La lista de la compra

En una entrevista en el programa de Radio 3 Efecto Doppler Ramón González le contestaba a Laura Barrachina lo siguiente: “mientras escribía pensaba en cómo escribir sobre el atentado, no pensaba en el atentado”. Este escritor se refería a su novela Paz, amor y death metal, un texto que surgió como terapia. Ramón fue uno de los supervivientes del atentado de noviembre de 2015 en la sala Bataclán de París.

Su respuesta parece obvia pero no lo es. No terminamos de saber para qué sirve la escritura. Todos sospechamos que tiene algo sanador pero tengo la sensación de que no lo terminamos de saber definir. Es a lo que se refiere Rosa Montero en La ridícula idea de no volver a verte: “Aplastamos carbones con las manos desnudas y a veces conseguimos que parezcan diamantes.” O lo que describe tan bien Juan José Millás en su libro El mundo: “Cuando escribo a mano creo que me parezco un poco a mi padre en el acto de probar el bisturí eléctrico, pues la escritura abre y cauteriza a un tiempo las heridas”.

Estos resultados nos llevarían a la siguiente conclusión: Escribir sirve para olvidar; como mínimo, para poner distancia, para que algo deje de doler tanto. Por ello Ramón González escribió esta novela, porque había vivido una situación límite y su psicóloga se lo había recomendado. Ya está. Pero no, creo que no es tan sencillo.

Una noche, poco antes de irme a la cama, surgió un miedo en mí algo inesperado. De pronto, comencé a pensar en la habitación en la que yo había pasado la gran parte de mi infancia, adolescencia y juventud. Apenas han pasado unos meses desde que la vi por última vez y, sin embargo, comprobé que ya había detalles que me parecían muy lejanos. La vi como algo del pasado, de la manera en la que la memoria fabrica los recuerdos. Me revelé y sentí terror: ¿si en menos de un año había olvidado rincones y detalles de mi habitación qué recordaré cuando pasen veinte años?

En ese momento lo pensé: Escribimos, de manera primaria, para no olvidar. Bueno, dudé (porque cada vez dudo de más cosas; me agarro a las interrogaciones y dudo de las afirmaciones): ¿No olvidar es la razón primaria de la escritura? Pensé que mi miedo era muy humano, y que algo tan simple como la posibilidad de no acordarte de algo es el inicio de escribirlo. Por ejemplo, una lista de la compra:

  • 3 o 4 plátanos
  • 5 o 6 manzanas
  • 6 o 7 cakis persimón
  • 4 o 5 kiwis (que estén maduros)
  • Un trozo de calabaza

O para pedir unas croqueta(s):

  • 5 de berenjena
  • 4 de tinta de calamar
  • 4 de rabo de toro
  • 3 cabrales
  • 1 de bacalao

Surgen más preguntas: ¿a quién le gustan las croquetas de bacalao? ¿Por qué para comprar fruta la duda es una constante? ¿Por qué no sabemos si queremos 3 plátanos o queremos 4 plátanos? Todo un misterio. Esto es lo más básico de la escritura. Incluso, puede que algo ocioso y primario. De supervivencia. Pero si llegamos al dolor… ¿No surge una contradicción? ¿Escribimos para olvidar el dolor o para recordarlo?

Creo que es compatible. Hace poco, mis padres han comenzado a escribir. Se han comprado unas libretas y se han lanzado a escribir recuerdos relacionados con mi hermana y pensamientos que les vienen a la cabeza. Ninguno solía escribir hasta ahora. Ambos coinciden en que les alivia y les sienta bien. Cuando me asusté al no recordar con la nitidez que me habría gustado ese rincón de mi habitación pensé en ellos. Comprendí lo que les había llevado a escribir (a mano) por primera vez en su vida: no querían dar la opción a olvidar. Y, por curioso que parezca, de la misma manera aquello les servía para alejar fantasmas.

Recordar y olvidar. ¿Escribimos para las dos cosas? Es probable. Escribimos para dejar constancia de nuestro paso por el mundo, para que no nos olviden, como me decía mi amiga Laura Odene. Escribimos para que quede plasmado lo que sentimos aquella vez, para que todo el mundo sepa lo solos que nos sentimos. Para que no se olvide a quien no se tiene que olvidar. Para que nos lo lean si en la vejez perdemos la memoria.

Pero sí, también escribimos para alejar. Para poner distancia. Porque por cercano que parezca, la escritura está más lejos de nuestra mente de lo que parece. Escribimos para aliviar. Cuando escribimos sobre la muerte pensamos en cómo escribir sobre la muerte, no en la muerte. Cuando escribimos sobre la añoranza pensamos en cómo escribir sobre la añoranza. No añoramos. Cuando Ramón González escribió sobre el atentado pensaba en cómo escribir sobre el atentado, no en el atentado. Yo no sé si escribo para olvidar o para recordar, pero una cosa está clara: escribo para, con dificultad, tratar de entenderme.

 

 

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