Ruido blanco III: Los baños

Voy a llegar tarde a clase. Hoy que había salido con antelación. Pero así son las cosas… No he podido evitar ayudar a alguien como él. Tiene un audífono y puede que se haya despistado. Aún así, le dejo en el banco. Alguien le estará buscando. Tengo que irme antes de que la profesora me registre otra falta de asistencia. Ya llevo más de tres días recluido en mi habitación. Tengo más de diez vasos acumulados en el escritorio y una pila de calzoncillos en la silla. Una fila de olmos me guía hasta las primeros grafitis del edificio de mi facultad. El viento arrastra unas bolas gigantes de polen y le da un aspecto chocante, como si fuera posible la nieve en abril. Las hojas tintinean. Cierro los ojos y casi estoy en el mar.

Hoy lleva una camiseta de encaje rosa. Unos pantalones que se ajustan a sus caderas como una segunda piel, que puede cambiar y mudar… Se sienta a mi lado y empieza la clase. Cruza las piernas hacia mi dirección. Tiene unas manchas rojas al lado de sus labios. No entiendo porqué no me está mirando, porqué no advierte mis ojeras, hoy no me pregunta. Está riéndose con el tipo de atrás. Se ríe y se le arruga la nariz. Me revuelvo en la silla.

Doy dos golpes con el lápiz. Ahora, por fin, me mira, pero desvía rápidamente la dirección. Atiende a las explicaciones de la clase de ética. Hoy hablamos de la caída de los valores después del muro de Berlín. Sé que no está escuchando. Tiene heridas en las mejillas. Son finas y están muy juntas, parecen de gato. Acaricia su pelo, largo, calmado, de nube. Tiene unas manos enormes que desentonan con sus dedos de agujas. Me hubiera gustado decirle que llevo días pensando en ella. Pero yo no estoy en la escena. En ese momento empiezan: mi rodilla se mueve, mis ojos se cierran y se abren. Mis músculos se mueven sin permiso, como si la torre de control de mi cabeza hubiera entrado en cortocircuito. Mi mente es un despojo, incapaz de arreglar –o al menos tensar–, los hilos de la marioneta. Todo mi cuerpo se mueve y ella sigue como si yo no perteneciera a su espacio. Me largo, dejando un rastro de papelitos que había estado destrozando.

Los aseos de la facultad son mixtos. Si quisiera, podría entrar. Si le importara algo vendría a saber qué me pasa. Pero no lo va a hacer, porque ella no me ve nunca. O a ratos. Cuando quiere. El baño huele a amoníaco y lejía. Limpio el espejo con un poco de agua. Mis ojeras empezarán pronto a dejarme sin mejillas y hay un par de surcos que recuerdan mi acné adolescente. Toda mi vida he luchado por no sentirme solo. Por no necesitar la compañía de nadie. Pero esta vez no he sido eficaz. Tiene una belleza interior que solo es comparable a… nada. Es difícil porque es única. He conocido a muchas chicas, y he probado a besar a otras tantas. No es muy complicado hacerte un hueco en sus vidas. Enseguida te ofrecen todo: te enseñan su pasado, te muestran lo complicado que es hacer lo que hacen y cómo lo hacen. Te incluyen en sus sueños, te dan cobijo en sus camas, te alimentan y prometen cambiarte la vida. Y al final, cuando conoces todo de ellas, te das cuenta de que son como el resto. Cuando conozco todo de alguien me siento profundamente estafado. La gente dibuja ideas irreales de ellos mismos, las camufla con maquillaje, las perfuma y acomoda a tus gustos. Pero ella es diferente. Cuanto más la conozco, más me sugiere, más me sorprende…

Se le arruga la nariz cuando se ríe. Se lo he dicho muchas veces, pero los cumplidos nunca sobran, y siempre habría que decir más. Tendríamos que proponernos no cortarnos nunca con ellos y más si son verdad. Si me escuchara le repetiría lo que pienso. Que al verle creo que la luna tiembla, o que tengo celos de toda persona que le haga reír. No debería haber ocurrido, no entraba en mis planes, pero llegó un momento en el que cada comentario que hacía sobre qué planes tenía y con quién se me clavaba en el estómago como un dardo. Esa maldita pantalla del móvil sonando constantemente, con infinidad de conversaciones abiertas. Se sienta a mi lado pero no es capaz de verme.

Le dije que me estaba ahogando. Que no soportaba lo mal que estaba yendo todo, el atasco en el que ambos estábamos. Tampoco me conoce. No me conoce para nada. Pero igual es que no merecía la pena conocerme. Solo quería que fuese todo bien, como fuese. Me ha hecho sentir que soy un loco peligroso al que no se puede ver a solas. Que mal interpreto sus intenciones. Me lo dijo con una cara de pena que casi se le caía a trocitos. Como si ella fuera un ser divino, por encima de los pecados carnales. La verdad, soy el único que la querrá de esta forma. Porque sé ver más allá, vi lo que era, y me gustaba sin más. Anoche, en la fiesta vi una versión completamente diferente con los demás, no sentí que fuese ella, la de verdad…

Dijo cosas que se contradecían con nuestras conversaciones. Pero igual es que conmigo no quería ser ella. No soy una mierda. Yo tengo mi opinión, y ya se la he contado. Si me hubiese conocido… Soy un buen hombre. Tengo defectos, como el resto, pero sé cómo cuidar a una mujer. Me duele el brazo y se me hinchan los ojos. Aprieto los dientes. Escucho el sonido de la cadena de un váter. La rabia me sujeta a la tierra, pero sé que soy capaz de casi cualquier cosa. No encuentro el equilibrio y me inclino hacia abajo. Mis manos empiezan a deshacer el suelo. La sangre empieza a brotar de mis nudillos y el olor metálico se camufla con el resto. Los niveles de adrenalina corren por mis venas y me disparan. Soy capaz de atravesar cualquier cosa, de decir cualquier cosa. Me levanto y me miro. Soy mucho más de lo que esa se merece. Abro el grifo y el agua apaga mis manos. Mis dedos son mucho más flexibles, como si fueran cartílagos de pájaro. Los puedo moldear y purificar cuando me plazca. Son armas de presa.

Sabe venderse, habla constantemente de lo que dice ser, pero no le he visto nunca ser nada más que un poco de humo azul. Está claro que no es mía, nunca lo será. Sólo porque yo no soy suficiente para ella. Porque es una caprichosa. Jamás entenderé por qué fue ella la que me habló aquel día, la que fue honesta conmigo, la que se fijó en mí. Quizá por pura diversión, para manejar su ego a mi costa. Cuando salgo del baño me encuentro con su espalda y me acerco a ella. Todo matiz de rabia se derrite al tocarla. La camisa le deja un espacio vacío debajo de su cuello. Me gustaría probar a qué sabe.

El roce de mis manos le asusta y da un paso hacia atrás. Me señala la barriga. Me subo la camiseta: no hay nada inusual. Doy dos pasos más en su dirección para preguntarle por qué ha venido. Si hubiera entrado al baño le hubiera dicho que soy capaz de hacerle la persona más feliz del mundo, que sin ella me falta el aire, que me pierden sus ojos, que quiero que seamos un hogar, como la reina absoluta de mi vida. Quiero tocar su vientre cuando crezca, observar cómo se seca y se arruga su piel, buscar un lugar para los dos. Lejos del mundo. Encerrarla en el baño, donde sea, y forzar el pestillo. A cambio le daría todo lo que no es capaz ni de soñar. Alguien que le enseñe qué es amar de verdad.

Pero en lugar de decírselo, me acerco a ella e intento besarle. Justo antes, en el momento en que siento su aliento, un cosquilleo en los labios me quema. Siento antes el golpe que el sonido. El labio empieza a hincharse y noto los latidos dentro de la irritación. El grupo de mi clase está observando la escena y empiezan a reír. Parecen hienas y se relamen en mi vergüenza. “No pongas esa cara de pena”, me grita con la mirada más severa que he visto en mi vida. Le cojo del brazo y le meto en el baño con violencia. Me da igual si le hago daño. Malcriada, insolente, imbécil. Encima creerá que me merezco esa humillación. Nunca me fijo en nadie que antes no se haya fijado en mí. Muchas como ella creen que pueden hacer lo que quieran sin una mala cara. Sin que podamos replicar.

Me escupe en la cara y su saliva me llega de pleno al ojo izquierdo. Aprieto más fuerte la mano y le exijo que me mire. Si supiera por lo que he pasado, cómo me ha tratado la vida, mi falta absoluta de amor… Pero no tiene ni idea. Le estrecho contra la pared de uno de los baños y cierro la puerta. Ahora me va a mirar de verdad. Dos gotas de sudor se escurren entre mis axilas. Escucho golpes al otro lado. Escupo al suelo y la saliva tiene rastros de sangre. Algo se muere dentro de mí. “Sólo quiero hablar con ella”, susurro a la puerta. Miro sus ojos. Está helada. Recorro sus brazos, protegiéndole del miedo. Pero no siente el roce. No siente nada.

Los golpes no dejan de taladrar mi cabeza. Pero comienzo mi discurso con un “estás volviéndome loco, mira lo que estás consiguiendo”. Yo no soy así, no haría daño nunca  a nadie. Le cuento mis pesadillas. Incluso le describo todo el alivio que sentí al conocerla. Gracias a ella caigo en la cuenta de que el amor podía con todo, incluso con mi miedo. Que juntos seríamos capaces de cualquier cosa. Que no quiero paz sin amor. Ella se encoge de hombros. “¿Has terminado?” gruñe con un odio abrasivo. Se deshace de mis muñecas y empuja mi cuerpo lejos del suyo. Ha hecho añicos todo el ambiente. Se sube al váter. Me mira a los ojos desde arriba y me señala los rasguños de sus mejillas.

Me araña la cara con sus uñas triangulares. Hay algo de ferocidad en su mirada. Es un gato a punto de aniquilar a su captura. Me empuja hacia el lavabo y me grita: “sólo te queda esperar a que cicatricen”. En la puerta, una chica con el pelo rapado le espera. Escucho cómo se aleja. Vuelvo a sentirme eufórico, capaz de atravesar los límites. Su compañera sigue de pie, mirándome desde arriba. Me coge del pelo y me susurra al oído “ya no existes”. Sigue los pasos de la mujer de mi vida y se van para siempre. Al otro lado de la sala alguien tira de la cadena. Hay una sombra al otro lado del espejo.

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