La risa

Ya estaba otra vez el abuelo rezando por lo bajo. Lo habíamos vuelto a hacer. Toda la tarde jugando al billar con los drogadictos en la cantina de Bello. No sabía él que no pagábamos nada, todo incluido, salchichas de lata, atún y pan. Ellos, dos hombretones de más de treinta años – ¿cómo se llamaban?-, que competían con nosotros: diez y nueve años respectivamente. L. y yo agachamos la cabeza, como de costumbre, y aguantamos el rezado mientras nos preparaba la cena; que si son unos irresponsables, que ni se nos ocurriera decírselo a nuestros padres, que nos iba a tener limpiando la casa todo el día, que si mañana no íbamos a salir. Sabíamos bastante bien que los cachetes colorados solo significaban una cosa: toda la tarde en la casa de Fermín, vasito de vino va y vasito viene. Nosotros, a nuestro aire, que es como se refresca la infancia. Agosto era el mes de la libertad y lo sabíamos, por esa razón, solo por esa única razón, éramos como los filósofos estoicos en la mesa, esperando nuestra cena para repetir al día siguiente esa inocente ilegalidad, dos fugitivos en busca y captura que se aprovechan cada minuto que les corresponde.

La casa de la playa era una cueva inmensa. Más grande que la cueva de los menceyes, picada a mano centímetro a centímetro por el abuelo. Siete camas y la temperatura exacta para que nunca hiciera ni mucho frío ni mucho calor. Luego, bloques: una cocina, un baño y una terraza. Pequeño pero suficiente para el abuelo y nosotros dos, los primos, los únicos que no trabajábamos en casas ni bares, ni limpiábamos ni cocinábamos para los clientes, ni revestíamos fachadas en grandes edificios del sur. El abuelo, recién jubilado. Nosotros, una vez terminada la escuela y el fútbol, sin nada que hacer más que holgazanear. No había tendido eléctrico y, por tanto, era necesario un motor externo para que la casa tuviera luz. Tampoco agua, así que la cargábamos en pipotas de veinticinco litros hasta la casa. El tractor siempre lleno de pipotas de agua y abuelo, en aquella carretera llena de baches y sin vallas de ningún tipo, conducía por la orillita del precipicio y miraba hacia la montaña.

Lo habíamos vuelto a hacer y el abuelo reza que te reza mientras preparaba la tortilla. No era su mejor noche: colorado, palabras a media lengua y un breve tambaleo. De pronto, el motor de la luz sin gasolina. La tortilla al fuego y el abuelo con la necesidad de llenar de nuevo el tanque, encender la luz en medio de la noche y comer al fin. L y yo nos empezamos a reír por lo bajo. Nos parecía infinitamente gracioso cómo las palabras del abuelo se elevaban por encima del techo, mucho más allá de lo que estaba permitido en nuestras casas, casi rozando las nubes o el infierno. Pecado mortal. Nos reímos un poco más alto. Pasaron diez minutos y el abuelo no regresaba, pelea que te pelea con la correa del motor, que parecía no querer arrancar. Finalmente se hizo la luz. Ni L ni yo habíamos reparado en la tortilla, negra por una de sus caras. Nadie había apagado el fuego. Ahora sí que no podíamos controlar la risa. Doble castigo: obligatorio cenar ese carbón hediondo y madrugar al día siguiente. Levantarse a las cinco de la mañana para ir al roque de la punta y pescar con el abuelo. Nada de ir con el hijo de bello a coger erizos o simplemente tirarnos al agua desde el picacho más alto con intención de ser experto mundial en cuestiones de salpicaduras. Debo reconocer que me especialicé en la fontana: uno se tira y abre los brazos como un cristo en la cruz y después agarra una de sus piernas con ambas manos y se recuesta un tanto hacia atrás antes de entrar justo en el agua. Se necesita una precisión milimétrica para no caer en plancha: entonces en ese tiempo se aseguraban dos cosas, una rojez extrema y la burla de todos los amigos.

Ahora, sin embargo, teníamos que levantarnos a las cinco de la mañana y caminar hasta el último rincón de la costa, algo así como el fin del mundo o sus cercanías, con las cañas y los cubos y la comida en las manos, nosotros con toda la carga como castigo. Mientras caminábamos me cagaba en la hora en que L y yo nos habíamos mirado con esos ojos de pensamiento unidireccional y nos habíamos reído como no habíamos hecho en toda la semana. Pensaba también en la clase en que la maestra Delia nos había hablado de la explotación laboral infantil. Me identifiqué enormemente esa mañana con esos niños que cosían la ropa que nosotros nos poníamos. Antes únicamente me habían dado pena. Luego descubriría que la pena es lo más cercano al asco y que es un sentimiento que nunca se debía fomentar. Recuerdo que todavía estaba oscuro cuando nosotros íbamos en dirección al roque de la punta y el abuelo, linterna en mano, nos marcaba el camino. Pisen firme, decía, porque si se caen, sobre de que se caen, se la llevan. Y nosotros, derechitos como una vela, sin chistar, íbamos detrás de él como quien sigue al líder de la manada. No fuera que nos la volviéramos a llevar y los castigos se multiplicaran como los panes y los peces que el cura había nombrado en la catequesis meses antes. Déjate, déjate, me decía yo. Mejor hacer caso un ratito, hacerse los buenos para desaparecer por la tarde.

L. iba igual de callado. Ya había empezado mal la semana, porque el sábado habíamos decidido visitar a unos amigos que vivían en el pueblo cercano, La Fuente, y en el camino se le habían roto las cholas de marca que su madre le había comprado dos días antes, por lo que le cayó el responso inaugural del verano y un cachetón del que salieron lágrimas como chochos. No sé por qué, pero los responsos veraniegos se habían vuelto costumbre y ahora estábamos allí en la penitencia semanal, cumpliendo como dos soldados que ni piensan ni opinan ni tienen mando sobre sus cuerpos. La escalera para bajar al roque era demasiado inclinada. Me cagaba de miedo cada vez que tenía que bajarla, pero había aprendido que para ser un hombre uno no puede mostrar su debilidad ni ser una cagona, así que con el temblique de cada uno de mis músculos y los huesos a punto de quebrarse, bajé detrás de mi primo y en diez minutos ya teníamos todo preparado.

Poco tiempo hizo falta para que el abuelo estuviera otra vez reza que te reza por lo bajo, porque si en algo éramos iguales L y yo es en que éramos pésimos pescadores por ese entonces. Pasado el tiempo, él sabe algo y yo sigo igual que cuando tenía diez años. Se nos había enredado el nailon de las dos cañas y ahora había que cortar por lo sano y volver a empatar todos los anzuelos, poner plomo, boya y todo lo que ya venía listo desde casa. A todas estas, el abuelo todavía no había podido probar su caña ni una sola vez. Cinco minutos después, todo listo para L. que, cuando se disponía a lanzar, con el carrete cerrado y sin darse cuenta, enganchó al abuelo con el anzuelo por el bolsillo de la camisa: esas camisas de tela fina, azul con rayas blancas y bolsillo en el lado izquierdo, y lo hizo caer al agua. Entonces ya no nos reímos tanto, más bien diospadretodopoderoso que no se haya matado, pensamos, como si fueramos los niños pelotas monaguillos de cada domingo en la iglesia. Abuelo desapareció entre las aguas y entonces, al menos yo, que no soy omnisciente y no puedo saber qué sintió L en ese momento, que apenas sé de mí, si es que puedo saber algo, me asusté como nunca había hecho. Había una especie de remolino justo en el veril que estaba cerca de nosotros y no conseguíamos ver nada: ese maldito roque de la punta tenía aguas muy profundas, totalmente oscuras como la mar negra donde solíamos hacer pilotos y fontanas y todo tipo de saltos que inventábamos sobre la marcha. Abuelooo, abuelooo, gritamos. Ese día juro que no había nadie alrededor. Siempre lleno aquello de hombres mayores, pero ese día ni un alma, ni cristo que nos habían dicho que estaba en todas partes, ni el mismísimo señor. Fueron diez segundos que parecieron diez años y entonces, como un pez triunfante de su última batalla, surgió la cabeza del abuelo entre las aguas, abriendo paso a su corona de rey familiar. Entonces tampoco reímos, pero no sabíamos dónde meternos, pensando que ahora nos tocaría el mayor de los castigos. Pero no. Además de algún ligero los voy a matar, malditos niños estos, me están lllevando por el camino de la amargura, no hubo nada. El abuelo salió del agua como pudo, arrastrándose por las piedras, joven como estaba entonces, fuerte de cargar cemento y de la viña, con el codo un poco ensangrentado. Creo que el susto, el espasmo que trataba de disimular, hombre de hombres él, lo hizo olvidar posibles represalias. Minutos después volvimos a pescar y no fueron pocas las veces en que el abuelo venga otra vez a hablar en arameo, que se había convertido en las últimas horas en su lengua favorita. Ahora pienso que en el fondo le gustaba ese enfado de superficie, parecer serio ante nosotros, temerosos y risueños, comanches y esclavos a un tiempo. No pasó mucho más: pescamos más bien poco, cinco o seis salemas y unas bogas. Cumplimos la penitencia y volvimos a casa al mediodía. Almorzamos el pescado que habíamos cogido y L y yo dedicamos la tarde a la pandorga mientras el abuelo dormía en la terraza.

Al día siguiente volvimos a ser libres. Abuelo se fue de nuevo a su casa favorita, la del vasito va y vasito viene, y nosotros nos fuimos al billar, con la esperanza de que el chivato que le decía al abuelo dónde estábamos – ¿quién sería el malnacido?- no pasara por allí y nos jodiera el día siguiente.

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