Rosa Moncayo: “Hay muchos tipos de amor y muchas más maneras de ponerle fin”

Foto por Laura Carrascosa Vela

Foto por Laura Carrascosa Vela

Lo estable se desmigaja. El amor, la familia y el trabajo ya no son lugares en los que todo son certezas. Para entender —o pensar—sobre estos cambios, solo queda recurrir a la ficción. Rosa Moncayo publica La intimidad (Editorial Barrett, 2020), su segunda novela, que llega después de Dog Café (Expediciones Polares, 2017), con la que cosechó un gran éxito por parte de la crítica, llegando a ser finalista en el Festival de primera novela de Chambéry.

Moncayo, nacida en 1993 en Palma de Mallorca, se trasladó con dieciocho años a Madrid para estudiar Administración de Empresas en la Universidad Carlos III. Actualmente reside en la capital, donde trabaja para una multinacional como analista de datos. En este nuevo libro habla sobre una pareja en crisis que, en pleno proceso de autodestrucción, decide mudarse a una casa en el campo. Una obra sobre el fin del amor romántico con música electrónica como banda sonora.

En tu primera novela, Dog Café, también se podían encontrar temas que están presentes en La intimidad, como la incapacidad de amar, la soledad o la salud mental, ¿qué es lo que hace estas temáticas algo común no solo en tus textos sino en los de la mayor parte de autores de la misma generación?

Son temas con mucho potencial y supongo que nos interesan por cómo podemos entrar en ellos. La pulsión de narrador te da una libertad sobrecogedora y, aunque en mis novelas no haya un propósito final, suelo utilizar todo lo que escribo como terapia; lo que no se comprende también se puede escribir.

Después de la buena acogida que tuvo tu anterior libro, ¿cómo afrontaste la escritura de La intimidad? ¿Cómo fue el proceso de escritura?

Francamente, la idea de La intimidad surgió como una excusa para tener algo con lo que seguir escribiendo. Escribir es una obsesión constante y, en este caso, ha sido agotador; la gimnasia mental sigue siendo gimnasia. Creo que será difícil que vuelva a escribir ficción y es curioso porque una vez acabada no he sentido la necesidad de pensar en otra idea de novela para seguir escribiendo.

En la literatura en español se suele usar rápido la palabra autoficción en cualquier análisis, y más si se trata de una mujer, ¿por qué crees que se recurre tan rápido a esta etiqueta en vez de desligar al autor de lo que narra?

Yo misma cometo ese error constantemente y espero que no te haya ocurrido lo mismo con mis dos novelas. Creo que está muy ligado al juego que da asociar a protagonista con autor —será parte del morbo, no sé—, desde luego la novela es la propia percepción del autor y todo gira en torno a lo que sale de una cabeza así que alguna relación tiene que haber.

Volviendo a La intimidad, uno de los temas sobre los que gira es el fin del amor romántico, un tema que está siendo tratado en la actualidad desde varios campos, ¿qué puede aportar la literatura a este debate? ¿Qué es lo que ha descubierto esta generación respecto al amor que no se había contado con anterioridad?

Creo que mi generación está escapando de cánones absurdos y puede que centrándose en otros casi más absurdos, pero modernos. De todos modos, me parece una novela muy emotiva, no había pensado en el fin del amor romántico cuando la escribía porque nunca he tenido esa percepción.

Me interesa cómo vas mostrando la degradación de la relación, en especial con el uso del lenguaje que usan para comunicarse entre la pareja protagonista. ¿Es imposible que una relación perdure en el tiempo sin ese desgaste?

Como bien nos hizo saber [Frédéric] Beigbeder, el amor dura tres años. No puedo estar más de acuerdo.

Hay ciertos temas, que aunque se mencionen en menor medida, tienen gran interés, ya que también apuntan en la dirección del fin de amor romántico. Es el caso de los padres de la protagonista. ¿Puede que el amor eterno nunca haya existido pero que ahora se empiece a hablar de él en las ficciones?

Lo único que sé es que hay muchos tipos de amor y muchas más maneras de ponerle fin. No sé si alguna vez ha existido el amor romántico, para mí carece de interés; lo que sí veo a mi alrededor es mucho empeño en que las relaciones funcionen, nos esforzamos de sobremanera, casi al punto de llegar a la neurosis, y puede que se deba a esa exageración que creamos nosotros mismos sobre el fin del amor convirtiéndose en algo insoportable y trágico.

La pareja protagonista se ve envuelta en una espiral de consumo de drogas, rodeada de influencias perjudiciales. Pero al mismo tiempo se habla de las drogas como una necesidad. ¿Qué posición tienen las drogas y el uso de ellas en la sociedad, ya sea como vía de escape o como manera de inhibirse?

Bueno, a mí la temática de las drogas siempre me ha atraído mucho. Están tan normalizadas que es imprescindible vincularlas a obras artísticas, puede que para mucha gente lo que digo sea una grosería, pero también supondría ignorar al elefante en la habitación. Tanto puede ser por pura experimentación como por vía de escape. El gran problema de mi protagonista es que sabe que lo puede dejar cuando quiera, por este motivo le perjudica de otra manera.

En el libro está muy presente la cultura, desde la pintura al cine, pero en especial la música, en concreto la electrónica. ¿Qué importancia tuvo a la hora de realizar el libro? ¿Por qué ese peso de la electrónica y en especial de Celer?

La música electrónica es uno de mis pasatiempos favoritos. En concreto, lo que hace Celer es único, no he encontrado nada igual y se adapta muy bien a mis procesos de escritura. Incluir los títulos en los capítulos de la novela ha sido parte del juego.

Creo que el libro recoge varios aspectos generacionales, no solo al hablar de la pareja, también por tratar la inestabilidad, tanto por motivos laborales —un trabajo que nos ate es impensable pero, al mismo tiempo, existe una parte que lo desea—, como por el dinero —sentir la necesidad del dinero llega cuando no lo tenemos—.

Yo misma me encuentro en esa tesitura. Tengo un trabajo de oficina que me agota, pero me pagan bien. No puedo quejarme, yo misma voy a trabajar todas las mañanas.

Hablas de las ciudades como un lugar insolidario, con precios de alquiler insostenibles, que expulsan a sus habitantes. Pero cuando los protagonistas van a vivir al campo su existencia tampoco cambia. ¿Puede que esa sensación de que todo es inhóspito no resida exclusivamente en las ciudades?

Bueno, yo he vivido en ambos, tanto aislada en el campo como en ciudades cosmopolitas. Cualquier sitio es inhóspito, aislarse ruralmente puede ser demoledor, aunque no puedo generalizar. En la novela he querido desmitificar el campo como lugar idóneo para relajarse y huir.

También queda patente la huida de la familia, de los padres, para buscar la identidad personal. ¿Cómo nos afecta eso, la necesidad de romper con lo que hicieron nuestros padres, en tantos aspectos —ya sea en el económico, el sentimental o la ausencia de un futuro seguro—?

Sí, es una idea algo opaca, pero mi protagonista muestra una extrema obsesión por no parecerse a sus padres, incluso crea mentirijillas acomodaticias, sin mucho fundamento, para escapar de ellos, pero esa también es una forma de amar.

Por otro lado, en La intimidad se puede encontrar la maternidad como algo parcialmente deseado pero imposible al mismo tiempo. Un tema que ya trataste de en Dog Café, aunque allí fuera hablando del aborto sin esquivar su complejidad. ¿Por qué introdujiste este tema de nuevo en este libro?

Son dos realidades importantes. Mi protagonista, una mujer que ha sido una hedonista tristísima, siente que ya lo ha experimentado todo. Necesita olvidarse de sí misma, está sobrellenada de su mundo interior y sus neuras, solamente desea centrarse en alguien que la necesite de verdad y ese es el único motivo por el que tendría un hijo.

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