Miro a la ventana. En el marco hay pegatinas de estrellas de purpurina y tras el cristal se intuye un día nublado. Hace ya quince minutos que debería haber llegado en su Fiat 500. Tengo los ojos ensangrentados por las lentillas azules. Anoche no me las quité. Ni tampoco el maquillaje, que ahora se derrite por mi cara. Las pestañas postizas se descuelgan y han dejado un rostro de pegotes negros por mis mejillas. El pintalabios plateado se ha extendido hasta el mentón y en la comisura de mi boca aún hay huellas de otros labios. Todos rojos. Me estiro como un gato para relajar mis músculos. Se oye el crujido de mi cuerpo y empiezo a maullar. Deslizo entre los dedos las tiras de terciopelo que ataban mi corsé. Algunos pelos fucsias de mi peluca se han colado por debajo de mi sujetador de Hello Kitty. Me los quito uno a uno, con un movimiento exagerado, mientras miro de reojo al espejo.
Me desabrocho mi ropa interior y en su lugar me coloco un chal de lentejuelas. Desayuno los trozos de pizza de chocolate que sobraron de ayer y me preparo un martini rosé, con trazas de limón y dos aceitunas. Coloco la mezcla en una taza de cereales. El sabor amargo del vino y el azúcar del cacao se mezclan en mi paladar y hacen que estornude. Me acuesto sobre la alfombra de animal print y enciendo la televisión. Mariano Rajoy se ha encerrado en un bar. Otro caso de maltrato de género. Es el mayo más frío que se recuerda hasta la fecha. La gente se sigue matando desde los balcones de Magaluz. Nada nuevo: el espectáculo continúa, cada cual con su papel. Por la rendija de la puerta de entrada se cuela una brisa cálida, alguien está friendo croquetas. Dejo a la televisión sonando y riego los cactus artificiales que compré ayer en el bazar. Han cambiado de dependiente, y en lugar del señor con la camiseta empapada de sudor, hay una chica con el tatuaje de Jesucristo en un muslo. Me dijo que le encantaba trabajar allí, porque le fascinaba quitar el envoltorio de los productos y olerlos… Según ella, dependiendo de qué país venían, desprendían un aroma diferente. Exhalé los cactus, pero sólo atufaban a plástico rancio y a humedad.
Una luz estridente ilumina la mesita de noche. Es un aviso del móvil: “hay poco tráfico en tu zona”, me dice. Pues no lo parece. Justo en ese momento escucho el ruido de un motor cerca de mi calle. Me miro al espejo: me limpio los pegotes, me desprendo de los pocos pelos fucsias que quedaban por mi cuerpo, y borro toda prueba de labio sobre el mío. Pongo unas gotitas de colonia de limón detrás de mis orejas, sobre mis senos, humedezco un poco mis clavículas y mis muñecas.
Me coloco unos pendientes de aro que me llegan hasta los hombros. Y unas gafas tupidas, blancas, que ocultan casi todo mi rostro. Cardo un poco mi pelo y echo laca hasta que la habitación empieza a darme vueltas. Con el chal de lentejuelas –y sin nada más que laca y limón– me dirijo hasta la entrada. Abro un poco la puerta. Doblo ligeramente las piernas e inclino el tronco hacia delante. Con una mano me apoyo contra la pared, y con la otra acaricio mi pelo, el verdadero. Permanezco como una estatua hasta que le veo aparecer por el pasillo. Dejo pasar el tiempo suficiente para que me vea. Antes de que pueda entrar, le cierro la puerta en la cara. Escucho sus risas al otro lado y suspiro.
Le dejo entrar. “¿Has traído los guiones?” Asiente, divertido. Tiene una mueca espantosa cuando se ríe. Me acerco a él y me inclino para saludarle. Él hace lo mismo. Enciendo el pulverizador y el humo azul se concentra por todo la habitación. Encendemos la linterna y ponemos spotify. Suenan los mejores éxitos de Raphael.
Nos sentamos sobre las sábanas. Él me mira y yo le miro. Juntos, empezamos a andar por la habitación. Traga saliva y empieza a narrar: “Divina comedia: los dos poetas su camino entre los muros y los sepulcros. Ella manifiesta el deseo de hablar con uno de los sepultados allí. Una sombra que se alza de uno de los sepulcros ardientes le llama. La aparición de un vagabundo, que vestía con una chaqueta con hilos dorados, una camisa desabrochada y un pelo blanquecino perfectamente engominado. Tenía una sonrisa torcida y unos dientes amarillentos que le daban un aspecto afable.
Cierro los ojos y me preparo para el primer acto. Respiro y expiro todo el aire. No es tan difícil, se trata de mezclar, creer y expresar. Ahora soy ella.
Ella.– Ora el vagabundo, sigue estrecha la calle,
y yo sigo a su, espalda con retraso,
entre el pueblo y los mártires.
¿Puede verse la gente que aquí yace?
cada ventana se encuentra levantada,
y nadie guardia a los vencejos hace.
Cierro los ojos y le miro. Parece una estatua. De repente recobra la vida. Agacha la cabeza y susurra, de memoria:
Él.– Cada silla de plástico quedará cerrada,
cuando la casa y el cuerpo yerto,
vuelva a buscar el alma abandonada.
Me escondo detrás de las cortinas. Me coge de la cadera y el chal de lentejuelas tintinea. Empezamos a recorrer los mismos pasos y rebobinamos. Ahora yo soy la narradora. “Hamlet: El ruido del metro nos transporta hasta aquí, justo en el prólogo del infierno de Dante. Una jaula subterránea transporta a los presos a sus quehaceres. Pero hay uno que sólo observa. Le acompaña una mujer”.
Me mira y hace una pausa, en señal de que va a estornudar. El ruido parece el llanto de un bebé y nos reímos. En seguida volvemos a nuestra escena. Cerramos los ojos. Él sigue su papel.
Él.– Nada, sino que ya los hombres van siendo buenos.
Ella.– Señal de que el día del juicio va a venir pronto. Pero vuestras noticias no son ciertas… Permitid que os pregunte más particularmente. ¿Qué delitos os ha traído aquí vuestra mala suerte, a vivir en el metro?
Él.– ¿Qué? No le escucho bien.
Ella. (gritando) -¡QUE EL METRO ES UNA CÁRCEL!
Él.– También el mundo lo será.
Ella.– Y muy grande: con muchas guardas, encierros y calabozos, y este sitio es uno de los peores.
Él.– Nosotros no éramos de esa opinión.
Me siento a su lado y él se sube el audífono de plástico. Empieza a señalarme a los pasajeros imaginarios. Me susurra al oído todas sus historias. Yo le miro, absolutamente fascinada.
Él.– Para vosotros podrá no serlo, porque nada hay bueno ni malo, sino en fuerza de nuestra fantasía. Para mí es la verdadera cárcel.
Se levanta y me sube a su espalda. Empieza a llevarme de un extremo a otro de la habitación. Casi nos estrellamos con el televisor, que sigue encendido y sin voz.
Él.– Será vuestra ambición la que os recuerde la cárcel, la grandeza de vuestro ánimo le hará estrecho este vagón.
Le estiro de los pelos para que me baje, como si fuera un caballo. Me subo a la silla del escritorio para ponerme a su altura. Hago que me mire a los ojos y le sostengo con ambas manos la cabeza.
Ella.– ¡Oh! ¡Dios mío! Yo pudiera estar encerrada en la misma piel y creerme guitarra o soberana de un estado inmenso… Pero estos sueños terribles me hacen infeliz.
Él.– Todos esos sueños son ambición, y todo cuanto al ambicioso le agita, no es más que la sombra de un sueño.
Ella.– El sueño, en sí, no es más que una sombra.
Él.– Ciertamente, y yo considero la ambición por tan ligera y vana, que me parece la sombra de una sombra. Detrás, justo del espejo y del muerto. Aguardándonos detrás del movimiento y la luz a través de una ventana.
Ella.– De donde resulta, que los vagabundos son cuerpos y los vencejos y las gatas agigantadas, sombras de los vagabundos…
Los dos.– Esta es mi parada.
Aplaudimos la escena. Bebemos un poco de agua. El dispensador ha dejado de soltar el humo de lavanda y ceniza. Le pongo más potencia y apago la música. Vamos al aseo. Me concentro para poner cara de pánico. Pienso en todas las veces que he ido sola a casa. Él cierra la puerta del baño. Empieza a narrar: “Romeo y Julieta: los aseos de la facultad son agénero. Si quisiera podría entrar, pero no me ve. Ella nunca ve nada. El baño huele a amoníaco y a lejía”.
Me roza la espalda. Un escalofrío me recorre la piel.
Ella.– ¿Cómo has llegado hasta este sitio, y cuál es tu propósito? Los muros de esta puerta son altos.
Él.– Con las alas que me dio el amor, salté los elevados muros; además, no le tengo miedo a tus amigos. El amor me ha dicho que tú eres mía.
Ella.– No es a mis amigos quienes has de temer, sino a mí.
Sigue el guion: me roza el muslo y suspira. Luego me estampa contra la pared y me obliga a oler su aliento.
Él.– Diosa mía, estás en lo cierto, tus ojos son más homicidas que las espadas de veinte amigos tuyos. Obsérvame sin enfado, y mi cuerpo se hará invencible.
Le escupo con toda mi rabia. Una partícula de saliva le llega al ojo izquierdo. Se ríe y continúa:
Él.– El velo lúgubre de este aseo me protege de sus ataques. Sin embargo deseo morir a costa de sus manos, amándome tú…
Intenta besarme, pero me escabullo. Gruño e intento zafarme de su cuerpo. Siento la angustia más profunda y la saco de mi cuerpo. Sus manos me siguen inmovilizando.
Él.– El amor me dijo dónde estabas. Él me aconsejó; guió mis ojos que yo le había entregado. Te juro que navegaría hasta la playa más lejana para enamorar joya tan estimada.
Giro mi cuerpo y le someto a tragarse el suelo. Le susurro “ya no existes” y muere. Abro la rendija del baño y trato de que entre aire. Él se reincorpora –sobrevive – y me da un beso en la mejilla. Le regalo una sonrisa amarga. No me apetece llevar este chal más. Rebusco entre mi maleta y me pongo una camiseta ancha, que utilizo a modo de vestido. Al otro lado de la habitación escucho su voz: “¿estás bien?”. Me miro en el espejo del baño. La limpiadora ha borrado mis mensajes de carmín. “Sí, vamos a la siguiente”, le respondo.
Esta vez me toca narrar a mí. Mi escena favorita. Nos colocamos al lado de la ventana y cerramos la persiana. Respiro y me instruyo en el personaje: “Luces de Bohemia: las calles están vacías y se forma un humo azul debajo de los coches. El aliento de las casas contamina también el atardecer. Huele a ajo, se escucha el aceite. Las ventanas de los edificios son los pósters del pasaje: un señor barrigudo fuma, una mujer amamanta a su bebé en una silla de playa. Un gato y un vencejo pasean”.
Él agita sus brazos. Yo me siento en el suelo. Le salen alas y a mí bigotes.
Un vencejo.- Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato. Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.
Un gato.– ¡Miau! ¡Te estás contagiando!
Un vencejo.– Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.
Un gato.– Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los cristales de la calle del Olmo.
Un vencejo.– Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta, mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.
Me lamo las patas y retuerzo mis sentidos. Él vuela hasta la ventana del salón, yo le sigo.
Un gato.– ¿Y dónde está el espejo?
Un vencejo.– En el reflejo del cristal.
Nos miramos en el reflejo oscuro: sólo hay un hombre y una mujer. Un gato y un vencejo. Don Latino y Max Estrella. Romeo y Julieta. Adán y Eva.
Un gato.– ¿Sólo aquí?
Me conduce hasta el espejo del baño y me quita la camiseta. Me quedo desnuda, y le hago lo mismo. Susurra “y aquí”.
Un gato.– ¿Sólo aquí?
Me lleva hasta la televisión y la apaga. Señala el espejo negro.
Un gato.– ¿Sólo aquí?
Me mira directamente a la cara y señala mis ojos, oscuros y huecos.
Un gato.– ¿Sólo aquí?
El humillo azul empieza a extinguirse. La noche ha llegado a la habitación y abrimos la ventana de par en par. Nos sentamos en el suelo y nos acurrucamos. No sé muy bien donde empieza uno y dónde acaba otro. Le toca narrar a él: “Una mujer y un hombre están encerrados en el presente. En la habitación número 23 de un hotel. Acaban de destrozar todas las obras clásicas. Sólo les queda ‘Esperando a Godot’. Pero este hombre y esta mujer no son sólo lo que son. No ven todo lo que ven, no todo lo que ven es lo que parece ser, no todo lo que ven es sólo lo que ven, no todo lo que ven es todo lo que ven. Ni todo lo que ven existe. No son uno ni son múltiples, son multiplicidades”.
Él.– ¡No, no, vayámonos lejos de aquí!
Ella.– No podemos.
Él.– ¿Por qué?
Ella.– Mañana debemos volver.
Él.– ¿Para qué?
Ella.– Porque esperamos
Él.– Es cierto. (Pausa) ¿No ha venido?
Ella.– No.
Nos miramos. No sé muy bien si soy un gato, un vencejo, un vagabundo, una limpiadora de hotel, un pasajero en el metro, una mujer con el pelo rapado… Quizá soy todos ellos, a la vez, al mismo tiempo. Cohabitan conmigo. Mi piel no es del todo mía. Pero quiero que lo sea. Estamos todos en una habitación de nadie, esperando lo mismo que esperaban nuestros abuelos. Encerrados en nuestras ficciones.
Él.-Y ahora es demasiado tarde.Ella.- Sí, es de noche.
Él.– ¿Y si lo dejamos correr? (Pausa) ¿Y si lo dejamos correr?
Ella.– Nos castigaría. (Silencio. Mira a la Televisión) Sólo la televisión vive.
Él.– (Mira la televisión): ¿Qué es?
Ella.– La Televisión.
Él.– No, ¿qué clase de Televisión?
Ella.– No sé. Una Televisión.
Él.– ¿Dices que mañana hay que volver?
Ella.– Sí.
Él.– No puedo seguir así.
Ella.– Eso es un decir.
Él.– ¿Y si nos separásemos? Quizá sería lo mejor.
Ella.– Nos marcharemos mañana. (Pausa) A menos que venga.
Él.– ¿Y si viene?
Ella.– Nos habremos salvado.
Él.– ¿Qué? ¿Nos vamos?
Ella.– Vamos.
No nos movemos. La televisión se enciende. A ratos, se pierde la señal. El ruido blanco inunda la habitación. Las luces de la emisión se reflejan en la pared. Parece que están mandando un mensaje en código morse.
Periodista. Me apasiona escuchar, bailar y escribir. Me interesan las miradas y las nuevas formas de contar viejas historias.


