Un mes de septiembre

Y entonces me cuelo entre tus brazos y me quedo dormida. Nuestras respiraciones se acompasan y se funden en una. En sueños me acaricias el pelo, y yo sonrío. Y huelo tu piel ahí donde nadie la ha alcanzado: justo encima de tu pecho. Y siento que la fortuna me guiña un ojo y me grita «¡aprovecha, idiota!». No quiero moverme.
Amanece y me pillas mirándote. Y te cuento que tu tripa hace sonidos raros y que, en mitad de la noche, has decidido dormir bocabajo y con el culo en pompa. Tú sonríes sin comprender nada.
Y así pasamos las horas, riendo. Inventando las reglas de un juego que solo entienden nuestras manos. Ignorando los rayos de sol que intentan pillarnos desprevenidas. Y el mundo sigue girando.
Y sabemos que así solo nos conocemos nosotras. Y así nos queremos: por momentos más niñas. Y así te quiero: tan sencilla.

Y la perspectiva de futuro deja de darme vértigo.
De repente ya es septiembre y volvemos donde empezó todo. La torpeza del primer beso, las ganas en el segundo. Me hice adicta a ti en el tercero. Y aquel bajo la lluvia, escribiendo un guion perfecto que nunca imaginamos.
Pienso en ti cuando huelo a café recién hecho: en esa manía que tienes de poner tus piernas por encima de las mías, en cómo me hipnotizas cuando sigues el ritmo de la música con tus dedos sobre mi piel, en ese día que decidiste apostar por nosotras. Pienso en ese momento en que cogiste mi mano cuando un trueno silenció la noche, y ya no tuve miedo. Pienso que eres la banda sonora de mi película favorita.
Los pentagramas clavados en la pared.
Las zapatillas sin guardar en el armario.
La niebla un veinticuatro de diciembre.
Las ganas de volverte a ver cuando te echo de menos.

Te miro mientras te haces la dormida y te encuentro valiente.

Podría ser peor, Alberto Acerete

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