Pink Lady

Son las cuatro de la tarde y estoy vomitando. Son las cuatro de la tarde y estoy vomitando sobre la taza de un váter que, hasta hace unos minutos, no tenía la intención de conocer. Son las cuatro de la tarde, hace calor y estoy sudando. Tengo las manos apoyadas sobre la pared y mi cabeza cuelga rendida sobre el inodoro. Miro el agua enturbiada de esputo e imagino mi reflejo. Al entrar trastabillando y a toda prisa me he recogido el pelo en un moño y ahora un par de mechones anaranjados resbalan sobre mi frente y pienso en Mark Renton; me siento como una suerte de Mark Renton deshaciéndose al revés. Aunque yo no me he ventilado un par de supositorios para heroinómanos en apuros, me han sentado mal unas patatas fritas. Unas patatas fritas con Ketchup. Si me esfuerzo, puedo distinguir algún trozo, todavía compacto, a medio hundir. Con los ojos fijos en los restos de mi Titanic particular me pregunto por qué he engullido como un pavo el plato de fritanga si a mí no me gustan esas cosas. Detesto especialmente las patatas.

Me limpio la comisura de los labios con el dorso, tiro de la cadena y me lavo las manos. La verdad es que todo está muy pulcro -la suciedad viene conmigo-, muy blanco y me sorprende no haber reparado antes en la pintada de la puerta; “La vida tenía que ser algo sencillo; algo que pudiera vivirse como un conjunto de pequeños ritos indefinidamente repetidos. Ritos al fin y al cabo un poco estúpidos, pero en los que en el fondo se pudiera creer”. Se me hace tan cursi que seguro que el autor es francés. De todos modos, me parece lo suficientemente trascendental como para grabarlo en las puertas de un urinario público y para que se me pase la acidez estomacal. Al fin y al cabo, el plato lo han pedido ellos, yo sólo he hecho lo que se esperaba de mí. Quizá con demasiado entusiasmo.
Salgo del baño.

– Vamos, Pink Lady, ¿Qué hacías ahí dentro? – mi madre llevaba razón, este vestido es demasiado rosa. Al menos yo no me he echado tres kilos de gomina en el pelo para hacerme un tupé y parecer un rockabilly. Creo que tienen miedo a quedarse calvos con veinte años.

Salimos del bareto y me siento muy liviana. En cambio, ellos caminan despacio como osos cuyas tripas, despensas gigantes, rebosan comida triturada. Entonces me hago muy pequeña y cambio el vestido por un pijama espacial y me monto dentro un submarino y me cuelo en sus cuerpos. Quiero ver cómo son los demás por dentro, ver esos sacos calientes de intestinos, sangre, mucosas, vejigas y flema hacer el trabajo que mis propias entrañas aún no han aprendido.

– Tienes un trozo de coágulo en la mejilla – me señala uno de ellos mientras esperamos a que el semáforo se ponga en verde. Saco un pañuelo y me lo paso por la cara. Mi fantástico viaje al centro del humano ha dejado un rastro.
Hace un mes que se acabó el verano, la ciudad ha despertado del letargo y bulle. Se nota porque las aceras están sucias y la gente tironea de sus mochilas y cruza la calle a toda velocidad, aunque no tengan prisa. Yo me dejo arrastrar hasta la boca del metro; línea 3, dirección; Plaza de España. Tiempo de espera; tres minutos. Aquí abajo siempre es de noche y Madrid se vuelve Gotham.

Entramos todos a la vez, apelotonados, y el ambiente se torna dulzón, con ese olor a órganos vitales apachurrados. Un tipo se levanta y cede el asiento a una mujer con un niño pequeño. Ella lo sienta en sus rodillas; el niño garabatea con fuerza en un cuaderno, ella le dice algo y el crío grita y lanza el lápiz que impacta contra el ojo de una señora mayor. Esta, asustada, lo abre tanto que se convierte en una luna llena. Después grita. El tren se detiene y la mujer con el lapicero clavado en el ojo baja entre aspavientos, manchando con furiosas gotitas de sangre a todos los que la rodeamos. Madre e hijo se han convertido en piedra. Quedan tres paradas.

Miro mi reflejo en la puerta acristalada del vagón. Una línea de sangre, que se ha secado casi de manera instantánea, ha quedado pegada a mi cuello; la examino hasta que mi mirada se encuentra con la del tipo de antes. Parecemos el fotograma de una película de vampiros pop. Me giro y ahora lo tengo en frente, a un par de cuerpos de distancia. Me recuerda a un actor, pero no consigo atrapar el nombre. Es atractivo, aunque para nada guapo. Nos observamos como dos felinos a punto de saltar sobre el otro. Tiene pinta de ser la clase de tío que te acompaña de madrugada a casa y, en lugar de insinuar si puede subir, se apoya en tu portal para preguntarte que qué opinas de la literatura rusa mientras balancea sobre tus narices una botella de vodka. Pliego los párpados y separo un poco los labios; quiero decirle que no merece la pena, que nunca he leído a Dostoievski, pero ellos me arrastran. Hemos llegado a nuestro destino. El tren se marcha y su imagen se desintegra, diluida entre rostros de ciudad. No volveremos a vernos.

Nos tropezamos entre nosotros en la oscuridad, palpando a tientas las hileras de butacas, intentando encontrar el número que nos han designado. Cinco minutos y tres pisotones después nuestros culos reposan a salvo. Va a empezar, lo sé porque el murmullo de la sala cesa de repente y ya sólo se escucha masticar. Mierda, las palomitas.

– Ya voy yo, Pink Lady – susurra uno y me relajo en mi asiento. Me encantan las palomitas.
No tarda en volver con un paquete caliente entre las manos; sonríe, coge un puñado, se lo mete en la boca y me pasa el testigo. Me relamo. – Ah – agrega con la boca llena –. No quedaban palomitas. He pillado patatas.

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