Toda decisión que tomo en la vida viene condicionada por mis obsesiones. En el caso de escribir, necesito unir ciertas ideas concretas de cada obra. A través de ellas, genero un pequeño entramado de neurosis y faltas de oxígeno en el cerebro que duran microsegundos dando lugar a ver cosas como las que vais a leer ahora.
Hace mucho tiempo, asumí que todo está inventado. Nadie va a sacar un éxito creando de cero, porque los que vienen antes dejaron un esqueleto de adamantio en el centro de nuestro mundo. Porque los problemas que rodean al ser humano siempre serán los mismos y el arte se nutre de ellos. Pero la creatividad lleva a plantear esos dilemas de formas diferentes haciendo que, a primera vista, no parezca que lo hacen. Y yo me he propuesto mirar todas las veces que haga falta para encontrar la conexión.
Un lugar tranquilo no es otra cosa que una película que habla de las necesidades de las personas. De su comportamiento cuando estas se ven obligadas a satisfacerse de forma diferente a la habitual. Porque, ¿qué pasa cuando la comunicación entre las personas pierde la naturalidad?.
Lo que realmente hace John Kransinski es mostrarnos la vida desde la perspectiva de una persona sordomuda. Un destino impuesto y una lucha por la supervivencia en un mundo hostil como lo es en el que vivimos todos, pero llevado a una hipérbole necesaria para transmitir de forma potente.
Esto llega en forma de silencios, sonido ambiente y primeros planos de las caras de los personajes que miran a su alrededor con terror. Porque si lo habitual en el cine es mostrar la mirada y hacia donde mira el personaje, en esta película hacerlo es más que necesario. Así se consigue que nos adentremos en la historia hasta pasar el mismo miedo que esta familia.
El problema de Un lugar tranquilo llega cuando el paralelismo entre el mundo “real” y el de la pantalla se pierde en la espectacularidad. La metáfora se diluye. Ponemos fin a todo lo dicho anteriormente y se inicia otra película completamente opuesta. Es decir, llega Hollywood con su dinero y pone los pies en la mesa. Y con todo ello, es una de las mejores películas de terror de este año sin ninguna duda. Porque recuerda algo que se ha convertido en un mantra para mí: la vida da miedo, más que los monstruos de CGI.
Escritor, periodista cultural y librero en la librería 80 Mundos. Codirector de todo esto. He colaborado en medios como eldiario.es o Le Miau Noir. Formo parte de la antología Árboles Frutales (Editorial Dieciséis, 2021) y Odio la playa (Cántico) es mi primer libro.


