Discoteca, con Morrissey

No diré que fue cruel conmigo.

Ni siquiera puedo decir que me decepcionó.

Nunca esperé nada de este mundo.

Así que mi existencia no fue más

que la confirmación de una certeza

tan antigua y agarrada a mi alma

como un grano o una verruga horrible que aparece en la niñez de un hombre

y ya siempre le acompaña.

Life is a pigsty, la vida es una porquería

canta Morrissey

en esta discoteca vacía

del final de la fiesta, cuando ya todos los invitados

se han ido, y sólo yo espero

(o simplemente escucho la música) mientras

sigo con los ojos

esas luces vibrantes

que recorren esa pista en la que nunca bailé.

Y pese a todo aquí estoy, en mi púlpito:

Como un cura que oficia misa en una catedral desierta

canto con Morrissey, con devoción, en un murmullo…

La vida, al fin, resultó como esperaba.

Pero aún así le debemos una ofrenda.

Podría ser peor, Alberto Acerete

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