La vida como imposibilidad

¿Qué es la vida? ¿Qué se supone que debemos hacer con todo esto? Todo lo que nos han dado -o todo lo que nos han quitado. Nos sentimos abrumados en un mar de preguntas de las que pocas tienen respuestas, y las que sí las tienen son aterradoras. La nada reina sobre nuestra existencia, el caos marca el ritmo de la vida y una eternidad de sucesivas idas y venidas, de creación y destrucción sigue su implacable curso; de cierta forma Nietzsche se refería a esto cuando hablaba del eterno retorno. El retorno del lodo al polvo, de la completitud al vacío, y así una y otra vez.

Émile Durkheim habla de la anomia para referirse a la falta de reglas, de normas las cuales seguir para poder encauzar el curso de nuestras vidas. Vivimos tiempos anómicos, dónde las leyes que parecen haber servido a nuestros antepasados ya no se aplican en la sociedad para poder tener una vida pacífica y segura. Nos hemos quedado sin refugio -o puede que una de las causas de la modernidad reflexiva (esa de la que Giddens y Beck hablan) es habernos dado cuenta de que realmente no tuvimos nunca uno. El famoso mito de la caverna de Platón es doblemente trágico en nuestra era: sabemos que vivimos en una cueva, en nuestras sociedades, donde vemos las sombras proyectadas en la pared, pero una vez fuera, donde la luz del sol nos permite ver las verdaderas figuras y no solo sus sombras tenemos frío. Se está mal a la intemperie, aunque uno se sienta muy libre. ¿Libre para qué? ¿Existe realmente un para qué?

Llegados a este punto Schopenhauer nos podría ser de mucha ayuda. En El mundo como voluntad y representación nos advierte:

“La aspiración de la materia puede ser contenida pero nunca colmada o satisfecha. Lo mismo ocurre con los anhelos de todos los fenómenos de la voluntad. Cualquier meta alcanzada es el punto de partida de una nueva carrera, y así hasta el infinito”.

¿Cuál es la meta y el fin de esta voluntad de vivir? ¿Acaso existe finalidad para la vida? Despojándonos de las respuestas que acaban por justificar la existencia de Dios, nos encontramos solos como humanidad ante el problema de la existencia. Durkheim como buen sociólogo organicista diría que los individuos son las células básicas del organismo del que se estructura la sociedad. En El suicidio afirma:

“La sociedad no es sólo un objeto que atraiga, con desigual intensidad, los sentimientos y la actividad de los individuos. Es también un poder que los regula. Existe una relación entre la forma de ejercer esta acción reguladora y la tasa social de suicidios”.

Ante la anomia, la perdida de referentes en la vida -algo diferente de la alienación marxista, puesto que esta última es una falsa conciencia del mundo, donde una vez nos quitamos el velo de la ignorancia, de la sociedad capitalista, podemos ver el mundo en sus formas verdaderas y lejos de aplacarnos nos anima a poder transformarlo. La anomia es la carencia de esa voluntad de vivir que tanto menciona Arthur Schopenhauer, es la falta de las ganas de vivir. Siguiendo en esto a Durkheim las tasas de suicidios (anómicos) es elevada en países donde el grado de desarrollo de la sociedad y de los individuos ha despegado de los vínculos tradicionales que ataban a las personas a la tierra, las costumbres y la comunidad -Gemeinschaft- y la sociedad – Gesellschaft, de Tönnies- es donde los individuos han pasado a relacionarse. El estoicismo intrincado con los países católicos del sur de Europa hace que soporten mucho más tanto las condiciones adversas de la vida, así como los cambios -no tienen por qué ser a peor- en la sociedad, a diferencia de los centroeuropeos o los protestantes. Durkheim continúa:

“Toda ruptura de equilibrio incentiva la muerte voluntaria, aun cuando de ella resulte un bienestar mayor y un incremento de la vitalidad general. Siempre que se producen en el cuerpo social serias reorganizaciones, ya sea por un súbito crecimiento o por un cataclismo inesperado, el hombre se mata más fácilmente.”

Todos podemos soportar condiciones duras de vida durante un tiempo, lo terrorífico supone aguantarlas de forma permanente -sobrevivir psicológicamente estable a eso solo está reservado a unos cuantos escogidos. La vida por esencia es dura, el desplegamiento de la humanidad ha conseguido transformar esas condiciones de vida y hacer que la existencia sea más amable -aunque también más sinsentido. Es ahora cuando vivimos tiempos donde el ser humano puede preocuparse por otra cosa más que no sea el mantenimiento de sus constantes vitales, de alimentarse, vestirse y sobrevivir. Pretendemos ser felices o muy infelices. La cuestión es que nuestra voluntad va más allá de las cosas del comer, el aburguesamiento de grandes capas de la población es más que evidente (Ulrich Beck señala algo parecido en La sociedad del riesgo con ese cambio de mentalidad de las generaciones de posguerra alemanas preocupadas por comer, la seguridad y el avituallamiento, es decir políticas pura y llanamente materiales a las generaciones posteriores, en España serían más parecidas a la de nuestros padres, preocupadas por temas de representatividad y políticas civiles como los derechos LGTBI, medioambiente…). De nuevo el francés:

“Ningún ser vivo puede vivir, mucho menos vivir feliz, si no tiene los medios necesarios
para cubrir sus necesidades. Si se le exige más de lo que puede conceder siempre estará a disgusto y no dejará de sentir dolor. Ahora bien, un movimiento que no puede producirse sin sufrimiento tiende a no reproducirse. Las tendencias que no se satisfacen se atrofian y como la tendencia a vivir no es más que el resultado de todas las demás, tiene que debilitarse si lo hacen las otras”.

La insatisfacción propia de nuestros tiempos y más evidente en sociedades donde la transformación en economías industriales y postindustriales se ha completado es mayor. Durkheim ya señalaba en su época (allá por finales del XIX) como la infelicidad generalizada era algo muy común de la época -en donde la burguesía ya se había impuesto como modelo del universalismo concreto, como diría Hegel. Así que el mal que se extiende por Occidente, el simulacro y la simulación, parafraseando a Jean Baudrillard, no es original de nuestros días. No debemos pecar de cronocéntricos -en términos del discurso posmoderno-, la historia y el ser humano ya existía cuando nosotros fuimos arrojados a la vida. Seguimos con El suicidio.

“La impaciencia febril en la que se vive no inclina a la resignación. Cuando no se tiene más objetivo que dejar atrás incesantemente el lugar que se ha alcanzado, ¡cuán doloroso es ser lanzado hacia atrás! La desorganización que caracteriza nuestro estado económico abre las puertas a todas las aventuras. Como las imaginaciones están ávidas de novedades y nada las regula, andan a tientas, al azar. A mayores riesgos hay necesariamente más fracasos y así, las crisis se multiplican justo cuando se vuelven más mortíferas”.

Esa falta de motivos por los que vivir son por los que según la teoría durkhemiana de la sociedad los que los individuos sufren y ven frustradas sus aspiraciones a la felicidad en este mundo. Si bien lo material, como hemos expuesto anteriormente, juega un papel clave en disfrutar de cierta comodidad en la vida, el papel subjetivo de sentir que se cumplen con ciertos estándares que hemos aprendido de vida, y percibimos como invariables e inmutables, que nos configuran como sujetos- algo así sería el habitus de Bourdieu- también es determinante. Por otro lado, Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación, lo tiene claro: “Hay un solo error innato, el cual consiste en creer que estamos aquí para ser felices (…) Pues cada paso grande o pequeño que damos nos enseña que el mundo y la vida no están en absoluto constituidos como para admitir una existencia dichosa”.

El fin del ser humano es seguir adelante, arrojado desde un inicio de la nada, la humanidad se ha levantado sobre sus propios pies, y cada vez que tiene tiempo para ponerse a pensar mira incrédula a su falta de origen -de ahí la existencia del mito, para conectar con ese pasado que queda más allá de nuestra propia comprensión e historia. Es por eso, que Durkheim conectaba la falta de sentido con el suicidio anómico de aquellos que pueden pensar en algo más que en la simple supervivencia. La escala de Maslow, descrita mucho después de la existencia del sociólogo francés vendría de cierta forma a confirmar sus suposiciones. Para Schopenhauer como pesimista, el fin de la vida humana es cruel ya que no tiene ningún fin en sí misma (aunque Kant nos diría que la vida es el fin en sí mismo) y que, tras la renuncia del dolor a la falta de sentido del mundo, al menos podremos dejar de sufrir ya que todo está perdido antes de que tratemos de cambiar las cosas, la vida como imposibilidad. El mundo como voluntad y representación nos dice:

“Eso mismo se muestra también en los afanes y los deseos humanos, cuya consecución se aparece siempre ante nosotros como el fin último del querer; pero en cuanto se han alcanzado dejan de verse así pronto se olvidan, como antiguallas y, nos avergüence confesarlo, se dejan de lado, como ilusiones desvanecidas. Afortunado aquel que conserva un deseo y una aspiración porque podrá seguir pasando del deseo a la realización y de ahí a otro deseo, y cuando ese tránsito es rápido aporta felicidad, desgracia cuando es lento. Por lo menos no se sumirá en un estancamiento espantoso, paralizante, un deseo sordo sin objeto determinado, un abatimiento mortal”.

Émile Durkheim no cae en el nihilismo ontológico del alemán, considera que la voluntad de vivir siempre hace que el ser humano siga adelante, aunque ese adelante no se sepa a donde nos encamina. Quina la finalidad del ser humano simplemente sea construir su propio camino, mirar donde no hay que volver a pisar (en esto estarían de acuerdo tanto Machado como Anthony Giddens con la reflexividad…) sin pensar que nos determina el lugar del que venimos. A modo de resumen, acabaremos con unas palabras del francés que bien podrían haber sido escritas hoy en día:

“Se repite sin cesar que el eterno descontento forma parte de la naturaleza del hombre, que siempre quiere avanzar, sin tregua ni reposo, hacia un fin indeterminado. La pasión del infinito se presenta a diario como un signo de distinción moral, siendo así que no puede producirse sino en el seno de las conciencias desordenadas que erigen en regla el desorden que sufren. La doctrina del progreso, a costa de lo que sea y lo más rápido posible, se ha convertido en dogma de fe.”

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