La resiliencia y el abrazo pendiente

He tenido momentos en blanco, de pensar mucho, en los que he sido incapaz de construir una sola opinión. Oigo que el mundo se paraliza; a la vez que percibo como la vida resiste. Nos mantenemos a flote porque estamos navegando entre los cuidados. Nuestros pensamientos buscan consuelo entre la resiliencia y la distopía. Nos hemos visto obligados a parar y, sobre todo, a reducir nuestras exigencias. Ahora solo necesitamos a los que nos cuidan. Una lista que la conforma gente bonita, humilde y trabajadora. Las personas anónimas son las autenticas “heroínas” ante lo indeseable.

Hablar con mi madre se ha convertido en mi mejor terapia. Todas las noches, después de pasar el día enredando con la información, nos llamamos. Ante cualquier queja me recuerda que soy una privilegiada. Es así: tengo luz, agua corriente, una nevera con comida y no se ha acabado el papel higiénico. Ella me pide no hacer planes, no quiere saber cuándo nos vamos a ver. Me exige cada noche pensar en el hoy y el ahora. Me ha confesado que esto fue lo que la salvó durante los momentos más complicados. No ha sido fácil ni para ella (cuando era una niña) ni para mis abuelos ver como su vida se interrumpía de repente al caer la primera bomba.

Después de unos cuantos días, me he armado de valor para escribir estas líneas. Es muy atrevido comparar. De hecho, no me gusta. No es justo. Cuando ahondamos en lo más profundo de nuestro ser nos vamos quitando capas, el contexto pierde peso, y vemos que hay tanto en común. Yo no paro de pensar en mi abuela. Esta crisis ha llevado al cierre de fronteras. Ella ahora mismo vive nómada, entre la frontera del Sahara Occidental y Mauritania. Se encuentra en medio del desierto acompañada de mi tía y mi tío. Mi madre, tras el cierre de la frontera, cruza los dedos para que no les pase nada que sea urgente. Que no necesiten recurrir a ningún médico.

Son personas independientes que su día a día consiste en sobrevivir con lo que tienen. Es como vivir en una anarquía: no cuentan con una estructura de Estado y, por lo tanto, no tienen un sistema político, económico o social. Su moneda es el ganado. Solamente llevan consigo mismos lo que precisamente tienen que cuidar. No acumulan riquezas. Poseen decenas de camellos, un centenar de cabras y ovejas, dos burros y dos perros. Es una economía muy simple que depende de las nubes.

Su televisión es el cielo. Miran cómo se comporta, analizan la posición de cada elemento de la constelación y observan las estrellas. Su calendario es la Luna. Su luz es el Sol. De hecho, a los nómadas saharauis se les conoce como hijos de las nubes. Necesitan la lluvia para que el desierto sea más verde y así puedan tener suficiente pasto para el ganado. Sobre todo, claro, contar con agua para vivir.

La leche de camella es el bien más preciado. Es la medicina y la alimentación para los más frágiles. Mientras mis tíos pasan el día buscando agua y paseando al ganado, mi abuela fermenta la leche con unos aparatos caseros y hace el queso y mantequilla. Mis tías se turnan para hacer el té. El primero es amargo como la vida, el segundo dulce como el amor y el tercero suave como la muerte.

Puede que estos días algún nómada de paso les haya contado que la frontera está cerrada y le haya explicado a su manera esto del coronavirus. No tienen televisión, ni móviles. Si tienen suerte les llega alguna emisora de radio. No hay tráfico, ni tiendas para comprar nada. Estoy segura de que no necesitarán nada porque siempre han sido autónomos. No les agobiará el cierre de la frontera, ya que a pesar de su constante movimiento nunca se han encontrado con ninguna línea que separe países. Les cuesta entender para qué sirve un pasaporte o que se pueda prohibir la entrada en un territorio.

Su reto diario es la pura supervivencia. Sus conversaciones giran en torno a la tierra verde, el oasis o, en el peor de los casos, contabilizan los camellos que se han perdido. Muchos días tienen que perseguir sus huellas en la arena para localizarlos. Mi abuela vive en un lugar seguro. Cuando de pequeña le decía que me daba miedo la oscuridad de la noche (apenas hay alguna linterna) siempre me decía que es el lugar más seguro del mundo. Que no hay nadie.

Estos días confinada aquí, me imagino allí. Cuando voy al desierto me quedo, al menos, tres semanas. Me llevo libros y antes, cuando ella todavía podía hablar, nuestras charlas eran interminables. Hace dos años mi abuela tuvo un ictus. Al vivir tan lejos de los médicos llegó demasiado tarde y se ha quedado sin poder hablar, pero nos entretenemos buscando nuestro propio lenguaje de signos. Cuando pienso en lo que ocurre aquí me acuerdo de ella. Mi madre todas las noches pasa lista. Literalmente: me pregunta por cada persona que conoce. Me promete que reza por todos mis amigos. Sin embargo, cada vez que les pregunto por cómo están allí me responde sonriendo que siguen de cuarentena: la misma que llevan haciendo desde hace más de cuarenta años. Atrapados en este desierto de los desiertos.

Lo cierto es que han restringido los movimientos. Llevan días de confinamiento y aún así dan gracias por salvarse (por ahora) del dichoso virus. No se lo pueden permitir, cuentan con pocos muy pocos respiradores por cada campamento. Me preguntan una y otra vez por la situación en España. Lo hace gente que vive de la ayuda humanitaria y que estos días ve cómo se han interrumpido muchos proyectos de cooperación y, lo peor de todo, las misiones médicas importantes. Aun así comentan que es positivo para ellos estar aislados. De momento, no hay ningún contagiado por coronavirus. Las autoridades han tomado medidas de prevención para proteger a este pueblo tan vulnerable.

Las calles vacías de Madrid me recuerdan a la inmensidad del desierto. En su grandeza y generosidad. La gente que lo habita es indomable y acepta el reto de construir partiendo de la nada. Aquí tenemos un poco más de lo que necesitamos, solo hemos hecho un alto en el camino. Cuando pase todo reconstruir va a ser una tarea difícil, pero es un objetivo alcanzable. Una meta a la que llegaremos con nuestro interior ya construido. Aceptaremos la vuelta al punto cero para volver a caminar sin estos zapatos desgastados, cansados por el estrés y debilitados por el no parar. Pongamos en duda todo el sistema de producción, económico y, por supuesto, el político. Vamos a posicionarnos al lado de la persona, hagamos lo posible para que el ‘nosotros’, como sujeto activo, vuelva a estar en el centro. La clave de la supervivencia de mi abuela es anteponer la vida al resto. Una vez le pregunté: “¿Qué es el mundo?”. Me respondió: “Eres tú”. Sí, somos cada uno de nosotros. Marcados por la resiliencia de todos estos abrazos que están pendientes después de mirarnos y reconocernos en los ojos del otro.

EL CONFLICTO

En 1975 cuando España abandona el territorio y Marruecos lo invade, los saharauis se ven envueltos en una guerra con su vecino alauita en el norte y con Mauritania desde el sur. Más de cuarenta años después, la población vive entre el refugio y la ocupación. Mis padres viven en el exilio, en un territorio prestado por Argelia, árido e inhóspito por la ambición y la avaricia de un vecino.

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