Tres poemas de Alfonso Vila Fancés

At least that´s what you said
(wilco)

gentes desgastadas
fotos desgastadas
filosofías desgastadas
vacaciones desgastadas
trabajos desgastados
besos desgastados
canciones desgastadas
poesía desgastada

déjame sola.
al menos eso fue
lo que ella dijo

déjame sola
al menos eso fue
lo que ella dijo

gentes desgastadas
besos desgastados
películas desgastadas
poemas desgastados

¿y si el futuro no es más que una copia desgastada del pasado?

déjame sola
déjame sola
déjame sola

 

ADIÓS, AMIGOS

(poema de ultratumba)

Escribir poemas en la cola del paro

no es nada romántico.

Si algún día un lector, alguien,

se tropieza con este poema

y quiere saber quién es el padre,

ese tal fulano de tal, sepa que

este individuo lo tuvo todo,

salud, dinero, amor,

y todo le pareció poco.

Y al igual que otros se pierden en espejismos dorados,

en placeres inagotables,

él buscó la fama, el éxito, el reconocimiento

de misteriosos críticos y oscuros profesores.

Si algún día alguien, un lector, se tropieza con este poema,

recuérdelo y olvide.

El autor no merece otro castigo.

 

NOCHE DE SAN BARTOLOMÉ, PARIS, 1572

Alguien tuvo que limpiar el suelo.

Harían falta muchos cubos de agua,

Pero los mármoles nobles volvieron a brillar.

Parecían montones de hojas amontonados por el viento en las puertas

y las esquinas.

Pero eran cuerpos.

Y aún sangraban.

Alguien tuvo que separarlos. Que sacarlos uno a uno. Que cargarlos en carros

y llevarlos a los campos de las afueras.

¿Les quitaron las ropas?

La muerte y la rapiña siempre van unidas.

Se recuperó todo lo que servía. Zapatos, botas, pequeñas joyas,

cinturones y broches.

Alguien los volvió a amontonar, antes de cubrirlos con tierra húmeda.

Y después salió el sol, florecieron las flores, el rocío de la mañana resbaló

por los pétalos.

Alguien tuvo que bendecir el mundo.

Y lo bendijo: pues era su trabajo.

Y alguien miró a sus siervos y cortesanos, los vio levantarse con pereza

y vestirse con pereza,

y coger la azada con pereza,

y fustigar al caballo con pereza

y desempolvar viejos papeles con pereza

y decidió que lo mejor era hacer una fiesta

para olvidar los gritos y las pesadillas de la noche.

Y así fue como los siervos, los cortesanos, los letrados y los comerciantes,

los barberos, los campesinos, los ladrones y los ministros

se emborracharon y rezaron juntos

y bailaron y gritaron hasta la noche.

Y así fue como llegó una nueva noche, y todo el mundo se acostó

aturdido, cansado, satisfecho, con el vientre lleno y una

extraña sensación bastante incómoda

de estar olvidando algo,

algo poco importante,

algo trivial,

pero algo al fin y al cabo.

Pero para entonces

las calles volvían a estar sucias, con heces de bestias, restos de comida

hojarasca y lodo,

o bien limpias: lavadas por una lluvia cómplice y minuciosa,

y los muertos y su sangre, sus gritos desgarradores, sus miradas perplejas

eran un hueco en los legajos polvorientos,

un espacio reservado para las moscas y los adivinos

que saben leer las entrañas de la Historia.

 

En París, en Jerusalén, en las llanuras del Oeste y en las selvas del Sur,

en todas partes y en todas las épocas

siempre hay alguien que limpia la sangre,

siempre hay alguien que forja la espada,

siempre hay alguien que decreta el olvido.

Barriga - Marcos Augusto Lladó

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