Belén López Vázquez, la voz de nuestra generación

En el primer episodio de Girls (2012-2017), el personaje interpretado por Lena Dunham se autoproclamaba como la voz de su generación. Lo cierto es que: no. En los apenas tres años que estuvo en antena Aquí no hay quien viva (2003-2006), Belén López Vázquez —interpretada por Malena Alterio—, sin necesidad de ejercicios de reflexividad ni sentencias premonitorias, logró el objetivo que anhelaba Dunham: ser la voz de una generación sin rumbo.

Afligidos por un turbocapitalismo que erosiona las redes de afecto y que delimita las posibilidades de encontrar empleo a (1) precariedad o (2) frustración, somos personas perdidas, dueños de una mirada especular en la que se reflejan vidas de ensueño generadas por algoritmos. Pero antes de que el fango nos llegase al cuello, antes de ser asumir nuestro presente, ya estaba Belén abriendo un sendero que, años más tarde, tendríamos que seguir con resignación.

Belén nos enseñó a vivir en esa zona liminal entre la depresión y la supervivencia, tan propia de la contemporaneidad. Porque Belén es subir un selfi a Instagram con filtro de perrito un domingo de bajón. Belén es una canción de Yung Lean en 2013. Belén es descargarse Tinder, borrarlo y volver a instalarlo. Belén es un meme sobre lo triste que estoy hoy. Belén es comer arroz porque te has gastado lo poco que te quedaba en placeres hedonistas: libros, Netflix y popper.

La imposibilidad de encontrar el amor —entendido como una construcción idealizada e inalcanzable— ha derivado en la proliferación de relaciones que van de la posesividad al descuido de los cuidados, siendo el sexo el único porqué y motor fundamental de las parejas. Pues esto ya lo hacían Belén y Emilio (#Thiscouldbeasbutyouplayin) y ni Gaspar Noé te explica mejor lo que son las relaciones sexoafectivas hoy en día.

Por su vida sentimental pasaron Carlos, Paquito, Pedro, el hijo de Pedro, el consejero matrimonial al que iba con Emilio, se acostó con Roberto y un día decidió experimentar con Bea. Y eso si tenemos en cuenta que fuera de la diégesis pudo mantener otras relaciones. Pero en ninguna de esas ocasiones el amor funcionó como catalizador para un fin: la felicidad. Porque el amor ya no es sinónimo de felicidad ni de realización.

Y lo mismo se podría decir del empleo. Porque si el capitalismo intentó convertirlo en una prolongación de nuestro yo, como una manera de definirse, hoy nadie es capaz de hacerlo. Aunque más por imposibilidad que por deseo. En los años en los que la economía de España iba parriba, nunca inparriba, Belén nos advirtió de lo que nos depararía un mercado laboral esclavizado por la ideología neoliberal que ha supuesto la precarización y el deterioro de los derechos laborales.

Para sobrevivir en Madrid, con un alquiler y una casera —doña Concha hoy sería Blackstone— que abusaban de ella y amenazaban con su desahucio, tuvo que aceptar puestos como trabajadora de una hamburguesería, cajera, empleada de la funeraria El Porvenir, controladora de parquímetros, limpiadora, dependienta de una tintorería, vendedora de seguros, cool hunter en una empresa de moda y chica de una línea erótica, entre otros. Pero siempre incapaz de mantener un puesto, ya que el trabajo asalariado es una forma de explotación tan burda que Belén nos mostró que no debemos ser esclavos del sistema.

Belén existió antes de una crisis económica (2008-Hasta Que El Sistema Estalle), que la convierte en una figura germinal que reside en el imaginario de los nacidos tanto en los noventa como en los dos mil. Belén, antes de que los medios empezasen a usar la etiqueta millenial para legitimar la compleja relación existente entre pagar un alquiler de 1.000 euros con un sueldo de 300, antes de que revistas de tendencias usasen neologismos para hablar de precariedad e inestabilidad emocional, antes, repito, de que fuésemos becarios hasta los treinta, Belén nos dio su voz.

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