Ruido blanco V: La calle Olmo

Una rosa roja se deshacía en el barro del parque. Mi lengua inspecciona los últimos rastros de sabor a vino. Es dulce pero me pellizca la nariz. Me miro en el reflejo de un monovolumen gris. Tengo que raparme porque ya parezco uno de esos niños crudos –recién nacidos– con su capa de pelusa y su olor a útero. Cuatro mechones rubios despuntan entre los pelos cortos y afilados de mi nuca. Mi peluquero me los ha cosido a la piel. Mis labios se mueren. Es un hecho… Han empezado a salirme escamas y cuando estiro la piel muerta aparecen riachuelos de sangre. Mi camiseta de John Lenon ya es sólo dos trozos de tela que se acoplan a mis hombros con desgana, casi sin rozarme. Un poco de viento me convierte en bandera, y me recorre un escalofrío por debajo de mis pechos. Mis pezones se endurecen y parece que al Beatle le han salido dos cuernos.

Google Maps me advierte que llegaré a casa en diez minutos. Las calles están vacías y se forma un humo azul debajo de los coches. El aliento de las casas contamina también el atardecer. Huele a ajo, escucho el aceite. Las ventanas de los edificios son los pósters del pasaje: un señor barrigudo fuma, una mujer amamanta a su bebé en una silla de playa, una pareja cierra la persiana. La voz robótica me dice que cruce la calle Olmo a la derecha y ande tres manzanas más. Una mujer llora en el portal 33. Bajo sus pies hay dos tonalidades de gris. Un líquido húmedo irrumpe el asfalto y se cuela por la gravilla. Huele a orina, a humedad, e intuyo que está caliente. El llanto se convierte en un ruido hosco.

Sus manos agarran sus hombros como si la columna vertebral se le estuviera desquebrajando. Me hipnotiza su forma de balancearse, de derecha a izquierda, de norte a sur. Quizá tiene que bombear su propia sangre. Salto los charcos de pis y me acerco a su lado. Le pregunto si está bien, si necesita ayuda. Ella no me dice nada, pero sus quejidos se vuelven más suaves… Empiezan agudos, luego graves y terminan en un hipo que retumba en sus costillas. Las vibraciones me llegan y me atan a ella. Me siento a su lado y descubro que tiene rasguños en sus muslos. Veo a lo lejos un gato que se lame las patas frenéticamente.

Acaricio su piel sin licencia alguna, con la esperanza de no ser demasiado invasiva pero tampoco excesivamente lejana. Me mira. No sé dónde empiezan sus pupilas porque tiene dos agujeros negros entre los párpados. Pero sus ojos huecos no expresan vacío, sino desaliento. No es quietud ni movimiento, sino el espectro silencioso justo antes de la acción. Casi sin voz me dice: “estoy esperando”. Me agacho y coloco mis manos en su vientre. Ella niega con la cabeza con una sonrisa fugaz. Le pregunto a quién, a qué, o si necesita compañía. Pero sigue sin responderme. Suena su móvil y escucho la conversación: “estoy en la calle Olmo, te he pasado la ubicación exacta”, le susurra a su receptor.

Ella cuelga y me da un abrazo. Es íntimo y nos devora. Los dos trozos de camiseta se desgarran un poquito más. Le pregunto si está bien, si necesita ayuda. La desconocida me coge la mano y pasa mis dedos por la comisura de sus labios. No están muertos, ni se agrietan… Pero tienen una textura pegajosa, como de caracol. Estoy aterrada porque a pesar de  que estoy a menos de diez minutos de mi casa, la percibo en otro mundo. Como si estuviera en una pesadilla. Observo la calle Olmo y sigue tal y como la vi cuando me senté a su lado: el hombre barrigudo aún no ha consumido su cigarrillo, la mujer que amamantaba ahora canta una nana a su bebé, la pareja ha levantado la persiana y ha abierto la ventana de par en par. Sin embargo, ahora todos me parecen de cartón pluma. Como si la calle Olmo fuera ‘el escenario’ de un crimen. O de algo mucho peor: el de una comedia romántica de vampiros. En mi ensoñación, la desconocida me clava – ¿absorbe?– sus labios pegajosos en mi cuello y me convierto en una más de su calaña. Sea la que sea.

Sus dos puntos de fuga me miran y me estremezco. Aparto mis dedos de su labio. La sustancia viscosa huele a caramelo de cereza y sabe a azúcar derretido. Hasta ahora no me había fijado, pero cuando mueve sus labios parece un pez. La sustancia de los labios impide la movilidad de su boca, y todo lo que dice me debería resultar cómico. Parece una niña aprendiendo a vocalizar: “E-es un sisilenciador”. La viscosidad dulce de su boca empieza a presionar su labio inferior con el superior, hasta que queda sellada. Estoy segura de estar soñando o que las copas de antes estaban contaminadas. No lo sé, sólo quiero llevarme a la tipa rara esta al hospital y que allí me digan si la que necesita ayuda es ella o yo. Está intentando sonreír, pero sus labios están tiesos, muertos de verdad. No se resiste, ni se desespera. Es más, mucho más: su expresión se ha transformado en una quietud severa, pero transmite paz. Una serenidad corrosiva y tóxica. Un hombre se acerca a nosotras. Lleva una venda en los ojos y un pájaro en la cabeza.

El hombre no para de hablar. No se ha dirigido a nosotras, ni ha preguntado. Su monólogo es tan ridículo que podría estar recitando las tablas de multiplicar sin haberme dado cuenta. El único trozo que escucho de verdad es cuando menciona ‘el silenciador’: “Aquel que renuncie a los valores de protección y  seguridad no es un cobarde, es un inconsciente mal asesorado; El silenciador es la única cura ante un cuerpo deshumanizado”. Miro a alrededor por si acaso hay alguien rodando. Si es una cámara oculta desde luego se han pasado con los efectos especiales. El vencejo bate sus alas cada vez que el hombre mira hacia arriba. No entiendo por qué alza la cabeza si no puede ver. El chico se agacha y roza los ojos de la desconocida. Mi cuerpo me acerca a ella de forma instintiva como si la estuviera apartando de las vías del tren. Entonces él me coge de la cintura y me pregunta si soy una inconsciente.

Mi novia me decía que tenía veneno en la lengua. No le culpo, en cierto modo tiene razón. La gente suele creer que me rapo para cumplir con la imagen de mujer-cactus. Y no se equivocan, me gusta que se acerquen a mí con respeto. Pero no soy peligrosa, ni violenta, ni mucho menos inconsciente. Esto tenía que ser una performance, seguro. Aquello de que sólo se puede ver bien con el corazón y por ello los hombres han sacrificado el mundo superficial arrancándose los ojos. Y las mujeres, pobres de nosotras, se han silenciado voluntariamente porque estamos complicando el mundo con ideas radicales y desorbitadas. Plano americano mujer con silenciador, plano secuencia de mujer rapada inconsciente asustada, plano contrapicado de hombre siniestro con venda en los ojos, zoom primerísimo primer plano de vencejo batiendo alas… Y corten. Aplausos. Debería suceder todo esto ahora, pero no es ficción, ni un triste sueño de sobremesa.

En realidad estas “personas” me están contando la historia del mundo. En ese momento volvían las leyes biológicas y las promesas. Aquí están, coexistiendo con mi propio yo, un hombre vencejo y una mujer caracol. Después de un beso en la frente, ambos se pusieron a andar en silencio. Les sigo cuatro pasos por detrás, porque no sé cómo seguir con mi vida después de esta escena. Los coches de la calle Olmo parecían de juguete. Están aparcados en cuesta por lo que en cualquier momento podrían chocar y crear un espectacular efecto dominó. No desentonaría con las circunstancias. Las líneas rojas del atardecer se fijan en el reloj de la mujer, que refleja directamente en mis ojos. Huele a papel quemado y a pólvora. Intento buscar el fuego, pero sólo veo otro hombre fumando, otra mujer amamantando, otra persiana cerrándose. La calle Olmo no acababa nunca, es un relato en puntos suspensivos…  

La mujer empieza a crujirse los huesos. El hombre intenta quitarse el vencejo de la cabeza. Pero éste da saltitos alrededor de su cabeza y lo esquiva. Andamos en silencio hasta que llegamos a lo que parece un hotel. Ambos se paran y me miran. El hombre habla: “¿Vas a acompañarnos?”. La adrenalina me sacude, los dientes me tintinean y todo viaja a un ritmo tan adictivo que me resulta imposible frenar y poner fin a esta película. Asiento, segura de que esto no está en la realidad. Me guían por los pasillos del lugar. Está lleno de copias de cuadros famosos: El grito de Munch, Los girasoles de Vang Gogh, Mao de Warhol… No hay ninguno recto y se conservan en marcos de colores neón.

Al final del pasillo, hay un patio de luz, con vidrieras que imitan a las catedrales góticas. Nos sentamos en la única mesa libre, justo al lado de un macetero rojizo donde no crece ni una flor. En seguida nos atiende un camarero. La mujer no pide nada –¡no puede hablar!– y el hombre pide un té y una manzana. Yo pido agua, para poder disolver la aspirina que llevo en el bolsillo. Observo el resto de mesas y descubro que somos el único trío. El aliento de la tarde me revuelve aún más el estómago, y ahogo un grito. Todas las mujeres tienen sellados los labios y todos los hombres un vencejo en la cabeza. Uno de ellos se levanta y alza la taza: “porque todos lo encontremos” con una voz ronca y desgastada, como de sierra. Se oyen aplausos y silbidos. Arrastro la silla para advertirme a mí misma de que esto está sucediendo de verdad.

Uno de los hombres vencejos sale al atril. Empieza su discurso, mirando al cielo: “Esta tarde ha llovido. Por fin, la atmósfera se ha limpiado. Tenemos que buscar el sentido de tomar un té y una manzana en este hotel… Somos un ente, sin roles, sin horizonte definido, no aspiramos a Dios ni aspiramos a la utopía. Nos hemos burlado de los grandes relatos, hemos sucumbido a las pequeñas ideologías y nos hemos despojado de la identidad. Descreídos de las promesas de todo gran relato… Estamos tan embelesados en zambullirnos en el cielo que somos incapaces de aterrizar. Si tocamos la tierra o morimos o nos devoran. Tenemos que volver a ser dueños de la tierra… Saber andar y saber volar, ambas cosas. Esperar a…”

Justo antes de que acabara el discurso, una persona del servicio tira todas las sábanas. Todos miran hacia ella, el silencio se apropia del discurso…

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