió con su discurso:

-El Narrador-, dijo subiendo el tono para recuperar su atención-, fue el primero en despertar.

-¡Érase una vez!- interrumpió El Narrador.

-¡Sí, joder! -Animó Ricitos- Él tenía en exclusiva el poder de saltar de cuento a cuento a su voluntad. Él fue quien se puso en contacto con nosotros. Es difícil de explicar, pero en unos viejos libros que encontró Lumiêre en la biblioteca del castillo de Bestia, lo explicaban todo. Ahora, gracias a unos cuantos ajustes que realizó en el carruaje de la Cenicienta y con la tecnología del espejo de la madrastra de Blancanieves, creamos un vehículo con el que podemos viajar con él, pero solo por tiempo limitado.

-Pero si esta soy yo-, dijo horrorizada Caperucita al centrar su atención en las páginas del libro que tenía entre sus manos.

-Así es- dijo el cerdo- y como puedes ver, ni tú ni tu abuelita acabáis muy bien que digamos.

-No te preocupes- retomó Ricitos-, nosotros hoy te estamos dando la oportunidad de cambiar las cosas, de ser libre, de elegir tu propio camino y por supuesto, de salvar a tu abuelita. Lo único que tienes que hacer es arrancar las hojas del cuento a partir de tu encuentro con el lobo y continuar la historia tú misma. Como ves, al final hay unas páginas en blanco reservadas para reescribirla. Eso sí, -añadió-, no le puedes contar a nadie nada de lo que ha pasado aquí hoy. Nada, ¿me oyes? Esto es una guerra y el precio que hemos pagado hasta ahora ya es demasiado alto. Nosotros nos vamos ya- continuó tras dudar un instante-, cuanto más tiempo pasamos en un cuento que no es el nuestro, más riesgo corremos de que nos encuentren.

Desconcertada, Caperucita obedeció: arrancó las páginas de cuento, se despidió de aquellos pintorescos personajes y partió con demora a encontrarse con su abuela. Una vez allí, pensó, escribiría tranquilamente en las páginas en blanco algo divertido que se le ocurriera, aunque se imaginó lo difícil que iba a ser mantener aquel encuentro en secreto.

Por su parte, antes de irse, el cerdo vació el cargador de su arma sobre el cadáver del lobo como advertencia.

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