Un millar de cruces

“No parece que te has ido

Yo te siento aquí conmigo

Tú eres todo en mí

Yo soy un reflejo de ti

En cada cosa que digo y vivo”. 

Camilo Sesto, Mientras mi alma sienta

El día uno de noviembre se abre paso en el espíritu de mi abuela como un liquen adherido a un olivo1, latente, cuya presencia no adviertes hasta que ya ha cubierto todo el tronco y apenas deja ver el árbol que hay debajo. Cuando se acerca la Fira de Tots Sants, toda la fragilidad que estaba escondida en su cuerpo brota y parece que le ahoga un sentimiento de miedo a la muerte que hasta hace poco no reconocíamos como propio en ella.

Cada año se despierta pronto, sobre las siete, para velar a sus muertos. La rutina siempre es la misma: va a la tienda de flores del ‘Carrer Major’ para comprar los tulipanes blancos que le gustaban a mi abuelo y que, tras su muerte, se obliga a llevarle a la tumba. Después, mi tío la lleva al cementerio y espera fuera mientras ella convierte este momento en su liturgia particular. Y así, cargada con un trapo, unas flores y un cubo de agua con jabón, avanza entre los centenares de tumbas que se agolpan en el cementerio hasta encontrar la de su marido. Hace 18 años que él murió y es la única costumbre que todavía les une.

Los años han hecho estragos en su cuerpo y sus fuerzas ya no son las que eran. Despacito, xino xano, y parando cada pocos pasos, sube con dificultad los escalones hasta llegar al nicho de mi abuelo. Que cada año tarde más en llegar no impide que lo siga haciendo sola. Cuando por fin está frente a la tumba, espera unos segundos tratando de recuperar el aire, y las fuerzas, observando la foto de su marido. Qué joven. No tiene tiempo que perder. Ya arrodillada, moja el trapo en el cubo de agua con jabón y empapa la tumba. Sosteniendo el trapo con las dos manos, friega con fuerza la tumba formando pequeños círculos que inundan la superficie del nicho. Como ocurre con la muerte en la memoria, los grumos de jabón dejados por el trapo exponen su recorrido sobre el mármol2. Mi abuela se afana en quitar todas las telarañas que aparecen en las juntas, no quiere que nada le reste brillo a la lápida. Hoy no. Esta es su particular manera de rendirle homenaje. Una forma de seguir sintiendo ese “terror silencioso y supersticioso”3 a través de la costumbre, transformando el luto en capital de trabajo.

Cada año se queja porque si no es ella quien limpia la tumba, nadie más lo hace. Algunas veces mi hermana ha intentado seguir esta tradición por su cuenta y ha recibido insultos y riñas por su parte. Ella nunca deja escoger las flores a nadie porque son para su marido y cree que es su responsabilidad. No obstante, este año ha querido que la acompañara porque dice que, tras estar ingresada, ha dado un pequeño bajón y es posible que el año que viene alguien tenga que ocupar su lugar.

Cuando mi hermana la acompaña al cementerio, sin embargo, nunca visita la tumba de mi abuelo porque es incapaz de reconocer a la persona que sale en la foto del nicho. Mi abuela se empeñó en que le pusieran una foto suya de joven, cuando estaba guapo, porque prefiere tapar con imágenes de juventud los recuerdos del cáncer que lo postró a una cama. Siempre nos dice que cuando ella se muera que hagan lo que quieran, pero que, mientras ella siga viva, se va a quedar esa foto.

Mi hermana siempre me dice que no nos educan para saber gestionar una muerte ni la ansiedad que da perder a un ser querido. Es difícil saber controlarlo, aunque hayamos tenido una relación con la muerte más estrecha de lo que nos hubiera gustado.

Mi abuelo paterno murió el día después de mi comunión, asolado por el cáncer y el alzhéimer. Los meses previos a su muerte era incapaz de reconocer a nadie. Se le negó la memoria, y con ella, también la conciencia de su propia historia. Murió desprovisto de identidad.  Y aún hoy, años después, pienso que es curioso que mi abuelo tuviera mejor aspecto en su primer día de muerto que en su último día como vivo.

Cuando murió mi abuela materna lo hizo en brazos de mi hermana. Sus últimos años de vida los pasó en casa de mi madre porque ningún otro familiar quería hacerse cargo de ella. Al principio nos visitaban todos los días, después, todas las semanas. Al final, todas esas visitas diarias se convirtieron en excusas por Whatsapp y visitas ocasionales. Su entierro sí que estuvo lleno de gente. Supongo que la muerte une más que una enfermedad y que es más fácil estar presente cuando no supone un sacrificio.

Creo que he desaprovechado dos entierros: Cuando murió mi abuelo era demasiado pequeño y no me di cuenta de lo que ocurría, y cuando murió mi abuela estaba más pendiente de no llorar y tampoco lo hice. Si me paro a pensarlo, he vivido los entierros de mis abuelos como una suerte de ficción en la que me correspondía desempeñar el rol de espectador, analizando cada plano y contraplano que se pusiese en mis ojos y juzgando cada gesto de cada invitado que venía a dar el pésame en busca de un mínimo símbolo que confirmara mis sospechas de que esa persona era un hijo de puta falso de mierda que solo había venido para aparentar.

De mi abuelo materno no sé nada, sé que murió por el cáncer. También sé que mi abuela María se volvió a casar años después con un hombre que también murió por el cáncer. Mi abuela Chelo no. Se negó a casarse con otro hombre. Ella sigue subiendo cada uno de noviembre al cementerio para enfrentarse a la muerte de su marido cargada con un trapo y un cubo de agua con jabón. Y seguirá haciéndolo. Supongo que “la vida siempre continúa, a pesar de la muerte”4.


1 Rodrigo García Marina – Edad.

2El blanco del mármol tiene un componente caduco que me recuerda que todos vamos a morir y que, tras nuestra muerte, seguramente no quede nada de nuestro paso, como una promesa adolescente que se olvida cuando los implicados crecen.  Quizás cuando más palpable se hizo esta sensación fue cuando cuidaba de mi abuela en el hospital y pasaba las noches sintiéndome en una distopía donde el tiempo dejó de tener importancia. No me gustan los hospitales. Creo que a nadie le gustan los hospitales. En mi caso, me agobia toda la artificialidad también blanca que rodea a la muerte: las luces artificiales – blancas- que hacen daño a la vista y te obligan a achinar los ojos cuando llevas muchas horas en la habitación, los médicos con sus sonrisas perfectas -blancas- y su cálida forma de hablar con pacientes cuyo nombre desconocen, los botes -blancos-  de pastillas -blancas-, las sábanas -blancas- que cambian cada 24 horas. Los hospitales huelen a sueños rotos, a promesas que no se van a poder cumplir, a mentira y a decepción por no poder ver crecer a tus nietos. La imagen de todos mis objetos de valor y mi ropa metidos en una bolsa hermética de plástico mientras dos auxiliares desinfectan la habitación y borran todo rastro de tu estancia allí es muy triste. No me gusta el blanco, me hace ser consciente por un momento de mi propia fugacidad

3Herman Melville – Moby Dick

4María Sánchez – Tierra de mujeres

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