Juan Gómez-Jurado y lo que no supe leer

Si en mi primer texto en Poscultura hablé sobre cómo llegué hasta Hemingway, algo parecido me ocurrió con el autor del que vengo a escribir hoy.

Juan Gómez-Jurado (Madrid, 1977), es probablemente una de las personas a las que más debo, culturalmente hablando. Igual que con Hemingway, el primer libro que leí del autor español me cayó a las manos casi por casualidad. Se trataba de La Leyenda del Ladrón que, dicho sea de paso, es por el que más predilección sigo sintiendo. Quizá se deba a que fue el primero, o a que el género (novela histórica entremezclada con mucha aventura, un poco de traición, algo de amor, buenas amistades y mejores enemistades) me atrae como el que más, o que sus personajes experimentan tal evolución que es imposible no empatizar con ellos. Sea cual fuere la razón, lo único que sé a ciencia cierta es que no lo elegí yo.

Fue, sorprendentemente – y digo sorprendentemente porque, hasta donde llego a recordar, tras Pilares de la Tierra, éste fue el último libro que me ha recomendado hasta la fecha (viendo la escasez pero la eficiencia en sus sugerencias, ojalá siga la racha muchos años más) –, mi padre quien me comentó un lejano día de octubre de 2013 que acababa de leer esa novela. Yo había terminado de leer otro libro – según las fechas, con toda probabilidad algo de Matilde Asensi o Julia Navarro –, así que no tenía nada que llevarme a los ojos. Cuando mi padre me propuso aquella novela de Juan Gómez-Jurado, leí la contraportada para hacerme una ligera idea de sobre qué trataba.

Esa misma noche lo empecé. Al día siguiente, de camino a la universidad, proseguí leyendo en el metro y el autobús, e hice otro tanto en el camino de vuelta. Pero cuando llegué a casa lo volví a aparcar en la estantería y agarré otro libro (probablemente algo de Matilde Asensi o Julia Navarro). Por alguna razón, no pude proseguir con La Leyenda del Ladrón.

No sé qué fue lo que leí antes y después de aquel libro de Juan Gómez-Jurado. No me acuerdo. Pero sí que recuerdo con gran precisión que fui incapaz de leerlo de principio a fin. Al menos en el comienzo. Tampoco soy capaz de dar una explicación a esto, al igual que sigo sin entender – y creo que no entenderé nunca – porque sí que leí de un tirón Verdes Colinas de África, o Fiesta, dos historias que están a años luz de cualquiera de mis gustos principales y que, de hecho, se acercan más a lo que rechazo o detesto. Cada vez que pienso en ello, entiendo menos cómo no pude engancharme a este autor desde el primer intento. Pero así es la literatura, así son los libros y sus extraños designios.

Pensado ahora, y leído entre estas líneas, me parece cada vez más irrisorio y paradójico. Al fin y al cabo, la culpa no fue de Juan Gómez-Jurado sino mía, aunque seguramente él ya sabía, antes que yo, que me acabaría atrapando entre las páginas de sus siete novelas, como una araña tejiendo una tela lentamente que no haría sino acrecentarse, endurecerse y enraizarse con el tiempo. Porque aunque él no supiese ni fuese consciente del proceso que me llevó desde que dejé su primera novela, hasta que ahora prácticamente escucho cada mes más de ocho horas de sus programas, además de haber leído todos sus libros, aunque él no lo supiera, un escritor así es incapaz de concebir una de sus obras sin pensar en que los lectores la devorarán en cuestión de días, u horas. No por soberbia, sino porque es indudable su talento y su ambición, e igual de indudable es que, de un modo ignoto, loable y meritorio para el resto, los escritores de gran calibre custodian con trabajo y orgullo la esencia de lo que les ha llevado hasta donde están, y que no es otra que la suya propia. Su esencia. Quienes ellos son. Y cada vez que escriben un libro, esa esencia aparece impregnada en cada una de sus páginas.

Después de leer ese otro libro que no recuerdo – probablemente algo de Matilde Asensi o Julia Navarro –, regresé a La Leyenda del Ladrón. Hace bastantes años de esto, pero recuerdo el momento exacto en que llegué a la última página.

Estaba en el Pirineo aragonés, en la cama inferior de una litera de dos niveles, guarecido tras una gruesa pared de piedra del frío indecente del invierno. En el piso de abajo, el fuego de la chimenea había dejado de crepitar hacía una media hora. La linterna de lectura, cuya pinza adherida al otro extremo del cuello de cisne sujetaba la contraportada del libro, alumbraba con una luz febril el último párrafo en los agradecimientos. Y, al final, una dirección de email y otra de Twitter.

Cuando regresé a casa, le escribí al correo. Respondió en apenas unos minutos. Me recomendó libros sobre cómo escribir, y me deseó suerte a la par que me daba las gracias por mis buenas palabras hacia aquel libro suyo al que había dedicado cuatro largos años llenos de documentación, escritura, reescritura, rereescritura, rerereescritura…

Volviendo a la última noche, con la poca cobertura que me proporcionaba el Pirineo, lo empecé a seguir en Twitter. Y así fue como me enteré de que Juan Gómez-Jurado iba a crear un programa de Podcast cultural (con bastantes trazas de humor), Todopoderosos, junto a Arturo González Campos, Rodrigo Cortés y Sergio Fernández, alias el Monaguillo (desde el décimo programa, Javier Cansado sustituyó al Monaguillo). Después, otro programa, éste en YouTube, con Arturo, Cinemascopazo, sobre películas que ven y comentan con invitados de todo tipo: escritores, cineastas, músicos, Ignatius… Y después otro Podcast con los cuatro miembros de Todopoderosos, Aquí hay dragones, donde cada uno expone un tema del que, generalmente, el resto de la población, en su vasta mayoría, nunca ha oído hablar. En éste último han llegado a hablar de magnicidas, de una cantante de jazz apenas conocida y con la peor suerte del mundo, o de experimentos con roedores, con la misma cotidianidad y naturalidad con la que uno hablaría sobre el tiempo.

Y, entre tanto, cinco libros más para jóvenes y tres novelas para adultos. La última, por cierto, publicada hace menos de una semana (cuando escribo esto el calendario marca el 12 de noviembre), Reina Roja.

De ella puedo decir que no lea las críticas, que están llenas de spoilers. Y al hablar de ella sería casi imposible no caer en esto último. Así que únicamente diré que, si lo lee, tendrá ante sí un thriller cuya trama es abrumadoramente envolvente, y que cuenta con el personaje más profundo, estudiado, elaborado e interesante que, en mi opinión, ha creado Juan Gómez-Jurado, que dibuja un horizonte tan lejano entre ella, Antonia, y cualquier otra persona, que por extraño que a priori pueda sonar, esa abismal distancia con un ser humano común es lo que hace que el lector no dude en estrechar lazos con ella.

Porque quién no quiere ser Antonia Scott.

Y, por otro lado, quién querría ser Antonia Scott.

A todo ello súmele una dosis de referencias a Sabina, El Quijote o a Star Wars, entre muchas más; otra dosis de humor unas veces irónico, otras tantas inteligente, otras sorpresivo, y otras –  ni qué decir tiene, tratándose de quien se trata –, malo. Y, por último, el talento de Juan Gómez-Jurado, que consigue un ritmo frenético con frases que parecen medidas e hilvanadas letra a letra, con la misma precisión con que una araña crea su red.

Y nosotros, gustosos, caemos en su trampa.

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