Comerse a las amigas

Comerse a las amigas

Me gustaba mirar a las amigas. Me gustaba coleccionar sus diferencias y sus gestos y repetírmelos para dormir. Algunas se retorcían si les hablaban de cosas tristes; otras lloraban con hipo, se ponían rojas cuando bebían alcohol y disimulaban la tos cuando fumaban. Si me hubieran preguntado por mis aficiones, habría dicho: verlas. A las amigas. Conocerlas. A las amigas. Y no decírselo. Porque las amigas eran comida y yo (que me metía el pelo detrás de las orejas y me ponía los cascos y hacía como que no) tenía hambre de ellas. Eran papas locas y chocolatinas escachadas en el fondo de la mochila, y yo una mano que las palpa y dice: ah, para luego. Quería comérmelas. Y digerirlas y no hacer como cuando bebí mucho vino de cartón y vomité marrón y rojo y pensé que iba a morirme. Prohibido echarlas. A las amigas, que no me conocían tanto como yo a ellas. Porque siempre estábamos lejos. Aunque pasáramos las tardes recorriendo las calles del pueblo una y otra vez, aunque habláramos y llenáramos todos los silencios y nos prestáramos los pintauñas, estábamos lejos. Sabía que las amigas se querían. Y también sabía que las amigas se enfadaban cuando una sacaba buena nota y que las amigas nos dejaban botadas por los novios y que las amigas se juntaban en grupos pequeños y se reían unas de otras: yo también lo hacía. Éramos malas y no queríamos estar solas en el recreo. Conocíamos las normas: no vernos desnudas, no darnos besos, armar drama, no ayudarnos demasiado, insultarnos sin que lo pareciera, no ir con otro grupo de amigas, no ir con otra si la mejor amiga quería quedar. Una vez intenté decirle a la mía que fantaseaba con comerme a las amigas y después no vomitarlas ni cagarlas ni nada. Que deseaba que las amigas estuvieran siempre conmigo y que las apreciaba más de lo que creían. Aunque las bloqueara del Messenger y pensara, a veces, que eran unas bastas. Pero me callé porque sabía que lo que en realidad quería era conocerlas. Y mirarlas y dibujarlas y entenderlas. No lo conseguí: luego se convirtieron en otras y cambiaron como si les proyectaran una diapositiva sobre la cara. Y nos separamos. Las eché de menos. Lloré y no miré a nadie.

Y aprendí a mirar. Esto, aunque no lo parezca, es un homenaje a las amigas. A las amigas a las que quise comerme y a las amigas que me enseñaron que no hay que comerse a nadie. Porque un día, en otra vida (juro que lo parecía), descubrimos cosas. Por ejemplo, que éramos buenas. Y que nos habían enseñado que las otras eran malas. Que no teníamos que ser las mejores. Nos dimos cuenta de que nuestra amistad, por muy intensa y pura que fuese, tenía trampa: no éramos una casa sino un parque lleno de colillas en el que los perros mordían. Pero no era adrede: es que nosotras, las chicas, competíamos. Y si nos veíamos con trajes que nos marcaban las chichas, nos criticábamos. El abismo estaba incluso en las amigas más cercanas: recuerdo estar en la playa, de noche, y decirme: no dejes que te vean los pelos de los muslos, no las dejes, se van a reír de ti. Un día, en otra vida, descubrimos que las amigas no se ríen unas de otras. Que las amigas se cuidan y se llevan manzanilla cuando las cosas no van bien. Que las amigas se admiran y se ayudan y se ven de verdad, sin mirarse a escondidas, sin querer comerse. Que las amigas no se coleccionan. Yo aprendí a mostrarme como soy de verdad y ya nunca tengo la sensación de que las conozco más de lo que ellas me conocen a mí. Nunca. Nos conocimos. Y nos emborrachamos hasta vomitar marrón y rojo y dormimos juntas y fuimos a sitios y hablamos de las cosas importantes y nos enseñamos las heridas y nos dijimos que todo está a salvo con nosotras. Esto es un homenaje a las amigas. A las amigas que, como yo, como tú, como todas, han sufrido la competición. Y otras cosas. Lo sabemos y por eso nos cuidamos tanto. Esto es darles las gracias a las amigas. Y esto es pedirles perdón a las amigas. Y echarlas y verlas de verdad. Siempre de verdad.

 

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