Podría ser peor: Tantas cosa que contar

Podría ser peor (Cántico)es una lacerante ficción que no escatima en atravesar las emociones de sus lectores con el fin de mostrar las dificultades implícitas en vivir con una condición dada. La crudeza del relato, a través del testimonio y el género epistolar, desentierra una cuestión que hoy en día vuelve a ser epicentro del debate cultural: el estigma de la identidad. Alberto Acerete desarrolla con maestría cómo las cuestiones secundarias a la identidad son dadas y no elegidas. Todos los escenarios y las posibles violencias a las que se exponen sus personajes provienen de productos de la sociedad que naturalizan ese ostracismo. De manera que, en el libro, en efecto, la vida no sucede en armonía, pero siempre puede ser peor. Azar y determinaciones sociales dan lugar a los registros del daño y de la resiliencia colectiva, que tan solo puede sostenerse en virtud del pacto, el perdón y la comunidad. La autonomía queda en crisis pues el testimonio desvela todas las quiebras y las vulnerabilidades que padres, hijos, amigos habitan

La novela de Alberto concentra la electricidad del pop, la adolescencia, el deseo y la ambivalencia de los personajes de una inusual manera. El autor recorre las etapas de un adolescente LGBT a través de una serie de transformaciones que atraviesan la complicidad, el rechazo, la traición, la huida, el desamor y la muerte. Todos estos procesos ocurren sin que la vida de los personajes se detenga, ni en cierta manera avance. La parálisis laboral, la imposibilidad de ser reconocido como alguien con quien formar un plan vital y las eventualidades trágicas, parecen indicar que los cambios suceden en vorágines que atrapan y, en ocasiones, fatalizan la vida de los personajes. Alberto confirma que la riqueza formal puede ir de la mano de las cuestiones anodinas, los referentes de masas y los dramas adolescentes. Que, incluso, las cuestiones acontecidas en la juventud son algo más relevantes para la constitución de la identidad del sujeto de lo que a priori consideramos.

Si tu novela fuera una canción del disco El viaje de Copperpot, ¿cuál crees que sería?

Tantas cosas que contar. Aunque Nino y Marta, como fans del Julio Medem de los 90, seguramente dirían que Los amantes del círculo polar. En la novela no se cuenta, pero pasaron horas y horas viendo la película. Y vivieron un crush extremo con Najwa Nimri, tan fuerte como los de Britney, Lady Gaga o Avril Lavigne.

A tu juicio en qué consiste la autoficción y cuánto de cerca se encuentra tu libro de un proceso de escritura autoficcional.

Mi idea de autoficción exige una reproducción más fidedigna de aquello que el autor, fuera del texto, considera historia, experiencia y vida.

La teoría dice que el pacto de ficción es doble en la autoficción: por una parte, exige que el lector selle ese pacto con el autor y su recorrido, y por otra el pacto ha de darse con los elementos propios de la ficción (aquí sería la novela).

En Podría ser peor, sin embargo, solo se establece un pacto, el propio de la novela. Y ocurre así desde las primeras líneas, donde Nino comienza el relato dejando clara su incidencia sobre la historia y su moldeamiento consciente.
El libro, sí es verdad, está lleno de referencias a mi vida, aunque se aleja mucho de ser una novela autobiográfica.

Utilicé espacios, detalles, personas, tiempos que conocía como recursos o puntos de partida. ¿Cómo habrían vivido los personajes situaciones que me han marcado? ¿O qué habrían hecho en un mismo espacio? Hay, de hecho, puntos en común con poemarios o poemas que he publicado previamente, como La cría a mano del vencejo común, que sí es, desde mi perspectiva, más autoficcional (dentro de la poesía) que la historia de Bosco en esta novela, a la que en parte se parece tanto. Entonces podría decir que hay un uso de lo vivido, o del recuerdo de lo vivido, pero la historia de Nino y Marta no ha sido mi vida. Sí que se da un aprendizaje compartido con ellos y una fuerte identificación generacional. Hemos crecido en el mismo país y al mismo tiempo. Hemos compartido experiencias.

Pero quizá no más que otras personas de mi generación, bajo circunstancias similares. Me gusta pensar que puede estar en la línea, aunque con muchísima menos correlación entre vida y obra, del uso biográfico de Carmen Laforet en Nada.

Por lo tanto, no hablaría tanto de autoficción sino de experiencias y crecimientos compartidos o prestados.
El libro, de hecho, se abre con una cita de Matthew López en La Herencia (publicada este año por Dos Bigotes), que dice: «He sentido lo que tú sientes. No estás solo. Siempre estaré contigo.» Es un mensaje directo al lector, pero es un mensaje directo a Nino, a Marta, a Aurora, a Li. En mínimos detalles he sido todos ellos, he sentido cómo ellos, he aprendido lo que aprenden ellos. Y todos (posibles lectores, los personajes y yo) hemos vivido (porque hemos sentido) experiencias que nos hacen parte de una historia compartida.

Profundizas en la herida LGBT a lo largo de la obra de manera que, en ocasiones, pareciera que las vidas LGBT están atravesadas por una serie de problemáticas comunes, pero a la vez, los aspectos más diáfanos de la novela nos dirigen a momentos absolutamente particulares. ¿Cómo crees que se relaciona la violencia estructural con las vidas vividas partículas de todas las disidencias sexuales y de qué manera puede reproducirse con efectividad esta cuestión en la literatura?

Creo que es inherente, por mucho que algunos nieguen haberla sufrido, que la violencia estructural existe, aunque nos relacionemos con ella de forma distinta. Cada experiencia vital es única, y debe desarrollarse según sus propios patrones o necesidades (con la creación de personajes ocurre igual). Pero a su vez, todas esas experiencias están relacionadas, porque todas se desarrollan bajo un marco común. Las que asumen y denuncian esa violencia y las que la niegan desde su privilegio. Todas se ven afectadas por lo mismo, pero nos olvidamos muy pronto de dónde venimos o cuáles son las carencias de otros. Las identificamos como miembros del colectivo con respecto a la heteronormatividad y lo patriarcal, pero se nos olvida rapidísimo que no todos dentro del colectivo tenemos los mismos derechos. O que nuestra experiencia de privilegio, ajena a ciertas violencias, no hace que las violencias contra el resto sigan existiendo.

Cómo reproducir esa violencia con efectividad en literatura, depende del género literario. No es lo mismo escribir un ensayo que una novela. Es decir, si uno quiere reproducir efectivamente esa violencia en una novela ha de entender que está escribiendo una novela y debe construir según las normas que la novela le requiera.
Cuando uno se esfuerza por encajar un discurso en una novela, el artefacto narrativo pierde solvencia, pierde profundidad. Uno no puede olvidar que está narrando. Uno debe, por mucho que reconstruya la realidad de fuera, olvidarse de lo que circunda al texto y hacer que sea el texto el que genere. No ponerle límites, no tenerle miedo.

Aun así, pese a que no tenga que ver con mi concepción de la escritura, estoy también muy a favor de la literatura abiertamente política y de la aparición abierta de discursos políticos, afecten al desarrollo de la historia. Esa literatura es también muy necesaria.

No obstante, creo que la clave de un reflejo poderoso, efectivo, profundo y complejo se da en la construcción adecuada de la historia y sus personajes, atendiendo únicamente a sus historias. Al menos así lo siento como lector y así lo pienso al escribir. Si uno intenta contarlas, indaga, se cuestiona, la violencia estructural se cuela, incluso sin nombrarla claramente. Y desde esa construcción más afectiva, emocional y de trama, el relato termina siendo mucho más poderoso para el lector.

¿Por qué Podría ser peor?

Hace unos años, a raíz del éxito comercial de Tan poca vida de Hanya Yanagihara, surgieron muchas voces que criticaban el texto porque consideraban que era imposible que a un único personaje le ocurriesen tantas cosas terribles. Y yo leía esos comentarios y solo pensaba: «¿en qué mundo viven? ¿De verdad viven en un mundo en el que no existe gente cuyas vidas puedan ser peores que la de Jude?» Somos muy poco generosos, a veces como forma de defensa, con el dolor de los demás.

Dudé mucho en el título y, cuando el libro estaba a punto de maquetarse, di con este, que es el título de un single de La casa azul. Investigué y descubrí otros libros con el mismo título. Y lo elegí. Es muy pop eso de compartir títulos con otras obras. Y era un cierre perfecto a la historia.

Lo era porque, aquellos que lean el texto desde fuera del colectivo, seguramente opinen que es muy duro, aunque yo creo que la violencia está muy tamizada en el relato. A ellos les diría que podría ser peor, especialmente si son de esas personas que todos tenemos cerca que niegan las violencias que sufrimos, que nos aseguran que eso es cosa del pasado, que a ellos les da igual lo que haga la gente, que no hay tanto por lo que pelear.

Pero Podría ser peor también era un mantra que me digo muchas veces, porque relativizo mucho. Ha ocurrido esto, pero tampoco está tan mal porque podría ser peor. Es una forma de supervivencia.

Destaca en la novela el cuidado empleo del lenguaje ¿Cómo ha influido tu trabajo de editor y corrector en tu proceso de escritura?

Pues no siempre me ha influido de forma positiva. En un primer momento, para escribir esta historia (tras varios intentos) tuve que permitírmelo todo: no cuestionarme, no ponerme filtros, no juzgarme como escritor. Con esta novela he aprendido que, para escribir bien, hay que saber escribir mal (y aprender a hacerlo es mucho más difícil).

Hay que permitirse cagarla, confundirse. Y que descubrir que la vida no se va en la escritura. Que la vida es otra cosa.
Era muy importante para mí crear además una voz solvente. Nino hace un uso coherente pero no siempre común del idioma. Utiliza de forma extrañísima, a veces, los tiempos verbales. Tienes giros propios únicamente de sí mismos.

Con los años, he aprendido a que me dé igual lo que suene canónico, lo que me digan que tiene prestigio, lo que me señalen como reivindicable y lo que no. He aprendido a decidir qué recursos me interesan, qué considero importante al construir un relato, qué no. Por dónde me apetece ir y cuál ha decido que sea mi posición creativa en cada libro. Mi autor vivo favorito actual seguramente sea David Mitchell, al que no me parezco en nada. Con universos comunes, empieza siempre desde cero.

Podría ser peor juega constantemente con aspectos pop y adolescentes, sin embargo, difícilmente puede enmarcarse en un apartado de novela juvenil. Al contrario, en el fondo reproduce un trabajo de memoria sobre los fenómenos de la sitcom y la cultura pop de los 90. ¿Consideras que la novela ofrece una lectura generacional? De modo que determinadas personas pueden sentirse más identificadas con el hilo conductor.

Siempre me gusta jugar con los prejuicios del lector. La novela juega con aspectos juveniles y de iniciación, pero no es una novela juvenil. La voz narrativa destruye la posibilidad desde la primera frase. Juega con ciertas convenciones del melodrama, pero tampoco es un melodrama habitual. Apuesta por lo sentimental y lo emocional, las relaciones familiares e interpersonales y utiliza lo sociopolítico e histórico como recurso, telón e incluso mcguffin. Todo lo que se me ocurría que alguien me diría que no se podía hacer en una novela, lo hice.

Sí creo que puede ofrecer una lectura generacional. Habla directamente a la gente de mi generación. Pero creo que habla con mucha facilidad a las generaciones siguientes. Y de alguna forma pone de relieve el pasado reciente, que a veces nos puede parecer olvidado por todo lo conseguido, para que no lo olvidemos. Y para que no olvidemos que la juventud no es ajena a la enseñanza, y tenemos mucho que aprender de quienes nos prosiguen. Creo que es importante que no olvidemos la necesidad de abrir debates, escucharnos, poner en tela de juicio nuestras convicciones (a veces solo para reforzarlas) y transmitir a quien entendemos que carece de información. El país ha cambiado mucho y no lo ha hecho de forma homogénea, lo que nos olvidar que nuestra parcela de vida y conocimiento no representa lo que existe fuera de ella. Hay gente afín al movimiento LGBT que carece de conocimientos y herramientas en cuanto a cuestiones de género, por ejemplo. ¿Nos limitamos a afear gestos o procuramos mejor enseñar, debatir, cuestionar?

Por último, al tratarse de una historia familiar, creo que también habla a generaciones más mayores. Da igual la generación y la posición (dentro o fuera del colectivo), porque en la historia, creo, se descubren violencias hacia todos, y todas provienen del mismo sitio. Un personaje LGBT sufre una violencia intrínseca a su realidad, pero esos padres que no entienden y repudian a sus hijos, son víctimas de la misma violencia y el mismo sistema, aunque se hayan convertido en sus brazos ejecutores. Por eso, la lucha por los derechos del colectivo es responsabilidad de todos. Porque el fallo es radicalmente estructural.

Uno de los temas que atraviesa al personaje principal es el conformismo. Durante gran parte del libro, Nino ocupa una serie de espacios casi por aburrimiento o rutina, de manera que bien pareciera que la vida no ofrecía ningún cambio. ¿Ha cambiado algo la vida de principios de los 2000 veinte años después? ¿Vivimos en sociedades aburridas o cansadas?

Nino no solo actúa por aburrimiento o conformismo o por seguridad ante la rutina. Hay algo molesto en él, y es esa profunda molestia o sensación de desagrado por estar donde se está, al tiempo que no se hace nada por cambiarlo. Reflejar esa apatía tardo-adolescente y de primera juventud, esa apatía que muchos replican durante toda la vida era muy importante para mí porque habla de su situación de privilegio dentro del colectivo. Se le apoya, se le cuida, tiene unas posibilidades mejores que quienes le rodean, pero no es capaz de ver su situación de privilegio. Algo que nos puede pasar a todos, que seguro que nos ha pasado a todos.

Como he dicho antes, ha cambiado mucho el país. Pero no solo en los último 20 años. La novela termina en 2017, y en estos casi cinco años todo ha cambiado, afortunadamente, muchísimo más.

No sé si somos sociedades aburridas o cansadas. Igual, cuando nos sentimos así, somos personas privilegiadas que pueden permitirse sentirse aburridas o cansadas, pero, como a Nino, quizá nos molestaríamos reconociéndonos privilegiados.

¿Qué personaje nuevo escribirías si tuvieras la posibilidad de volver a contar esta historia?

Hay un personaje que aparece nombrado de pasada que se llama Nenu. Es una mujer lesbiana, madura y activista desde los ochenta a la que todos le deben mucho. En la próxima novela, un personaje muy similar a ella tendrá un papel protagonista. También me gustaría escribir mucho más sobre Izan.

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