La metaofensa o por qué nos meamos de risa

Ofendidos

No paramos de leer en redes que la generación millennial está «ofendidita», pero ¿hasta qué punto es realmente cierto? ¿No desarticula cualquier clase de debate al estar «ofendidito»? ¿Nos encontramos ante una «dictadura de lo políticamente correcto»? ¿O, por el contrario, podríamos decir que nos acercamos cada vez más a un intercambio recíproco de opiniones?

Bromas y ofensas: algunas apreciaciones sobre el don como símbolo.

Si para Mauss el don –ese acto de dar y ser dado– permite hacer una relación nueva, es decir, inventar algo; entonces cada vez que emitimos una broma –por muy retrógrada que resulte– estamos generando una red de posibilidades. Las bromas son dones porque siempre deben ser respondidas por algo. Si nos fijamos, lo peor que le puede pasar al chiste (esa condensación freudiana que se destensa cada vez que es resuelta) es, que no sea entendido o que cause absoluta impasibilidad.

Las bromas pueden ser de muchos tipos. Digamos que pesan, instigan al mal gusto, son agudas, llanas, audaces, políticas, fáciles o complejísimas (véase el dadaísmo como construcción artística por y para el humor). Y claro, por supuesto que también las bromas son ideológicas, racistas, homófobas, machistas… ¿podemos entonces alcanzar un análisis que no aleje momentáneamente de las implicaciones éticas para llegar a otras conclusiones? Pues bien, si se piensa, el jazz no podría haberse desarrollado como tal sin la existencia del minstrel show; resulta curioso que el género musical más importante del siglo XX surja del desinterés y el asco por lo negro. Sin el minstrel show, el blues seguiría siendo el canto del esclavo sin una posibilidad de desarrollo fuera de la plantación de algodón, habría muerto –como tantas otras cosas a lo largo de la historia– en el silencio de lo que no ha podido ser escrito. Fue necesaria una apropiación cultural del desprecio para el entendimiento posterior.

En esta red de posibilidades humorísticas y reacciones debemos valorar nuevos algoritmos sujetos al mundo de la red:

  1. Cómo utilizan los famosos la red social.

  2. Cómo responden los millennials a este uso.

Redes sociales y famosos, poderes horizontales o desenmascaramiento de la banalidad.

Los denominados famosos se han incorporado a las redes sociales para prorrogar esta articulación de influencia sobre las poblaciones. En esta incorporación paulatina se han producido una serie de eventos que debemos destacar:

En primer lugar, la aparición de la figura influencer donde se toma la vida como producto monetario. Esta pseudovida-holograma del influencer se muestra al consumidor como una vida tipo. La vida tipo de millonarios, que están morenos en invierno y reciben dinero por hacer como que disfrutan en los sitios a los que son invitados, es uno de las últimos artificios del capitalismo carencial y/o metafísica capitalista. Dentro del eje de la observancia, corremos el riesgo de ser sujetos físicos sin una noción propia de existencia. Si la vida es refrendada por la ola influencer y el algoritmo youtube los individuos podemos dejar de existir para convertirnos en una sinergia desvitalizada del like, lo cual –lejos de ser una distopía– se plasma cada vez con mayor plausibilidad como posible.

En la industria del like, el capitalismo carencial nos enseña todo aquello a lo que no tenemos acceso y parece ser apetecible que, si se mira con detalle, resulta a su vez terriblemente básico, empobrecedor. Bali, drones que fotografían mansiones de lujo, consumo de ropa diario, 10 tips para ir siempre perfecta y un tutorial para aprender a hacerte la #dulceraya (sabemos que para estar divinas debemos tener un buen eyeliner y ya de paso empolvarnos en condiciones la nariz). Este sistema influencer, pese a su brutal desarrollo, muestra sin embargo en multitud de ocasiones una fragilidad absoluta. Gracias a la tórpida incorporación de famosos (algunas como Amaia Montero nos traen las versiones más kitsch) a la red en calidad de influencers de segunda se está desarticulando dicha estructura capciosa.

Los famosos jamás se han sentido más apreciados por su público desde su intrusión en redes. Reciben mensajes y likes diarios: devueltos así mismos a la dictadura del aplauso. La dictadura del aplauso –que no la de lo políticamente correcto– es una estructura psicológica que opera en todas las personas que han tenido acceso al mundo del espectáculo donde dictador y dictado conviven en el mismo cuerpo. Esta estructura ejerce su violencia y su terror a través del propio artista y atenta contra su propia banalidad. El público se torna como el espejo de la mala (o mejor dicho: infeliz) de Blancanieves donde toda inseguridad debe ser satisfecha a cambio del constante beneplácito.

El problema radica en el adocenamiento del famoso. En este falso escaparate vital, la ausencia de pericia y el riesgo que implica participar en la continua ciberexposición les conduce fácilmente a la peripecia: del aplauso al abucheo. Curiosamente, cuanto más alejados pareciéramos estar de la dolce vita –la que diariamente nos muestran– más horizontales son nuestras relaciones de poder. Si Mauss no realizó esta apreciación sobre el don, la reciprocidad bajo la hermenéutica de la sospecha de Paz Moreno y Susana Narotzky nos permite entender que esta reciprocidad no siempre se reproduce en igualdad de condiciones dando a entender que, en el juego de reciprocidades, existen unas negativas donde en vez de dar se toma, en vez de recibir se pide y en vez de ser se conserva. Aquí un ejemplo de las desigualdades en ese complejo de darnos y recibirnos:

Cuando a una sarta de millennials no les apetece escuchar «mariconez» en una canción y tras ello toman la palabra, argumentan el porqué, incluso crean una red de memes sobre el asunto; están invirtiendo la pirámide de cristal que sostiene a la fama más rancia. No porque la palabra «mariconez» sea algo grave o urgente. De hecho, más grave es defraudar a Hacienda entendiendo que hacerlo implica la muerte de personas en las listas de espera para trasplante (por poner un ejemplo). Sino porque resulta edificante para la generación de nuevos códigos morales.

Las explicaciones dadas por Ana Torroja –como la de tantos artistas– son vacuas. Por ello, las explicaciones de Torroja así como (por poner otro ejemplo) la monetización del fallecimiento de la expareja de Pelayo Díaz, destapan lo que antes no era tan fácil conocer pero la sobrexposición actual nos ha permitido: muchos de nuestros famosos son mediocres, mezquinos y cero ejemplarizantes. Lo cual nos conduciría a dos preguntas

¿Deben ser los famosos ejemplos de algo? Probablemente no.

Pero, de manera irremediable, aparece la segunda cuestión ¿debe el público ajustarse a la medida del famoso para conciliarlo con su dictadura del aplauso? ¡Tampoco! ¡Nadie nos obliga a aplaudir a imbéciles!

Muy recomendable la reflexión de Roberto Enríquez sobre el debate de la «mariconez» para el programa de Late Motiv aquí:

#Notallcelebrities

Me gustaría hacer una breve mención a algunas posiciones valientes de otros famosos con tal de no caer en reduccionismos dentro del universo celebrity:

Tenemos el caso de Natalia Ferviú abandonando Telecinco tras el frívolo giro de acontecimientos que sucedió en el plató de Cámbiame. Una de las nuevas coachings (Paloma González) estuvo destacando en reiteradas ocasiones los defectos físicos de la mujer que transformaba, algo que Ferviú decidió no consentir. Poco después, afortunadamente, dejaron de emitir el programa; sin Ferviú se había despedido de cualquier resquicio de esa fórmula tan complicada de encontrar: ética y moda.

También fue sonado el abandono del programa de radio Yu como colaboradoras por parte de @soyunapringada_ y Jedet tras la polémica de acoso protagonizada por Antonio Castelo.

La pirámide de cristal y los límites del humor: para deconstruir debemos destruir.

Desde lo alto de la pirámide de cristal nos llueve el maná de «la dictadura de lo políticamente correcto». Se dice taciturno «no son buenos tiempos para el humor» donde se podría reescribir con cierta alegría «no son buenos tiempos para el racismo». Pese a que ninguno de los dos enunciados son completamente ciertos; podemos asegurar que la red-protesta para destronar a Rober Bodegas de la pirámide de cristal –una red que ha ido más allá de la comunidad gitana siendo defendida por gente no racializada– ha sido todo un éxito.

Hemos pasado de escuchar el desgarrador strange fruit (Billie Holiday, 1939) a decir que Rober Bodegas es racista y que eso no nos divierte. El humor, por supuesto, no tiene límites pero sí alguna que otra limitación ¡pues no va a resolverlo todo! Éstas son las mismas que las del don, es decir, las interpone el propio humorista; si necesita del beneplácito o si no. Un humor, en última instancia, cobarde. Pues un humor radical sería el que asumiese el riesgo de no ser entendido.

Para acceder a otras claves de humor recomiendo la desternillante ficción de @LivingPostureo realizada por Victoria Martín y Nacho Pérez-Pardo, las reseñas cinéfilas con lectura feminista de @IsaCalderonPB o cualquiera de los vídeos (mención especial al vídeo de «ofendiditos») de la ilustradora @rocionoseque.

Volvamos a Mauss. Para algunas tribus esquimales la denegación del regalo suponía la ruptura de la paz y podía fácilmente conducir a una guerra entre clanes. Negarle a Bodegas la risa conforma la ruptura del pacto patriarcal (que es heterodominate y colonial a su vez). Un pacto-caricatura que, lejos de conducirnos a una guerra, nos concede la medalla de: «ofendiditos».

Kue’xanem: que en lengua wakash significa «se obtuvo matando» hace referencia a cómo algunos indígenas de la costa oeste de Canadá –una vez habiendo asesinado a otros– se hacían con sus bienes. No sólo les despojaban de las monedas o los talismanes, también les arrebataban sus danzas.

Hemos matado al humor patriarcal. Le hemos arrebatado su razón para existir. Su propio sentido. Su privilegio. Lo hemos despojado de su danza macabra. Ahora tan sólo pueden resultarnos ridículos:

(Breve extracto de dos amiguetes –fervientes defensores de la libertad de expresión– cibercomiéndose las pollas rancias en un ambiente poscensurista distendido, tras el caso Bodegas. Como puede observarse todo queda en familia)

Los «ofendiditos», la dictadura de lo políticamente correcto, el derecho a réplica.

Tal como escribió Gonzalo Torné el otro día en Twitter «ofenderse no es argumento, quien argumenta en contra de algo puede no estar ofendido (de hecho, puede estar muerto de risa)».

Resulta curioso cómo los mismos que destacan vivir en circunstancias de «poscensura» y «dictadura de lo políticamente correcto», reparten medallas de «ofendidito» a diestro y siniestro. Ten cuidado, ¡cualquier día de estos te toca una! Sorprendente que, bajo los decimonónicos lemas del liberalismo histórico, se haga una apelación a libertades diversas. En algunos casos –me gustaría subrayar que– mentirosas, pues las sociedades de librecambio no han existido como tal, ya que mientras unos dispongan de medios para controlar comunidades enteras frente a otros incapaces de nada más que darse a sí mismos como moneda de cambio (principio de esclavitud) no podemos expresarnos en términos de libertad económica, pero este es otro asunto.

El derecho a réplica, incluso si es réplica hacia el famoso, es el artefacto catalizador del proceso que horizontaliza –por medio de las redes sociales y pese a sus algoritmos patriarcales (véase «[edición especial] manifiesto por algoritmias hackfeministas») la toma de la palabra. Otra cosa muy distinta es, que se digan aquellas cosas que no se quieren escuchar.

Por eso, no me apetece teorizar sobre la escucha, pues es bien sencillo: escucha quien quiere. Quien entiende al mundo como esa gran asamblea de todas, no en términos de esencia sino de estancia. Estancia de préstamo, habitable desde su usufructo compartido. Por eso, para finalizar, me ceñiré en mencionar un par de aspectos:

«Dictadura de lo políticamente correcto» es un término sin contenido. Claro, si entendemos dictadura como sistema de poder que se expresa –verticalmente– por medio del terror. Afortunadamente eso no ocurre. Y si no lo entendemos así, no hemos entendido nada de nada.

Durante muchos años se ha investigado acerca del nacimiento del lenguaje sin llegar a buen puerto. Paleontólogos y antropólogos comparaban constantemente los aparatos fonadores de los primeros homínidos con los de otros primates siendo ambos muy parecidos. Mirábamos mal. Ha sido el investigador español Carlos Lorenzo quien, hace relativamente poco, ha descubierto las diferencias radicales de la generación del lenguaje. Durante todos estos años a nadie se le había ocurrido estudiar la estructura del oído interno. Lo que diferencia a nuestros antepasados de otros primates es el oído. ¡El oído! La capacidad de escucha, la que genera nuestra realidad lingüística. Aprendimos a hablar porque escuchábamos distinto. Escuchábamos mejor. Realidad última de este ágora habitado por la palabra desde hace aproximadamente cuatrocientos mil años. No son tantos pero, quizá, ya va siendo hora. Hora de escucharnos. En esta instancia no hay ofensa alguna –al contrario de como se quiere pensar– escrita desde el sosiego. Podemos, si se desea, mearnos conjuntamente de la risa ahora mismo. O morirnos. O sonreír muy tímidamente. Así, sin enseñar los dientes. Pero vuelvo a instar. Insto a esa escucha universal. Es el único favor que podemos hacerle a una historia de la humanidad tan silenciadora para con algunas gentes. Quizá si nos escuchamos un poquito más –con una mayor atención–, todavía tengamos algo sobre lo que ser enseñados.

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