El sexo nunca más será solitario

La novela de Lynne Tillman, Polvos raros (Alpha Decay, 2022), que apenas cuenta con 100 páginas y cuya narración transcurre entre las décadas de los 60 y 70, pone en el centro el sexo y la mujer como sujeto deseante. Lo hace a través de una enumeración de las diferentes relaciones sentimentales y sexuales que le suceden a la protagonista. Pasa de un lugar a otro, de Nueva York a Ámsterdam o a una isla griega a través de los hombres con los que establece un vínculo por nimio que sea. Nos narra cómo desea, ama y odia. Es entonces, más que una enumeración, una recolección de momentos, personas y lugares.

Son John, Jos, Bill, George, Jack, Mao, Marty, Charles, Josh, Scott, Roger e incluso un Charley lo hombres que van pasando por su vida, y aun así ellos nunca serán el centro de la narración. Son una ilusión que pone nombre a los sentimientos de la protagonista. El discurso de la narración se desprende de lo sexual como trascendental y lo baja a lo terrenal, al folleteo. Lo que convierte a la narradora y en general a la novela, que originalmente fue publicada en 1982, en un ejemplo de la liberación sexual propia de la lucha de la segunda ola feminista, que vivó y sigue viviendo una oposición “anti-sexo” en la que se premia alejarse de los comportamientos promiscuos justificándolo como un juego del liberalismo económico y el capitalismo.

En Polvos raros, por un lado, se celebra esta capacidad liberadora de la promiscuidad. Por otro, Tillman atiende también a la precariedad emocional. La novela está atravesada por una precariedad económica y social que hace que la protagonista pierda continuamente trabajos y se mude, poniendo fin a sus relaciones, a veces convirtiéndose en un bucle. Entre las dispares situaciones sexuales y amantes que nos va presentando es una novela en la que se crean y se rompen vínculos.

Un físico una vez me dijo que una forma de ver nuestro universo es que su estabilidad es un accidente, que miles y miles de relaciones son inestables y que la suerte es lo único que hace que la nuestra se mantenga.

El vínculo que se crea y se rompe es naturalizado, no atender a la división o a la ruptura de las relaciones románticas y sexuales sería generar una visión utópica sobre el deseo y el amor. Igualmente, considerar este salto constante de parejas como simplemente un acto neoliberal de consumo de cuerpos es no atender a la conformidad con la que cientos de personas, mujeres blancas, negras, y personas queer han tenido que afrontar el sexo. No conformarse con la insatisfacción sentimental y sexual parece ser simplemente un movimiento típico de individualidad, del nuevo self-care que nos dice que no le debemos nada a nadie. Pero dentro de colectivos donde el deseo de los demás nos ha pasado por encima, también hay que hacer piña para reclamar el nuestro. Y eso se hace con relatos que ahondan en lo íntimo desde la comunidad.

Esta es una tarea hercúlea nunca antes documentada. Una aventura con mi cuerpo. Hasta el fondo.

A través de una prosa directa, promiscua, pero ante todo irreverente y honesta, cuestiona los márgenes de sus relaciones sexuales y amorosas. Descentraliza el acto sexual y se pregunta ¿por qué se ha sentido atraída por este hombre? ¿será más que un lío inocente? ¿lo hacemos por rutina? ¿es el momento adecuado? El sexo, pese a ser una representación dolorosamente heterosexual, deja de ser el centro y la conversación, el diálogo interno y con otros personajes, habita el centro.

Polvos raros es una novela sobre follar. Sobre cómo follar es divertido, liberador, incomodo y doloroso. El sexo aquí es una experiencia tangible, material y que puede incluso cansar. Es una novela que entiende el echar un polvo como un acto complejo, y que jamás será individual. Follar en Polvos raros implica siempre más de una persona. El sexo se convierte en una red de personas, pasadas y presentes, entrelazadas.

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