Radiografías de la melancolía y la nostalgia: Artista, tiempo y romanticismo

El arte convierte todos los conceptos en ideas. Eso sí, por muy importante y necesario que nos resulte esto, las patologías siempre van a superar a lo sentimental. Por eso es más fácil escribir una novela en pasado que hacerlo en presente. Así es como la cultura falla en el intento de ser una cura y acaba siendo un placebo -no siempre eficaz- de la melancolía y la nostalgia. En Radiografías de la melancolía y la nostalgia, José Manuel Bielsa-Gibaja nos empuja a un agujero de gusano. Este ensayo es un viaje en espacio y tiempo desde el siglo VII a.C. con la poesía melancólica de Mimnermo hasta llegar al selfie.

Ha llegado este ensayo por parte de la editorial El Transbordador en el momento justo. En una espiral de textos sobre la ciudad en la que nací, recuerdos de fechas y una búsqueda de explicarme a mí mismo qué hago en Madrid. Este ensayo es un manual para todos aquellos que quieran entender el origen del sentimiento que tienes cuando ese castillo hinchable que es el amor se pincha, recuerdas a esa persona con la que ya no puedes hablar o pasas los días de fiesta trabajando.

“Tanto en la Ilíada como en la Odisea, quizá más en la segunda, vemos cómo los personajes que erraban de un lado a otro por el Mediterráneo añoraban su patria y a los suyos”

Dejando claro que para entender exactamente de lo que hablo es necesario leer este ensayo, la base de todo se puede reconocer en tres conceptos clave que explican la melancolía como patología y la nostalgia como apego a un pasado que puede llegar a no haber existido: artista, tiempo y romanticismo. Y, a pesar de no estar presente en todas las partes del escrito, Lord Byron forma parte de todos los márgenes en blanco de cada una de las 115 páginas. Arte, alcohol, romanticismo y añoranza.

El artista, el genio, el creador o como queramos llamarlo es considerado alguien profundo. Esa introspección puede venir de la melancolía o de la nostalgia por el pasado, que es la que inunda casi todas las facetas artísticas. Las formas de expresión dentro de cada una de estas facetas se convierten en estilos de vida. De ahí, por ejemplo, la performance de Marina Abramovic en el MoMA en la que acaba enfrente de su ex pareja, Ulay, formando una estampa perfecta de la nostalgia; las obras de Munch o el Solaris -entre otras películas- de Tarkosvski.

El concepto de artista nos lleva al de hígado. La explicación de José Manuel sobre la “viscera melancólica” nos hace entender la relación tan estrecha de ciertos artistas con la botella. A pesar de que la genialidad de personajes como Bukowski, Baudelaire y Hoffmann no tenga que ser necesariamente consecuencia de su alcoholismo, sí que podemos llegar al origen de su personalidad entendiendo el matrimonio de conveniencia que tienen sus capacidades con el alcohol. Son genios a pesar del alcohol, no por él.

“El caldo de cultivo para toda una epidemia global de nostalgia, a ambos lados del Atlántico, estaba servido”.

El tiempo es el guía de la lectura. La instauración de relojes en plazas de ciudades fue el principio de su fugacidad globalizada. Desde ese momento, el tic tac de las manecillas resuena en nuestras cabezas como si fuésemos Garfio. Y el ritmo de este sonido se acelera como el de los semáforos cuando al verde para los peatones le quedan instantes para cambiar de color. Chaqueteros. Al verlos podemos ver a Figo. Esta aceleración del tiempo nos ha llevado a una vida líquida de la que habla Bauman y relativiza cada vez más el presente para que el pasado parezca algo sólido a lo que aferrarse si se derriten los polos y todo esto se inunda.

“James Boswell/Lord Auchinleck escribió en 1768 (quizá por primera vez en la historia) la palabra «romantic» “.

La transformación de romanticismo sigue una línea descendente. Ha pasado de definición una nueva forma de ver el arte y su consecuente corriente, hasta convertirse en un adjetivo que ha perdido todo su significado real. Es curioso como existen románticos del romanticismo, que añoran esa vida bucólica y de sufrimiento que nunca han vivido, porque el arte que consumen de dicha época les atrae. Porque es más interesante intentar entender la nostalgia de lo perdido y el drama del Yo que ceñirse al despotismo ilustrado. Pero el pasado se ha convertido en un Dios más carnívoro que Saturno y “la Revolución devora a sus propios hijos”, como dijo Vergniaud y pintó Goya.

En pleno 2019, época de consumir cultura rápido y conocer todas las tendencias, la nostalgia es el sentimiento más presente en la gente y de lo que más se huye. La soledad ha perdido su cariz positivo y aunque hay más flâneur que nunca, se ha perdido esa forma de aislamiento placentero de Baudelaire y Walter Benjamin. Este mundo cada vez “más complejo e individualista” del que habla el autor, añora el romanticismo y la masa siente lo mismo que estos artista con la diferencia que no encuentran la salida. La melancolía y la nostalgia han encontrado un hueco en todos nosotros para hacernos sufrir la ausencia de cosas que realmente están delante de nosotros, hasta llegar a hacernos echar de menos el propio sufrimiento mientras sufrimos. O incluso alienarnos y dejarnos llevar por la vida sin ninguna intención de hacer oposición, el mundo de Meursault.

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