El postmodernismo entre un taconazo de Redondo y un penalti de Raúl

Cuando la civilización llegó al año 2020 tuvo un debate: ¿Cuándo empieza la década? Hay quien decía que el mero cambio de decimales nos llevaba a una nueva etapa que, por cierto, empezaría mal. Hay quien decía que la década empezaría el uno de enero de 2021. Todo esto deviene, en última instancia, de cuando Estados Unidos lanzó las bombas de Iroshima y Nagasaki. ¿Estuvo bien o mal? -Empezaron a preguntarse los estadounidenses-. Aquellas bombas empezaron a romper el muro que separaba lo que estaba bien de lo que estaba mal y una materia gris empezó a dominar la Tierra: el postmodernismo. Yo, por resultarme bastante más fácil, opino que la década empezó en 2020. Además, opino que lo blanco, por regla general, es blanco; que cuando llueve el agua cae hacia abajo y que lo más complicado en política es valer para algo. Y, por si no se han cabreado ya, también opino esto: el juego de Raúl González Blanco no me parecía tan bueno.

Si hiciéramos caso a la gente que opina de una forma tan truculenta, podríamos decir que el S. XX futbolístico terminó con la octava Champions League del Real Madrid. Quienes quieran seguirme, no obstante, dirán que el propio Real Madrid empezaba el S. XXI ganando su octava Copa de Europa. Lo que es un hecho absolutamente cierto es que en la primavera del año 2000, en cuartos de final de la máxima competición europea, el Real Madrid se enfrentó al Manchester United. La ida acabó 0-0 en el Bernabéu, por lo que el Real Madrid tenía cierta ventaja: le valía un empate a goles. Con este planteamiento llegaba a Old Trafford el futbolista postmoderno por antonomasia: Raúl González Blanco. No remataba bien de cabeza… O sí. Su pierna derecha era de palo… O no. Jugaba de delantero centro… No exactamente.

El postmodernismo se basa en un rechazo constante a cualquier autoridad que dicte que algo es bueno o malo desde sólo un punto de vista, provocando un desorden y una nueva forma de hablar. La propia UEFA se volvió de un postmodernismo extenuante cuando empezó a tener una política en la que prácticamente cualquier equipo que tuviera once jugadores y una sede en algún país donde lo más redondo que se había visto era una cazuela tuviera la oportunidad de jugar la Champions, de forma que equipos de mucho nivel se quedarían fuera para que el campeón de la Liga de Luxemburgo -con todos los respetos a la insigne tradición balompédica luxemburguesa- jugase contra el Barcelona o el Bayern de Múnich. El equipo postmoderno por antonomasia es el Ajax de Ámsterdam de los primeros años 70 que, a su vez, fue la base de la selección neerlandesa que jugaría el mundial 74. Nadie jugaba de nada porque todos los futbolistas jugaban de todo, como en el poema de José Hierro.

“Qué más da que la nada fuera nada

si más nada será, después de todo,

después de tanto todo para nada”.

Hacer un mapa de las posiciones de aquellos futbolistas alocados que llegaron a la Copa del Mundo pareciendo estrellas de rock es prácticamente imposible. Cruyff estaba por todas partes; Neeskens era centrocampista si miramos a aquella selección desde el punto de vista tradicional… Pero el caso es que Neeskens cuando jugaba en el centro del campo tenía funciones de delantero. Aquella selección era un equipo líquido, que se transmutaba en lo inimaginable y rechazó las imposturas. Raúl era una personificación de aquello: el penúltimo gran 7 del Madrid es el futbolista líquido que no hace nada bien, pero en cualquier caso acierta, lo dicho: una oda al postmodernismo futbolístico.

Aquel Madrid tenía problemas de autoridad defensiva, por así decirlo. Con Hierro lesionado, del Bosque salió en Old Trafford con una defensa de cinco… O no. Porque Iván Helguera jugaba prácticamente de líbero por delante de los centrales, permitiendo que los laterales, Michel Salgado y Roberto Carlos, pudieran subir y bajar con una libertad aceptable. A su vez, esta posición de Helguera permitía que Fernando Redondo fluyera más libremente a la hora de organizar un juego cuyo propósito era llegar a las bandas. En susodichas bandas, McManaman por la derecha y Salvio por la izquierda. En vez de apoyarse en un mediapunta, los “aleros” eran quienes debían ir hacia el centro para habilitar la subida de los laterales. De esa forma llegó el 0-1 madridista. Míchel Salgado se incorpora al ataque, hace un centro horrible, pero lo suficientemente encaminado como para que Roy Keane, mediocentro del United, intentase despejar a córner. Sin embargo, lo que hizo fue meter un gol en propia meta. Míchel Salgado fabricó muchos goles así: poniendo el balón en la materia gris que se crea entre los centrales y su portero; si no había remate, habría rebote, un peligro de cualquier modo.

Vi el partido veinte años más tarde en una plataforma de pago, interesado por ver cómo jugaba aquel Madrid. Pasada la primera parte, le envío un mensaje a Paolo diciéndole: No entiendo que cuando yo era un niño se idolatrase tanto a Raúl. Me resulta incomprensible. No tiene pierna derecha, no remata bien de cabeza, no es especialmente bueno dando pases, no sabe organizar… Y cuando terminé de mandar este mensaje, contraataque del Madrid, MacManaman hace un pase largo y Raúl recibe la pelota en tres cuartos de campo, margen derecho. El 7 hace un control orientado de tacón e inicia una carrera en diagonal de derecha a izquierda que le sirve para que, cuando tiene que encarar a Silvestre, éste llegue sin ser capaz de controlar donde pone los pies, situación que Raúl aprovecha haciendo un recorte que deja al defensor del conjunto inglés recogiendo uvas. Por si fuera poco, este recorte le sirve para que el balón se le quede en su pierna buena. Dispara a puerta y gol. Raúl se va a celebrar su tanto riéndose de mí en diferido porque el postmodernismo futbolístico no solamente vale para que las posiciones sobre el campo se hagan líquidas, o para que no importe que, bajo criterios meramente matemáticos, podamos decir que Raúl no era buen futbolista; también sirve para hacer que el tiempo que marcan los relojes no sirva de nada y alguien pueda reírse de ti sin que importe que todo haya acabado. Raúl se retiró hace cinco años y aun así me sigue taladrando con su madridismo y su torpeza.

El tercer gol madridista llegaría de una forma maravillosamente extraña. Fernando Redondo era un futbolista lento o, mejor dicho, era un futbolista lento desde el punto de vista europeo. Desde el punto de vista argentino era un futbolista tranquilo. Sin embargo, aquella noche primaveral de no sabemos si final del S. XX o principios del S. XXI la confusión astral hizo que Fernando Redondo empezara a correr en un contraataque. El 5 jugaba de tal forma que lo que estaba a su alrededor parecía vulgar. Aquella noche jugaba directamente contra Roy Keane. Era como si practicaran dos deportes distintos. El madridista estaba a manejar la pelota y al paseo por el césped. El red devil, por el contrario, era un atleta, un boxeador o un perro de caza cuya principal función era recuperar la pelota y dársela a Scholes, Giggs o Beckham. Ya ellos sabrían qué hacer con aquel objeto esférico que, a los ojos del aguerrido jugador irlandés, parecía tan despreciable. Y así fue cómo Fernando Redondo empezó a correr por la banda como si fuera un grosero extremo zurdo.

El postmodernismo todo lo confunde y, desde que cayeron aquellas bombas en Iroshima y Nagasaki, desde que Rinus Michels inventase el fútbol líquido, nadie tiene la autoridad como para decir que algo es zafio y lo contrario noble, de tal forma que un ordinario Fernando Redondo que se puso a correr como si el fútbol consistiese en eso se quedó sin espacio ante el cierre que hizo Berg. Sólo quedaba una cosa por hacer: volver a ser ese patricio del fútbol con tres ojos para ver algo que al resto del mundo le es imperceptible: se hizo un autopase con el tacón. Un perfecto toque salió de su espuela con un perfecto ángulo de 45 grados e hizo que Berg se quedara petrificado mientras la pelota le pasaba a escasos treinta centímetros de su pie izquierdo. Al mismo tiempo, Fernando Redondo pasaba a escasos treinta centímetros de su pie derecho y recogía la pelota que él mismo había lanzado junto a la línea de fondo. Una de las cosas más bellas del fútbol es que los recursos estéticos son efímeros y provocan una inmediata parálisis tanto en el público como en el rival. Quien es capaz de ejercer la estética en el fútbol dando un taconazo, haciendo un regate que busca no sólo la funcionalidad de zafarse de un defensor, sino la elegancia, es capaz de parar el tiempo. Durante menos de un segundo nadie pudo moverse en el universo futbolístico. Nadie excepto Fernando Redondo, que una vez recogió la pelota, levantó la cabeza y vio que el futbolista líquido estaba solo en la frontal del área pequeña. Raúl dispara y gol.

Y así, el postmodernismo se metió en semifinales de la Champions League del año 2000, sin que importe si era el principio o el final de siglo. El comentarista observa que Raúl fue firme candidato a ganar el balón de oro aquella temporada. No obstante, sucedió algo inesperado: la autoridad más grande del fútbol tuvo a bien manifestarse. Eurocopa 2000, España-Francia, penalti a favor de “la Roja”, Raúl es el encargado de batir al pelado Barthez. Le pega con la izquierda y la manda a la grada. Y es que, al fin y al cabo, siempre queda una autoridad: el balón. El fútbol consiste en que el esférico entre en la portería. Da igual si eres malo con la derecha o no sabes rematar, el fútbol consiste en eso. Si quieres o eres capaz, puedes meter el balón en la portería con la tibia, el pecho, la cadera o el mismísimo culo, y eso seguirá siendo incuestionable per secula seculorum. Por eso, cada vez que hablemos de postmodernismo futbolístico, es menester recordar que aquella selección neerlandesa que armó Rinus Michels y capitaneó Johan Cruyff perdió la final el Mundial 74 contra la Alemania de Beckembauer, Breitner, Maier y Muller. Este último, por cierto, era más bien bajito, no sabía regatear y no metió un gol bonito en su vida, pero el balón entraba. España, por su parte, sólo ganó un título cuando dejaron de convocar a Raúl. Justo o injusto, el caso es que llueve hacia abajo y el postmodernismo es lo que es. Ya lo dijo el poeta José Hierro: “Qué más da que la nada fuera nada/ si más nada será, después de todo,/ después de tanto todo para nada.”

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