El tren que no nos llevó a Auschwitz

ACTO PRIMERO

I

El día que Trump ganó las elecciones perdimos el tren a Auschwitz. Aquella mañana, cuando abrí los ojos me encontré con ella. Había irrumpido en mi habitación casi sin resuello; los rizos alborotados, la mirada aún legañosa y la voz ronca de recién salida de un sueño que me despertó del mío. Nos habíamos quedado dormidas. Era miércoles.

Desayunamos en silencio mientras los móviles vibraban al son de un mundo que se preguntaba cómo había podido pasar.

– ¿Lo dejamos para otro día?

– No, tardaremos un montón en encontrar otro hueco.

– Sí, es verdad… Oye, ¿y si vamos en taxi?

Vivíamos en Katowice, la capital de la región de Silesia, a 40 kilómetros de ese pasado congelado y el cambio de moneda se inclinaba a nuestro favor, así que decidimos perfilar los ojos con tintes oscuros y adornar los labios de carmín. Una tiene que sentirse guapa para asomarse a los abismos de la historia. Y ella resolvió que también debe hacerlo con el ánimo levantado.

– ¡Qué sí, qué sí, ya verás! – rió subiendo el volumen de unas rancheras mariachis que nos hicieron olvidar durante un rato lo ocurrido en el Estado al norte de México y que, en unas horas, vagabundearíamos entre los muros de lo que fuera un campo de exterminio nazi.

Pasé todo el camino con la vista fija en el esmalte de uñas de la taxista, de un rosa chillón con incrustaciones irisadas. Ninguna cruzó más palabras que un polaco marronero a la hora de pagar el viaje. -Son 100 zlotis- nos indicó mientras trataba de encontrar mi cartera. Al bajar del coche una bocanada de aire frío me sacó de mi ensimismamiento; habíamos llegado a Oświęcim, la pequeña localidad al sur del país eslavo cuyo nombre en germano quizá resulta más familiar. El día se desperezaba plomizo. Teníamos un rato libre y no sabíamos muy bien qué hacer, así que concluimos en llenar el buche de nuevo y entramos en un restaurante sencillo que vivía del turismo. “Irónico”, rumié sin reparar en mi propia incongruencia. Sesenta minutos y dos trozos de pizza después comenzaba la fiesta.

Los alrededores del museo rebosaban. En España, colegios e institutos arrastran a los críos al Prado o al Reina Sofía. En Polonia, los profesores llevan a los chavales a Auschwitz-Birkenau para que no olviden; aunque la algarabía reinante te impida sentir aquello que se supone que debes sentir en un lugar así. Adolescentes emocionados por perder un día de clase haciéndose fotos por doquier, gritando y tonteando y recordándote que, tras el horror, la vida sigue.

Y entonces entramos. Al principio nos dejamos mecer por la corriente humana y el confuso abrir y cerrar de cremalleras, detectores y guardarropas convencionales donde dejar los bártulos. Hasta que alguien nos llamó para estampar en las solapas de nuestros abrigos una pegatina amarilla que rezaba “English Tour”. Ninguno de los presentes era nativo.

II

Enfrentarse a la verja, a esa verja, no es como te imaginas. Nunca nada es como uno se imagina. Yo pensaba que estaba traspasando la frontera de una película. Que desde los altavoces un hombre famélico y enamorado me llamaría princesa sólo para mantenerme -y mantenerse- con vida. Que ya había estado allí, muchas veces, caminando por ese decorado lúgubre a través de una pantalla. Como todos los demás.

III

La mujer era rubia y pequeña como un pajarito. Nos recorrió con la mirada y, con gesto solemne, fue entregando como se entregan las malas noticias una radio y unos auriculares a cada uno. Luego ajustó su micrófono y nos pusimos en marcha.

IV

Caminar por Auschwitz es como pasear entre los muros de cartón-piedra de una obra de teatro. Está meticulosamente cuidado y las casetas son tal cual aparecen en los metrajes. Si te esfuerzas, casi puedes ver al pequeño Giosuè escondiéndose del monstruo para ver si consigue reunir mil puntos y obtener un tanque. Uno de verdad. Al fin y al cabo, era más fácil pensar que la tierra que estaba pisando era la de Benigni y no el rastro de la peor huella de la segunda guerra mundial. En las calles, entre los casetones, hay carteles que indican al visitante lo que se solía hacer en cada apartado del campo y dónde habían ocurrido los “ajusticiamientos” más famosos. Lo recorríamos en silencio, escuchando atentamente las explicaciones de nuestra guía polaca, arrullados por el constante click de las cámaras de fotos, afanadas en capturarlo todo. Como si con tenerlo ante tus ojos no fuera suficiente.

V

Entre los muros de los edificios la sensación es diferente. Es un museo, no es real. Vitrinas que exponen al público retazos de aquellas vidas segadas. Maletas apiladas en las que aún se pueden ver escritas con tiza las iniciales de sus dueños. Volverían a por ellas les dijeron, y los prisioneros guardaron cuidadosamente sus efectos personales, lo que les quedaba de la dignidad arrebatada. Nunca volvieron. En la cristalera contigua se conserva pelo humano y, en otra, los botes viejos, vacíos, casi convertidos en herrumbre, que contuvieron el famoso Zyklon-B, el gas. Terrible, pero no tanto como las fotos. Las fotos. Están en un pequeño corredor, colgadas de ambas paredes. Comenzaron a modo de registro, una instantánea de frente y otra de perfil como presidiaros con su pijama de rayas. Sobre el pecho, la insignia que los coloca en su categoría; preso político, judío o enemigo, ya que, según nos indicó nuestra guía, al principio, el campo se ideó como el lugar para someter a la población polaca. Serían tratados como mano de obra semiesclava. Una miríada de rostros anónimos saluda al visitante. La mayoría sin arrugas.

VI

Un chico casi sonríe, como si le estuvieran sacando una foto de carnet. La diferencia reside en el uniforme y su cabeza, completamente rapada. Es 1942. “Tendría nuestra edad”, pensé. De nosotras, la mayor apenas acababa de cumplir veinte años.

VII

Fuera hacía aún más frío, a pesar de apenas haber rebasado el mediodía. Estábamos en 1947, ya habían sido los juicios de Nuremberg, y ella nos hizo callejear un rato tras los casetones y pararnos frente al crematorio. Ahí ahora hay un montículo. Ese año se puso una horca y se ejecutó al oficial de las SS Obersturmbanführer Rudolf Höss, que habría dirigido el campo hasta el verano de 1943, mientras vivía con su familia en una hacienda cercana.

A una pareja debió parecerle un paisaje exótico donde hacerse una foto. Pensarían que no todos los días se pisa la tierra en la que mataron a un nazi. Posaron y salieron guapos. Sobre ellos, imaginé el cuerpo de un hombre convulsionándose como un espantajo durante quince minutos. Hasta la asfixia.

VIII

Fin de Auschwitz. Ella nos pregunta que si queremos ver el otro. Nos hemos entretenido en el museo y queda poco para el cierre, pero da tiempo. Todos asentimos y subimos al autobús que recorrió los tres kilómetros hasta Birkenau.

ACTO SEGUNDO

I

Y entonces te golpea y abres mucho los ojos. Lo han dejado como lo encontraron. No hay vitrinas, ni expositores. Nada, sólo el fósil.

Birkenau es lo que todo el mundo imagina cuando oye hablar de un campo de concentración. Dos kilómetros de largo hasta el crematorio. Está en ruinas, lo quemaron en su huida precipitada. No querían dejar rastro de cómo habían muerto casi dos millones de personas tras esas alambradas. Cercos electrificados que algunos prisioneros utilizaron como la vía de escape más rápida. Era ahí, en esa entrada, donde paraban los convoyes. En concreto los provenientes del Ghetto de Cracovia. Cincuenta kilómetros hacinados en vagones donde casi no se podía ni respirar. Débiles y desnutridos, algunos llegaban ya muertos.

Y, ahí plantados, nos dijo que para no asustar más aún a los recién llegados les recibían con música. Ya no tendrían que huir nunca más.

II

Si uno no supiera dónde está, ese camino podría ser agradable. Bajar del tren, estirar las piernas y darse una ducha. Al fin y al cabo, eso es lo que hacemos todos después de un viaje. Descansar.

III

Me arrebujé en mi sobretodo por enésima vez, aunque en esta ocasión el frío venía de dentro. Éramos una riada humana haciendo turismo de matadero.

-El sufrimiento ajeno siempre atrae la atención del hombre— murmuré.

-Sí— respondió nuestra rubia polaca, que en ese momento caminaba a mi lado –Pero fueron supervivientes los que abrieron el museo, apenas dos años después de que se liberara el campo. Querían dejar constancia de lo que pasó.

IV

La última atracción del descenso a los infiernos fue el barracón. Daba asco. Era un habitáculo pequeño y mal ventilado en el que se hacinaban unas cuatrocientas almas. A modo de camastro contaba con unas tablas estrechas de madera que no merecían llevar el nombre de litera. Sobre cada una dormían cinco personas. Cinco. Y eso los que tenían suerte; la mayoría se apilaban a distintas alturas, desparramados por el suelo. No era muy difícil imaginar la proliferación de enfermedades.

Pero yo no llegué a entrar. Apenas le eché un vistazo.

V

Claro que lo habían abierto supervivientes. Era obvio. También nos indicó que les visitaban muchos institutos de Israel, guiados por víctimas.

-Todavía vienen, aunque quedan muy poquitos— concluyó dulcemente, para señalar con la cabeza a un grupo de estudiantes que rodeaba a una persona mayor al otro lado de la alambrada. Y nosotros giramos hacía la barraca.

VI

Hello darkness my old friend, I’ve come to talk with you again. Y me quedé clavada en la puerta. Habían empezado a cantar.

Dos turistas pasmados los observamos desde lejos, los pelos erizados como estacas, mientras caía la tarde en una pequeña localidad polaca de apariencia corriente. Tienen hasta equipo de fútbol.

VII

Esta vez no perdimos el tren.

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