“En la rue Moscat, en el 12, se encontró con el taller de un sastre. Le dijeron que Madame Blanche no vivía allí desde hacía años”
Alessandro Baricco, Seda
Yo no tampoco tengo tatuajes. Soy de los que dice tener planeado hacerse varios. Nunca había pensado que uno de ellos fuera el teléfono de casa de mis padres porque hasta que no leí el texto de Marcos no me había dado cuenta de que llevo años sin recordarlo.
Esto es más un intento de hablar con él como si todavía viviésemos en la misma ciudad que algo que interesa a un lector. Como si fuese martes y estuviésemos aprovechando la oferta de tres cervezas con una ración de comida aceitosa por 4 euros en el Taco Bell. Ay, los martes locos. Porque de Madrid si que lo recuerdo todo todavía: mi dirección, las paradas del Metro, el precio de las cervezas y lo que gastaba haciendo la compra para poder gastarme el resto en bares.
El teléfono de casa de mis padres tampoco existe desde hace años y no puedo escribirlo porque no lo recuerdo. Lo cierto es que recuerdo varios, pero no estoy seguro de si alguno es el de ellos. Tatuarme cualquiera de esos números me acercaría peligrosamente a los que se tatúan el nombre de su perro en Élfico o el de sus parejas. Eso me ha hecho darme cuenta de que no he retenido muchos números que deberían de ser rocas guía en mi vida. Lo mismo me pasa con las fechas.
Si estuviéramos en el Taco Bell llevaríamos unas cuantas rondas, Fran estaría diciendo que hoy no le tocaba beber y eso le va hacer restarse horas de Fifa para compensar su mala gestión del tiempo. Estaríamos hablando de que, estando lejos de casa, sentimos el peso de esa nostalgia como si todo eso se dejase caer en nuestra nuca.
Yo ya perdí la referencia de la que habla Marcos y tampoco estoy seguro de cuándo fue. No recuerdo nada de lo que me propongo después de leer su texto, pero sí me viene a la cabeza llamarle a su casa, que lo cogiese su madre o su padre, preguntarles si se puede poner, organizar algún plan y colgar. He pensado incluso en marcar los dígitos que tengo todavía en la memoria, pero me da miedo que lo coja alguien que no conozco. Mejor dicho, que descuelguen y darme cuenta de que he fallado.
“Echo de menos mi habitación”
Hablar con nostalgia desmedida del pasado puede llevarte a que este vuelva a ser tu presente. Yo también echaba de menos no poder hacer ruido, ser el último en apagar la luz y fumar en el balcón. No recordaba que esa nostalgia era el precio a pagar por ser un poco más yo. Sin tener ninguna queja, a veces echo de menos echar de menos.
Necesitamos añorar para valorar las cosas. Como una correa atada al cuello que, cuando llega a su límite, tira de ti hundiéndote la nuez tanto que te cuesta tragar. Decir nombres es soltar aire que no vuelve y escuchar voces es sentir el silencio más profundo cuando dejan de sonar. Ahora que he vuelto, ya no echo de menos algunas cosas, pero tampoco me comporto como cuando vivía aquí antes ni cuando estuve fuera. Aún así, parece que le he cogido el gusto a sentirme lejos de los demás y no solamente sufro por la gente a la que dejé en Madrid, sino que me paso el día marcando un teléfono que sí me sé y vive en otra ciudad.
Luego, divagando, me doy cuenta de que retengo otras cosas que dicen que se olvidan más fácilmente con el tiempo. Recuerdo las voces y los olores. No podría llamar a mi casa, pero podría llegar olfateando como un perro o siguiendo la voz de los que viven y vivían en ella. También podría decir algunas direcciones entre las que tracé conexiones en mi infancia y guiaban mis movimientos. La casa de mis abuelos, mi casa, la casa de mi tía, la de Marcos… Luego fui desbloqueando el mapa y añadí otros pisos, otras voces y otros olores. Las fechas y los números los he olvidado también, pero a algunos puedo hablarles por Twitter o Instagram y a otros tocarles al timbre.
He dado forma a un mapa de seda que acaricio, aunque no acabe de nacer y esté rasgado por algunos tramos. No contemplo mucho el lago los días de viento, porque aquí hay playa y no me gusta, pero también me consume “una liturgia de costumbres”.
Escritor, periodista cultural y librero en la librería 80 Mundos. Codirector de todo esto. He colaborado en medios como eldiario.es o Le Miau Noir. Formo parte de la antología Árboles Frutales (Editorial Dieciséis, 2021) y Odio la playa (Cántico) es mi primer libro.


