La paciencia del hombre-árbol

Esto iba a ser un texto autocompasivo regocijándome en lo cruel que ha sido esa ciudad tragándome sin masticar y vomitándome sin avisar. Pero como me dijo Alex en una de las cervezas de despedida, no hay otra manera de irte de un sitio que no sea fracasando en todo. Y aunque echo de menos Madrid, aquí también puedo escribir y la cerveza es más barata.

Paciencia de árbol.

Hice mía la expresión cuando Jona y Chico Sospechas decidieron que su disco Paciencia de árbol no iba a salir nunca y lo convertí en un mantra para hacerme entender que (casi) nada llega. Lo recordé gracias al hombre-árbol del Jardín de las delicias de el Bosco.

Me fui de Madrid visitando sitios en los que estuve muy pocas veces y a los que debería haber ido más. Entré al Museo del Prado y fui directo a la sala en la que El jardín de las delicias amontona turistas y guías para colarme entre ellos y mirar de cerca los ojos del protagonista. El hombre-árbol es el mismo infierno de San Antonio que parece fijar su mirada en nosotros, pero somos televisiones apagadas para él, está mirando todo lo que se prolonga en el lienzo y nosotros no podemos ver. Todo lo que para Guy Gauthier también forma parte de la imagen porque lo que vemos da sentido a lo que no. La profundidad de campo no solamente está delante de nosotros, también nos traspasa. Por eso creo en infinitud del infierno mientras que muchos de los que visitan el tríptico lo hacen por fe en Dios. Pero ahí está la hostilidad del mundo y nuestra necesidad de adaptarnos para encontrar una comodidad artificial en él sea dónde sea.

Yo encontré un trozo de ella en las pinturas de Antonio Muñoz.

Hacía tiempo que no veía un cuadro que me atrajese, me entristeciese y me aislase tanto como lo hizo Recuerdos de Granada. El brillo del suelo refleja el cielo, ese cielo de los de antes o después de llover, con una luz de las de antes de anochecer y que te hace sentirte solo en un edificio hasta arriba de gente. Su recuerdo de Granada era mi recuerdo de un trozo de Madrid y de un trozo de Alicante. Y esa nostalgia era la artificialidad que necesitaba, la de pensar que en cualquier sitio puedo encontrar un paisaje vacío en el que acomodarme. Me creía en el exilio cuando vivía en Madrid y ahora que he vuelto a Alicante me veo igual.

Imagino al hombre-árbol esperando paciente con la mirada fija en mitad de esa plaza de Granada. Y de paciencia también se muere, echando raíces “tendida en la cama donde van los bosques”, como muere a quien queremos para que nazca un libro y nadie muera del todo. Un aferrarse a la vida eterna sin ser religioso que aprendí de María Sotomayor en La paciencia de los árboles. Y lo recupero ahora que he vuelto a Alicante para despedirme de alguien al que añado a la lista de libros que algún día escribiré. Porque pensar que el que muere sigue vivo en otro lugar que no sea el arte debe de ser todavía más insoportable. No poder verle, tocarle ni hablarle. Esa forma de echar de menos se inventó para las rupturas, es exclusiva. Saber que algo sigue vivo pero no cerca de ti o, al menos, no contigo.

En fin, que al salir del Prado el calor me devolvió un poco a la realidad. Volviendo a casa me despedí de alguna calle. Y ya no sé si es porque le he cogido mucho cariño a ciertos sitios o a ciertas personas; si echo de menos a gente en concreto o no, lo que hacía con esa gente o lo que no llegué a hacer. Yo que sé.

Todos somos mujeres y hombres-árbol: En nuestras cabezas suenan gaitas, en nuestros estómagos se acumulan líquidos y no podemos hacer más que cantar y mear. Me voy a ver La virgen de agosto.

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