“Odio el verano”

Jueves 23 de agosto, 9:15 horas

Adrián Fauro Abad

 

 

 

“El verano siempre ha sido un puente. Un tiempo de perder el tiempo hasta que llegue otra cosa. El invierno, el colegio, el instituto, la universidad, la mudanza. Recuerdo cada verano como una sala de espera cuyo hilo musical es Bomba, de King África. Una habitación sin aire acondicionado, que huele a tu propio sudor mezclado con el de miles de personas más.

El verano tiene sus cosas buenas. Levantarse tarde cuando eres un crío, jugar al fútbol hasta que tu madre se asoma por el balcón para cenar, un amor de un mes, los fichajes de tu equipo, los partidos de pretemporada en los pueblos. Pero luego llegan los trabajos, que son otro puente hasta ‘que salga algo de lo tuyo’, los descensos de tu equipo, el sol mirándote como el ojo de Sauron y dándote tortazos en la cara hasta que uno de los dos cae. Generalmente es él, porque la cerveza es el Aquarius de mi barrio.

Este último verano está siendo un puente entre Madrid y Alicante. La sala de espera sigue oliendo raro, Caribe Mix sigue siendo el hilo musical, sigo esperando un trabajo ‘de lo mío’. Ahorrando. Sigo pasando algunas tardes en la calle, pero ya no jugamos al fútbol. Ahora lo vemos bebiendo Aquarius con espuma en jarras frías y llamamos al canterano de turno ‘chaval’. Porque ya somos más mayores que todas las nuevas estrellas.

Otro verano más, otro puente. Y yo imaginando historias como la de El graduado, 500 Days of Summer o Hot Summer Nights. Pero todavía no me decido en cuál encajaría más mi personaje. Los puentes son cruzar de un lado a otro, una variante de esperar. Placebo de avanzar. Y a mí no me gusta esperar. No me gusta el verano.”

 

Jueves 23 de agosto, 9:15 horas

Alex Sellés Pérez

 

 

 

“Verano es una de esas palabras que hace tiempo dejaron de tener sentido para mí. Como trabajo estable o ideología, verano ya no es más que un conjunto de letras unidas formando una palabra que puede ser sujeto o predicado pero nunca verbo. Llevo algunos años viajando de primavera a otoño mientras el verano deja de ser un puente para convertirse en un recuerdo. O peor aún, en una figura simbólica que nunca llega y en la que deposito toda mi esperanza.

Cuando era pequeño, el verano olía a colchoneta quemada por el sol, a fruta fresca en la nevera y a tierra seca mezclándose entre mi ropa. Cuando crecí un poco empezó a oler a hormonas, a cazalla, a cubalitros de ‘mentira’ y resaca perfumada de sudor y alcohol. Aunque en el fondo seguía manteniendo ese regusto a playa y piscina que siempre he detestado.

El verano en mi pueblo es complicado porque es uno de esos pueblos del interior que dejó de querer crecer hace años. Recostado sobre su propia figura, comiéndose a sus hijos como Cronos, hace tiempo que dio la espalda a cualquier noticia que llega del exterior. Y ahí, convertido en La Galia y limitado por sus propias fronteras, el solsticio de verano no es más que una palabra vacía y carente de significado; como brunch. Aquí el verano empieza en La Publicació y termina en l’Alcudia. Entre medias el tiempo se divide por fiestas de los pequeños pueblos del alrededor: primero Millena, depués Lorxa, Alcosser, Benimarfull… Y fiestas de Cocentaina. Después de eso, el páramo. Mi pueblo se convierte en un pueblo fantasma donde lo único que puedes hacer es ir a la playa o beber. O las dos.

Ahora en Madrid he cambiado los cubalitros –extrañamente llamados minis- por cafés con sabor a tierra y mi bronceado ha cogido un tono mesetario que empieza a asustarme. Las paradas de metro se suceden en mi cabeza mientras mis amigos siguen midiendo el verano como cuando eramos críos. Y mientras bajo corriendo las escaleras de Cuzco me río pensando que yo , que nunca fui de piscina ni de playa, mataría ahora por estar en una.”

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