Sueño contigo, una pala y cloroformo llegó a mi casa tarde, porque el primer ejemplar que me envió Apostroph está en cualquier otra estantería de Alicante. Así que al que le haya llegado el libro que por lo menos deje su opinión en Goodreads.
Ya no sé cuántas veces he hablado de la muerte en Poscultura. Patricia Castro escribe sobre la muerte a varios niveles: la de las abuelas y la de las relaciones. Porque una ruptura es una pequeña muerte. Cuando hablé de la paciencia del hombre-árbol ya introduje la idea de que echar de menos es algo tan innato como respirar por la nariz cuando comemos. Echamos de menos mientras vivimos.
Cuando alguien muere se le echa de menos sabiendo que al irse ya no vas a volver a verle más. Sin embargo, una ruptura duele de forma diferente, porque esa persona sigue viva, respira, habla, se ríe, llora e infinitud de cosas más. Todas sin ti. Ese dolor es menos duradero, más asumible pero a veces más fuerte, porque el desamor puede suceder varias veces y la muerte de una persona solamente una. Por eso no podría ser creyente nunca, me sería imposible concebir la idea de que mis muertos siguen vivos y están en otro sitio pero no les puedo ver porque yo sigo respirando y comiendo. No podría soportar creer que en realidad no han dejado de vivir, pero están en otro lugar al que yo no voy a ir nunca porque si todo eso es verdad iré de cabeza al infierno.
Me di cuenta de esto al salir a correr. Lo hago más por la salud mental que por la física, pero he acabado cogiéndole el gusto. Ahora tengo una ruta fija en la que paso por una zona de casas que huele a dinero y en la que hay una iglesia sobre la que se alza una cruz dorada. Cuando es de noche solamente se ve la cruz, porque son pijos pero en la calle no funciona ni una farola. El otro día, entre esfuerzos por no toser un trozo de alquitrán y colocarme los auriculares para que no se caigan, me vino algo a la cabeza. Si Dios existe esa es realmente su zona. Su casa entre las de cientos de acomodados que expiran sus pecados todos los domingos mientras sudan la resaca y agarran a sus parejas con el brazo que luce una pulsera con los colores de su bandera.
La cruz reina en ese barrio como lo hace la cruz en el Tercer Impacto de Evangelion. Me imagino a Shinji en una casa con piscina y el EVA01 aparcado en el garaje. Es el único sitio en el que es posible que Dios exista, siendo rico el dolor debe de ser diferente seguro. No sé si mejor, pero diferente.
“Es la historia de desamor más cutre del mundo entre una niñata del extrarradio y una progre que bebe infusiones en un puto bar”
Alexandra vive mientras todo se le muere. No sabe gestionar ese dolor como lo hace Júlia, que lo maneja traspasándoselo a los demás, creando dependientes simulando dependencia. Pero ya no es solo que todos nos hayamos cruzado con un o una Júlia alguna vez, sino que también lo hemos sido, porque cargar con la piedra hasta la cima para volverla a soltar y repetir el proceso nos agota, pero el miedo a que esta acabe rodando tan lejos que ya no podamos alcanzarla nos obliga a hacerlo. O eso creemos. Como que desaparezca el parque en el que os quisisteis o que cierren el bar al que vas siempre con tus amigos. Como cuando por delante de lo que antes era el quiosco de mi barrio que ahora es un almacén.
El amor tiene diferentes realidades y la línea que separa a unas de otras es demasiado fina. Enamorarte no es la dependencia absoluta y cambiar todo tu yo por el de la otra persona, ni obligar al otro a hacerlo. Pero tampoco mantener la distancia de dar de comer a un león. Tu piedra es tuya y la puedes compartir pero no darla, Sísifo. No encuentro la terminología correcta para explicar lo que es sin hablar de gestionar y la vez que no quiero decir que el resto del mundo está totalmente equivocado. Pero “el amor es pinga, quiéranse”.
Patricia crea un relato cerrado sobre el adiós pero que abarca cada uno de los temas que tienen a esta generación al borde del colapso. Intenta explicarse a sí misma la liquidez de Bauman utilizando la vida de Alexandra como ejemplo. Alta fidelidad sin el mejor John Cusack pero con nuevas miras. De mí también pasó una Laura esa película me persiguió hasta que años más tarde lo hizo una Cristina y por el camino descubrí que Rob es un fracasado y no lo asume.
“Os estoy soltando mi existencialismo barato demodé y vosotros solo queréis porno y algo de psicodrama emocional”
En la calle hay señores mirando a dos mujeres que se besan, da igual donde estés. También hay gente que mira de reojo la conversación de Whatsapp del que tiene al lado. La exhibición de esas conversaciones expone más al lector que a la escritora y su personajes. Le impone el reconocerse en ellas diciendo absurdidades y reduciendo el romanticismo a un mensaje de antes y después de dormir atacando de frente esa mirada vouyerística que expone Laura Mulvey. Patricia es la cámara y el personaje. Acabas leyendo como el que mira un cuadro de Ron Hicks.
“¿Qué coño iba a hacer con Júlia? ¿Qué coño iba a hacer si mi abuela se moría?”
En esa exposición constante y en los párrafos más directos se reconoce el estilo de Patricia y cuando sacrifica esto para analizar el amor es cuando deja de explicarlo. Dialogando con ella misma y cuestionándose las situaciones explica más que cuando intenta responderse. Se pierde en buscar frases profundas haciéndote perder el ritmo de la lectura.
La dualidad envuelve Sueño contigo, una pala y cloroformo en todos los sentidos. Virando de una pérdida hacia otra, viendo como fluctúan sin saber muy bien como separarlas. Comiendo y respirando a la vez. Entre el miedo a olvidar y la necesidad de hacerlo. En esa bipolaridad se lee nuestra precariedad que engulle desde lo económico hasta lo sentimental.
Escritor, periodista cultural y librero en la librería 80 Mundos. Codirector de todo esto. He colaborado en medios como eldiario.es o Le Miau Noir. Formo parte de la antología Árboles Frutales (Editorial Dieciséis, 2021) y Odio la playa (Cántico) es mi primer libro.


