Retrato de un borracho con escopeta

Se trata de un hombrecillo sin ningún rasgo destacable. Daría el perfil de extra en una película de Clint Eastwood o de Gamma tirando a Delta en Un mundo feliz. Vamos, que no se le va la vista a una, ni para bien ni para mal, cuando lo ve caminando por la calle.

Si os lo encontraseis en la cola del supermercado, sin embargo, sí percibiríais algo chirriante. Esa aura tosca que transmite el colocar sin pudor un saco lleno de tripas de pollo sobre un juguete infantil, o una botella de aceite sobre una revista porno, como si temiera que el viento se la fuera a llevar volando.

No diré su nombre, pero existe. Veo su casa desde la ventana de mi dormitorio. Cualquier persona interesada en conocer su identidad sólo tendría que visitar mi calle y buscar la casa de ladrillos sin pintar. Las señales que recibo de que la cirrosis todavía no le ha escacharrado el sistema me llegan entre la una y las siete de la mañana, mientras trabajo. Un estruendo gordo e incoherente irrumpe en la quietud de la calle. Es un sonido casi subnormal: el disparo de una escopeta en una zona residencial.

Tal como indica el título de más arriba, este hombrecillo es un ejemplar de una estirpe que, al menos en Galicia, es lo bastante extensa como para formar un pequeño ejército: alcohólicos con licencia de caza.

Tiene una cuerdecita apostada cerca de su gallinero. Cuando algo toca la cuerdecita, suena una campana. Cuando la campana suena, el hombre se levanta de la cama, coge su escopeta y dispara a la oscuridad. Podría ser un perro husmeando la tierra o su hijo, fugándose de casa en plena noche para masturbarse a la luz de la luna, pero siempre es un zorro.

Cifras: se estima que cada año se matan en Galicia alrededor de 12.000 zorros. Este hombrecillo se va cobrando él solo la vida de varias docenas cada año.

Un zorro tiene una longitud media de 46 centímetros. 46 centímetros por 12.000 zorros son cinco kilómetros y medio. Una línea recta de zorros muertos de cinco kilómetros y medio. Si quisieseis daros un paseíto tranquilo, podríais pasaros una hora caminando ininterrumpidamente junto a esta línea de cadáveres.

¿Cómo justifica este ejército de hombrecillos, y sus partidarios, la demencia de tal matanza? Pues, principalmente, afirmando que los zorros son animales de los que uno debe protegerse. Es mejor contenerlos antes de que se te metan en casa y le arranquen la nariz a tu hija. La misma regla de tres que sigue un país todopoderoso para explicar por qué invade uno tercermundista: su identidad puede suponernos un problema en el futuro. Es decir: “Estamos haciendo lo que hay que hacer con el par de cojones que dios nos ha dado”.

La pura realidad es que los zorros sólo atacan a las personas si les obligan, y su población (otra gran excusa para su exterminio) se rige mediante mecanismos compensatorios que la regulan de forma natural; lo que se traduce en que la caza de los zorros bajo la excusa de controlar su población puede originar incluso un aumento desesperado de la misma.

Cabe señalar que los zorros se alimentan asiduamente de insectos carnosos y fruta (y, si se da la ocasión, de roedores desprevenidos). No son carnívoros empedernidos ni un peligro para la ganadería. Lo que yo veo en todo este asunto no es más que algo así como violadores rezando. Un cometido pseudoespiritual que los prepara y programa para asumir sin titubear otras situaciones. ¿Su concepto de matar por pasar el rato con los amigos dista tanto de “la manada”?

“LOS ZORROS AMENAZAN LO MÍO”, que respondería mi vecino. Estimado patriota, los zorros sólo se buscan la vida. Si el dinero que te gastas en cartuchos para la escopeta lo invirtieras en asegurar el pequeño recinto donde las gallinas pasan la noche, daría lo mismo que los zorros se pasearan por tu huerta. Serían un elemento benigno, incluso, que aleja a las ratas de tu casa.

Pero la rutina está bien. Reconforta. Una campanita suena y el hombrecillo salta de la cama como un soldado que durmiera en la trinchera. “Ahí va otro hijo de puta”. En ocasiones escucho sólo un disparo. A veces, algunos minutos después, suena otro. No tengo claro si porque el zorro de turno se envalentona e insiste en su cometido o porque el hombre se ha calzado y ha salido para rematarlo. Si se trata de lo segundo (y es más probable, porque cualquier zorro se largaría cagando leches ante un susto semejante), puede deducirse que el hombrecillo necesita usar su arma. En una zona residencial, un segundo disparo en mitad de la noche expone ya no la indiferencia por el descanso o la seguridad de sus vecinos, sino la existencia de un prototipo de justiciero en el imaginario del hombrecillo. “Al zorro hay que matarlo a tiros, me cago en la virgen”.

Curiosamente, tanto este individuo como muchos de sus congéneres son personas devotas en lo protocolar. Es decir: reciben la jerarquía impuesta por la iglesia como agua de mayo. No cuesta imaginarlos en una teocracia fascista apaleando a cualquier inmigrante o integrante del colectivo LGTBIQ+ y a la mañana siguiente tragándose la hostia consagrada con los pantalones planchados.

Tienen un vocabulario bien escaso, los hombrecillos. Maricón, por ejemplo, puede significar cualquier cosa que no sea su concepción de machote: desde vegano a artista pasando por feminista o activista por los derechos de los animales. Tal como en 1984 el gobierno se centra en eliminar una serie de palabras para que aquello que nombran desaparezca de la realidad, ellos utilizan una serie de insultos estipulados para ahorrarse momentos de reflexión.

En definitiva, se trata de palurdos.

El que yo tengo cerca trabaja la tierra, produce patatas y vino tinto que anuncia con carteles de cartón escritos a mano, pero ni por un momento debe creerse que la caza del zorro se trata de una mentalidad rural. Los zorros disecados y los abrigos de piel están repartidos desde la aldea más recóndita de Lugo hasta los bancos de la catedral de Santiago.

Ahora bien, tal como lo he expuesto, pudiera parecer que se trata de una guerra entre palurdos y zorros librada en los márgenes, cuando nadie mira. Nada más lejos. Como cada aberración que un gobierno (en este caso la negligente y penosa Xunta de Galicia) decide ignorar, tiene su broche anual: el campeonato de la caza del zorro. Una puesta de largo donde se permite que los inscritos “abatan” empalmados a unos cuantos centenares de zorros. Luego la Federación de Caza proclama un ganador que esa noche se trisca a su pareja como un valiente. Y listo, nos vemos el año que viene. Hasta entonces entreteneros matando más zorros con los amigotes.

Cifras enfrentadas: en el campeonato de 2020 se congregaron unos sesenta protestantes; sólo en Lugo hay expedidas más de ocho mil licencias de caza.

Existen peticiones apoyadas por animalistas, ecologistas, agricultores y cazadores con dos dedos de frente para eliminar el campeonato, pero el control de la población para evitar la disminución de otras especies, como las liebres o las perdices (cuyo declive en realidad se debe a otras cuestiones como la expansión del monocultivo o la presión cinegética), entre otras excusas chabacanas, siguen componiendo un muro de estupidez inquebrantable. Un ejemplo de ello son estos extractos de un artículo publicado en La Voz de Galicia por José María Álvarez, presidente de la Federación de Caza de A Coruña, en 2019:

Las cacerías son una fuente de información de lo que ocurre en nuestros montes y más en el estado sanitario del zorro, y es ahí donde la Federación Galega de Caza no pierde la oportunidad de realizar un análisis científico y muestral de las capturas que se realizan. En dichos campeonatos un grupo de veterinarios analizan, sacan muestras y visionan todas las capturas y obtienen diferentes resultados que informan de la existencia o no de enfermedades, parasitaciones…, que son datos muy relevantes para la salud de nuestros zorros y la posibilidad de detectar posibles enfermedades que pueda transmitir a la cabaña ganadera o a los humanos.”

Mucho ojo con el señor Álvarez. Tenemos que agradecer a los cazadores que arrastren consigo a un puñado de veterinarios que analicen los cadáveres. En el siguiente extracto, más allá de perpetrar el bienestar del zorro a escopetazos, muestra su nobleza social y su preocupación por la seguridad ciudadana:

Otro dato es que entre el 2010 y el 2017 los conductores gallegos sufrieron 500 accidentes de tráfico producidos por zorros, y como es lógico, el número sería superior si no se realizara un control poblacional. […] Y ya por último, la caza en Galicia tiene un arraigado carácter social, es una actividad deportiva que dinamiza y reporta economía a nuestros pueblos que cada día están más deprimidos.”

En resumen, que los cazadores de zorros tienen una parte de santos, otra de biólogos y muchas cosas bonitas, como Las Supernenas.

Ante esto, aparte de redactar peticiones o protestar en eventos públicos, ¿qué podemos hacer? Es decir, ¿qué puedo hacer yo cuando a las cinco de la mañana escucho un disparo en la casa de mi vecino? Siendo realistas, ¿debería sentarme a tomar un café y razonar con este hombrecillo? Casi sería más efectivo regalarle un audiolibro de Henry Thoreau o ayudarle a apuntalar su gallinero. Pero es que estoy seguro de que no retiraría la campanita aunque sus gallinas durmiesen en un búnker nuclear.

PACMA recomienda denunciar, pero no se puede denunciar sin pruebas, por lo que he trazado planes para recabarlas. Por ejemplo, apostarme con una cámara nocturna junto a su cerca y esperar a que suene la campanita. Sin embargo, más allá de no tener una cámara con visión nocturna, no me hace gracia la idea de toser en la oscuridad y de pronto tener un boquete en la garganta y estar mirando al cielo nocturno, malherido, como un personaje de Jim Jarmusch. Morir a manos de un borracho, como un zorro.

También he probado a anotar cada vez que suena un disparo, para ver si encontraba un patrón previsible. Teniendo como tiene una licencia de caza, el único modo en que puedo dejarlo en calzoncillos ante las autoridades es haciendo que estas lo oigan disparar y ahí ya se le caiga el pelo, porque apenas a veinte metros de su casa ya hay otras donde duermen ciudadanos indefensos. Si no, lo único que pueden hacer es ir a darle un aviso estilo “alguien se ha quejado de que quizá”, que ya ves tú por dónde se lo iba a pasar. Lo que sucede es que sus horarios de tiro son del todo irregulares. Unos días dispara, otros no. Unas veces a las dos, otras a las seis.

La triste verdad es que no se trata de un caso especial en absoluto y por lo tanto los medios para combatirlo están saturados y aplatanados por la indiferencia. Mi vecino sólo es una manifestación más de lo que se cuece por todas partes.

Necesito ideas efectivas. O, si alguien se apunta y tiene la tecnología, estoy dispuesto a perder una noche haciéndole un “origen”. Nos metemos en su subconsciente, apartamos a manotazos los diccionarios de sinónimos para “maricón”, “puta” y “bebercio” hasta llegar a su niñez, al primer recuerdo relacionado, al más enterrado, cuando vio a su padre pegarle un tiro entre ceja y ceja a un zorro ya abatido, y lo cambiamos por un documental de la 2. Porque dentro de cada borracho con escopeta hay un crío que desea acariciar con cuidado el salvaje pelo rojo. Tiene que haberlo, ¿verdad?

¿Verdad?

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