Volviendo a casa por Navidad

He vuelto a casa por Navidad. Otro año más. Nada cambia. Vuelven las sobremesas en las que vuelvo a explicar cuál es exactamente mi trabajo; donde vuelvo a contar la gran oferta cultural que hay en Madrid y el poco tiempo que tengo para disfrutarla. Ahora que vuelvo a envolver mi fracaso en brillante papel de éxito, me doy cuenta que respondo preguntas que nadie hace. Respuestas que sirven para cumplir con mis expectativas actuales y ahuyentan algún miedo de la adolescencia que se ha convertido en complejo.

He aprovechado estos días para salir a correr por el pueblo y respirar aire libre. Ahora que vuelvo al pueblo por Navidad me doy cuenta que recuerdo muy pocas cosas de mi época en el instituto. Después de 6 años allí no me acuerdo de casi ninguno de mis compañeros pero sí del nombre y apellidos de los chicos que me insultaban entre clase y clase porque estaba gordo. Recuerdo las palabras exactas y sus caras. Me acuerdo de la ansiedad en el pecho a las ocho de la mañana cuando veía el instituto al final de la calle. El agobio que da la incertidumbre. Recuerdo ir contando portales y respirando en paz cada vez que ninguno de ellos salía de uno. Ya quedaban menos. Recuerdo volver a casa llorando y secarme las lágrimas en el portal de mi casa para que mi madre no se diera cuenta de que había llorado. Recuerdo la indiferencia del resto. Esa sensación de invisibilidad que tenía entonces y que se convierte en el olvido colectivo. El ya mascado “no es para tanto, son cosas de chiquillos”. La sensación de que tu drama no le importa a nadie.

Por aquella época, mi madre tenía un sofá gigante en el que yo me tumbaba para olvidar todos los problemas que tenía en el colegio. Muchas mañanas viendo series en la televisión que terminaban siendo tardes de lectura encerrado en mi cuarto. Porque al final, era el único sitio donde un niño gordo como yo no molestaba a nadie. Ahora he vuelto a casa y me he dado cuenta que no es tan grande como yo pensaba y que se me salen las piernas cuando me tumbo. La idealización del pasado termina condicionando nuestro futuro. Creo.

Este año me he dado cuenta de que todo el mundo te dice que te enfrentes a los problemas. Pero si tienes 12 años y los problemas son más fuertes que tú, la consecuencia de alzar la cabeza es que te llevas un puñetazo en la cara. La sangre como forma de aprendizaje para no volver a levantar la cabeza nunca más. En mi caso, cada agresión se convertía en un nuevo bocado en el sofá de mi madre que terminaría convirtiéndose en una nueva agresión en el instituto. De aquella época arrastro un desapego -casi- total por mi pueblo y un miedo -casi- irracional a coger peso.

Este año he vuelto en tren a casa para pasar la Navidad con mi familia y me han arrancado la rueda de la maleta. No sé quién, ni cómo. Pero es un buen resumen de mi vida y del espíritu navideño. Quizá le doy demasiada importancia a detalles que no la tienen. En la época de los ‘ofendidos’, donde todos nos escandalizamos rápido y olvidamos pronto, yo no sé dejar de pensar en esos pequeños detalles que parecen no importar a nadie. Y lo cierto es que termino dándole vueltas a tonterías como que ya nadie habla del anuncio de ‘Oh Blanca Navidad’ de Netflix. Quizá no era tan polémico y nosotros somos subnormales.

Esta Navidad he vuelto a casa pensando en lo bien que me ha ido el año: He abierto una página web, me he estabilizado en Madrid y sigo empalmando contratos de prácticas. Un éxito rotundo, vamos. El éxito se relativiza cuando me doy cuenta que mi madre ha sacado un libro de poesía y ha encontrado un trabajo estable en el mismo tiempo. Además, por fin sonríe como se merece. Y todo con 56 años y compaginándolo con un trabajo infrapagado en condiciones laborales ruinosas. Después de una conversación con ella me doy cuenta de que a veces me vengo arriba muy rápido y que siempre es mejor luchar callado que morir gritando y maldiciendo ofensas pasadas. Además, al final resulta que mi madre cambió el sofá hace meses y no me había dado ni cuenta. Tanto tiempo idealizando el pasado que no he podido ver los cambios del presente hasta que me dolía el cuello de dormir en un sofá tan pequeño. Mi objetivo para la próxima Navidad es darme cuenta si mi madre pinta la casa.

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